Vivir en los edificios altos es un calvario para algunos cubanos

El tiempo, las adversidades económicas y la irresponsabilidad social han hecho estragos en muchos elevadores del sector residencial

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No disponer de elevadores obliga a personas como estas a realizar esfuerzos que atentan contra su salud. Foto: Albert Perera Castro

«Nos mudamos a escalera limpia. ¿Te imaginas lo que es subir 25 pisos con los equipos electrodomésticos y los muebles encima? Así vinimos para aquí en 1993, cuando declararon habitable el edificio».

De este modo comienza a relatar las vicisitudes asociadas a los ascensores de su área residencial Adolfo López, encargado del inmueble 803, en Avenida Independencia, entre Conill y Tulipán.

Este hombre recuerda que luego de entregárseles los apartamentos a sus inquilinos permanecieron año y medio sin servicio de elevador, hasta que les asignaron uno armado con piezas de distintas marcas.

«Era una especie de Frankenstein, formado con restos de los equipos que desmontaban en Alamar. Duró cerca de diez años. Nos tuvo de dilema en dilema hasta que se rompió definitivamente. Soportamos ocho meses sin ninguno, luego trajeron los dos que ahora poseemos, y que según los expertos son de última tecnología».

Adolfo sostiene que desde que llegaron los últimos ascensores, hace cuatro años, después de una gran lucha de la junta de vecinos, se han roto en varias ocasiones. A pesar de que sus componentes viajaron a Europa para que el fabricante enmendara las fallas, no hay una solución firme.

«Hace aproximadamente tres meses arreglaron uno y el otro se detuvo hasta hoy, porque según los especialistas, tiene un problema en la máquina.

«Lo cierto es que no hay elevador que aguante. Deberían trabajar ambos para no sobreexplotar ninguno y de ese modo alargar el tiempo de vida de estos equipos».

No siempre los santos ayudan

Para que las anécdotas no parezcan exageraciones, Orlando Padilla, un septuagenario inquilino de complexión fuerte, sugiere que subamos por esfuerzo propio hasta el piso 25 donde reside.

«Verán que después de subir 285 peldaños, ni entrevistarme podrán», asegura quien por diversas razones sale a la calle hasta cinco veces al día.

Estaba en lo cierto porque, aunque no cumplimos con su deseo a pie juntillas, retornamos por la escalera creyendo en el viejo refrán que asegura que «para abajo todos los santos ayudan».

¿Conclusiones?: temblores en las extremidades inferiores y un leve mareo que duró cerca de una hora. Al día siguiente el más joven del equipo se lamentaba de tal aventura.

Buscamos respuestas sobre el dilema de los ascensores. Y un técnico de UNISA, empresa dedicada a reparar estos equipos en el sector residencial, atribuye al tiempo la principal causa del deterioro de los equipos. Pero no pasa por alto el maltrato al que han sido sometidos por los mismos vecinos.

El SEE fustiga a moradores de inmuebles con problemas en los ascensores, reconoce la doctora Teresa Romero. Foto: Albert Perera Castro

Otras anécdotas parecen fabulaciones, pero no lo son: la doctora Teresa Romero, vecina también del mencionado edificio de 26 plantas en el 803, alega que algunas personas, por roturas de los artefactos, han tenido que bajar con los calderos para el vestíbulo del inmueble, porque les ha llegado visita, compuesta por ancianos o enfermos, residentes en lugares distantes, y no ha dado tiempo a cancelar la invitación.

Romero es directora de la Unidad Nacional para el Control del Cáncer, pero se ha interesado en cómo incide en los seres humanos una moderna enfermedad nombrada Síndrome del Edificio Enfermo (SEE), la cual según la OMS perjudica al 30 por ciento de los edificios modernos en el mundo, e incide entre el 10 y 30 por ciento de sus ocupantes.

El SEE provoca insomnio, cefaleas y fatiga mental, entre otras dolencias, debido al desencadenamiento de agentes físicos, químicos, biológicos y psicosociales que provocan disfunciones.

«De un modo u otro casi todos los que aquí residimos somos perjudicados por causa del SEE. Varios han sido intervenidos quirúrgicamente por problemas en la columna o rodillas, debido a la sobrecarga de bajar y subir más de diez pisos durante un tiempo considerable.

«El sobresalto de cuánto tiempo nos durará el elevador que ahora tenemos es otra anomalía muy típica de este síndrome».

Otro vecino relata que ha habido quienes por teléfono se han enterado de la rotura del elevador, y en vez de regresar a sus casas han preferido quedarse en la de familiares o amigos, y hasta en la oficina, como ha hecho él.

Subir o no subir

El problema constituye un trauma social para las personas de la tercera edad. En el edificio 643, entre Gervasio y Escobar, en Centro Habana, tres ancianos renunciaron a bajar de sus apartamentos, porque luego de ser reparado el inmueble, hace cerca de 15 años, no funcionó más el ascensor.

«Retiraron el equipo para que los güinches subieran los materiales durante la rehabilitación. Después dijeron que lo reintegrarían y todavía estamos esperando su regreso», explica Zoila Fajardo, vecina del lugar, quien enfatiza que por el inconveniente del ascensor varias familias han permutado para lugares peores.

«Todas las personas que aquí vivimos hemos tenido que limitarnos. Aunque tiene solo cinco pisos, este edificio es de puntal muy alto y requiere de ascensor», afirma.

Adela Rodríguez, encargada del edificio de 18 pisos enclavado en Tulipán número 1012, puede dar fe de la urgencia del asunto. Por encontrarse su apartamento en la segunda planta, ha dado cobija a vecinos enfermos, quienes luego de regresar del médico han tenido que permanecer en reposo.

«Se trata de personas que han bajado por el elevador para operarse, por ejemplo, y cuando retornan del hospital se encuentran el fenómeno del ascensor roto. En ocasiones, por la complejidad de la intervención quirúrgica y la altura donde viven, les resulta imposible llegar a sus apartamentos y me piden quedarse aquí hasta que los técnicos de UNISA solucionen el problema.

«Ahora mismo estoy con la presión alta, porque el ascensor hace días está roto y parece ser grave. Lo arreglan y se vuelve a romper. Eso es un problema que le quita el sueño a cualquiera. Aquí la mayoría de las personas ya ronda la tercera edad».

Regla Arocha, moradora del inmueble desde su fundación hace 18 años, evoca que ellos, a diferencia de los inquilinos del inmueble de 26 plantas de Avenida Independencia, tuvieron mejor suerte; porque no se vieron obligados a mudarse por las escaleras, como los otros.

«Empezamos con un elevador japonés marca Hitachi, que el tiempo y la propia indolencia de algunos han maltratado. Hace unos años entendimos por qué la desgracia de algunos se torna en ocasiones en beneficio para otros, pues cuando más críticos estuvimos se quemó un edificio, y con los componentes que se salvaron del elevador pudimos reparar el nuestro.

«Ya volvemos a necesitar piezas, porque este no da más. No tenemos quejas del comportamiento y la rapidez con que asisten los mecánicos de UNISA, pero ellos solo pueden ofrecer soluciones efímeras. Muchas veces, con la ayuda de los mismos vecinos, encuentran un remedio que resuelve unos días.

«Hace tres años tuve una arritmia cardiaca. Por esa razón permanecí ingresada en los servicios de urgencia del policlínico 19 de Abril. Después de eso sentí mucho miedo, pues pensaba constantemente en cómo subir 20 pisos si se rompía el elevador. Cuando llegaba la noche el temor era mayor. Todavía me sucede».

Los responsables opinan

Es muy complejo atender al sector de la vivienda, afirma Juan José Hernández Moreno, director general de UNISA. Foto: Calixto N. Llanes

«Es muy complejo atender al sector de la vivienda, porque posee más de 20 marcas de elevadores, y dentro de esas existen varios tipos», afirma Juan José Hernández Moreno, director general de UNISA, la empresa más antigua de Cuba dedicada a la reparación de ascensores, surgida en 1961 como resultado de las nacionalizaciones.

El directivo explica que en Ciudad de La Habana hay 562 ascensores pertenecientes al sector de la vivienda y que la mayoría presenta algún tipo de dificultad. Advierte que al cierre de mayo, en el municipio capitalino de Plaza de la Revolución había 22 elevadores rotos.

«La verdadera solución en el 50 por ciento de los casos es la sustitución, porque hay equipos que no dan más, pero el financiamiento del que se puede disponer es insuficiente.

«Los ascensores son equipos electromecánicos que pueden tener hasta 50 años como promedio de vida. El 90 por ciento de los que hay en Cuba son de tecnología descontinuada.

«Algunas marcas, como la Westinghouse ya ni existen, aunque también resulta muy difícil obtener piezas de repuesto de otras que sí prevalecen, pero que ya no producen los modelos nuestros.

«Por esa razón las piezas de repuesto solo pueden obtenerse mediante pedido, lo que implica un costo muy alto. Para resolver los problemas básicamente dependemos de los aportes que puedan realizar los Fórum de Ciencia y Técnica y la ANIR, así como de la inventiva de los mecánicos».

Desde 1959 hasta la fecha solo se han podido sustituir nueve ascensores en el sector residencial, entre los cuales se inscriben los dos del 26 plantas de Avenida Independencia, aclara Hernández Moreno.

En relación con esos elevadores, que según los vecinos casi nunca trabajan a la vez, como debería ser, el director de UNISA reconoce que son las primeras máquinas de ese tipo que importó el país.

«Por eso tuvimos que usar la garantía. Los componentes que tenían problemas fueron llevados al proveedor en España, y este a su vez los condujo al fabricante en Alemania, porque hubo un error de fabricación.

«Otro caso que es notorio, por la cantidad de veces en que se han visto perjudicados los vecinos, es el del 18 plantas de Factor 765, que tiene dos ascensores de fabricación soviética, para cuya sustitución el Estado gestionó una inversión de capital en la empresa importadora IMECO, pero las cuentas de esta empresa fueron embargadas por deudas».

Hernández Moreno subraya que UNISA no importa equipos ni piezas, porque no tiene licencia para hacerlo. Por eso tiene que utilizar a una empresa con esa potestad para que actúe como intermediaria.

«Tenemos un taller en Marianao, donde se construyen algunas piezas y se da mantenimiento a los equipos que lo requieren.

«Disponemos de 350 empleados como promedio; entre ellos hay 34 mecánicos que se encargan de atender a las diferentes zonas (un mecánico y su ayudante por zona) en tres unidades básicas: Centro (municipio de Plaza, que cuenta con 291 ascensores), Este (este de la ciudad) y Oeste (oeste de la ciudad).

«Además prestamos servicios en Camagüey y Santiago de Cuba, donde la situación con los ascensores del sector residencial es también muy crítica por las mismas causas que mencionamos. En Varadero atendemos el aeropuerto y varias cadenas hoteleras. A estas entidades les realizamos el montaje, mantenimiento y reparaciones de los referidos equipos.

«Contamos con un puesto de mando que funciona las 24 horas, con dos técnicos de guardia que brindan atención en el día. Allí llevamos el control de las llamadas y un parte diario de los reportes de los mecánicos.

«Tratamos de que todos los operarios sean integrales y conozcan los distintos modelos que atienden. Para eso se capacitan constantemente, se ofrecen cursos de superación y se capta personal nuevo al que se le exige el título de técnico de nivel medio o 12 grados.

«Hasta ahora no hemos enfrentado problemas con la mano de obra, pues no ha habido fluctuación del personal especializado.

«Tenemos muchas limitaciones, pero se ha hecho un esfuerzo para que algunos mecánicos estén dotados con un bíper y, según la complejidad de la zona que atienden, un carro o una moto.

«Aunque COMETAL, EMME (MICONS), TECNOMEC (MITRANS), ELECTRA (Copextel) son empresas que también incluyen la reparación de ascensores dentro de su objeto social, es nuestra la primacía en la asistencia al sector de la vivienda, sobre todo en la capital.

«Si tenemos que nombrar alguna debilidad, hay que señalar la política empresarial por la que nos regimos, porque con otras empresas si no pagas, no resuelves. Nosotros trabajamos principalmente para la Vivienda y es esta entidad la que más nos debe.

«A pesar de todo, UNISA ha mantenido su prestigio y goza de preferencia por la calidad de sus servicios».

«Por más que nos esmeremos inventando, las soluciones se disfrutan poco, porque es mucho el deterioro», afirma Juan Favier. Foto: Albert Perera Castro

Juan Favier Heredia es uno de los técnicos más admirados de UNISA. Más de 30 años avalan su trayectoria en la empresa.

Los inquilinos de los edificios que atiende en el municipio de Plaza de la Revolución lo califican de muy responsable. Sus jefes resaltan también esa cualidad y no dejan de mencionar su competencia.

Con un dedo suturado lo encontramos en uno de los edificios visitados. «Gajes del oficio», sentenció sin lamentarse.

«Eso no duele tanto como saber que trabajamos casi por gusto. Por más que nos esmeremos inventando, las soluciones se disfrutan poco, porque es mucho el deterioro.

«Fíjate si tenemos que inventar, que desde 1973 no recibimos piezas de repuesto. Mucho antes dejaron de entrar las de procedencia estadounidense. En Rusia tampoco se fabrican componentes para los elevadores soviéticos que tenemos».

Resignarse jamás

La solución a este asunto no es tarea fácil, pues depende de la disponibilidad por parte del Estado de los cuantiosos recursos que se requieren, pero enfrentar el problema no puede posponerse, pues como afirma David Hayle, un vecino perjudicado, «la población cubana envejece aceleradamente y este fenómeno genera múltiples problemas que la sociedad tiene que asumir desde este preciso momento».

Vivir en las alturas constituye un reto para algunas personas. Foto: Albert Perera Castro

Varios estudios demográficos pronostican que Cuba tendrá para el 2025 un 25 por ciento de sus habitantes con edades superiores a 60 años. Para ese entonces el Estado no solo tendrá que lidiar con la renovación de los ascensores, bastante costosos en el mercado internacional. Otras necesidades de no menor envergadura requerirán de mayores inversiones.

Dentro de la estrategia para atenuar la difícil situación de los elevadores en el sector residencial ya se firmó un contrato de suministro que contiene una inversión de 4,4 millones de dólares, informó a JR el Director General de UNISA.

Gracias a este convenio, precisó, se adquirirá un lote de 83 equipos nuevos y piezas de repuesto para mejorar el estado de los que momentáneamente no puedan sustituirse. La capital será beneficiada con 81 de estos aparatos.

En el primer semestre de 2008 se acometerán trabajos de este tipo en más de 40 inmuebles, si ya se dispone de los equipos y piezas contratados, como está previsto.

La aprobación de los contratos de importación corrió a cargo de un comité de expertos del Grupo Nacional de Ascensores, liderado por el Ministerio de la Industria Sideromecánica.

«Para validar este contrato consideramos la garantía de suministro de piezas de repuesto en un plazo no menor de 10 años. Las marcas, los modelos y las dimensiones fueron sopesados en aras de su buen funcionamiento», refiere Jesús Vega, director del Órgano de Registro de Ascensores, Escaleras Mecánicas y Andenes Móviles.

«Es cierto que tomamos en cuenta la coyuntura económica y las posibilidades crediticias ofrecidas al país, pero no por eso sacrificamos la calidad de los equipos», agrega.

En estos momentos se están montando dos ascensores modernos en el edificio Girón, de F y Malecón. Muchos años permaneció sin ninguno, y hasta sus escaleras padecieron los estragos del salitre.

Climatizar los cuartos de máquinas sería lo ideal para mantener en óptimas condiciones estos equipos, considera Ernesto Palmeiro, técnico de UNISA. Foto: Roberto Morejón

El técnico de UNISA Ernesto Palmeiro es uno de los encargados de montar los equipos. Advierte que para preservarlos es necesario rehabilitar los inmuebles donde se instalen, porque la tecnología no es compatible con la humedad, ni otros agentes que afectan los microprocesadores con los cuales funcionan.

«Lo ideal sería que trabajaran con aire acondicionado. Es una inversión necesaria que, si pudiera hacerse, alargaría el tiempo de vida de estos aparatos», apunta Palmeiro.

Sin dudas, esto es el comienzo de la solución a un problema que en los últimos años alcanzó proporciones críticas, debido a las necesidades acumuladas.

Así, la gestión económica que en la medida de sus posibilidades pueda hacer el Estado constituye un paso imprescindible, pero también lo es que se fomente una conciencia en el cuidado de estos equipos por parte de los más afectados.

En ese sentido, contratar los servicios de un ascensorista que preserve al equipo de actos vandálicos y velar por el cumplimiento de las normas que regulan su buen uso para evitar su deterioro, mediante la aplicación de sanciones cuando sea necesario, pudieran ser algunas de las alternativas que debería aplicar la junta o consejo de vecinos de cada edificio.

El verdadero reto radica en diseñar y sostener una política que posibilite un mantenimiento sistemático de estos equipos, y sobre todo que florezca la responsabilidad de la población para que subir y bajar a los edificios altos deje de ser un dilema cotidiano.

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