Olga Lidia, la Ixchel cubana - Cuba

Olga Lidia, la Ixchel cubana

La galena cubana en marzo del 2000 atendió a veinticinco comunidades que rodean al volcán Pecul en el municipio sololateco de Santa Catarina de Ixtahuacán en Guatemala   Especial de la visita del presidente de Guatemala a Cuba

Autor:

Yuliet Gutiérrez Delgado

La Misión Médica Cubana, después de un año en tierra guatemalteca no lograba el impacto que quería. La mortalidad infantil y materna continuaba siendo alta. Por eso se pensó que a los galenos cubanos les sería más fácil solucionar los problemas de salud en las áreas rurales y comprender el comportamiento de la población, si permanecían en las comunidades.

Olga Lidia Chao Ascuy conviviría con una familia indígena durante dos meses. Había llegado a este país centroamericano en marzo del dos mil; apenas a un mes y medio de familiarizarse con los pobladores viviría esta experiencia en el municipio sololateco de Santa Catarina de Ixtahuacán. De ello me cuenta durante mi visita al departamento donde concluye su misión:

«En Santa Catarina atendí a las veinticinco comunidades que rodean al volcán Pecul. Hacia seis años que la población no recibía atención médica, algunos, ya ancianos, en sus vidas nunca la tuvieron».

¿Por qué usted fue la escogida?

Mis compañeros decían que era la más nueva y la más solicitada por los habitantes y que aunque también desconocía el dialecto quiché, me las ingeniaba para ser comprendida.

¿Qué expectativas o temores le suscitó el encuentro?

Temores, ninguno... Más bien mucha curiosidad. Había leído de la cultura maya y entonces era mi oportunidad para conocer las costumbres y los rituales del maya, maya. Hasta pensé que iba a ver indios... sí, ligeros de ropa. Luego encuentro a gran parte de los hombres usando jeans y botas- dice y ríe de su propia ingenuidad.

Después aclara que la presencia de estos elementos u otros de la Modernidad no significa que esta población se haya olvidado de las prácticas y las creencias de sus antepasados. Como ejemplos de dicha pervivencia menciona las ceremonias que realizan las comadronas durante el parto, la vestimenta de las indígenas (cortes y huipiles), la explicación mágica-religiosa que dan a cuanto les sucede, y la importancia que todavía tiene el maíz en sus vidas.

En las zonas rurales –comenta- se nace chajal 1, brujo, marimbero 2 o sólo agricultor. Los habitantes piensan que los dioses determinan el destino individual o nahual del niño obligándolo a llevar un modo peculiar de vida. De igual modo, los habitantes creen que el aire está cargado de energías benéficas y maléficas, provocadas por las divinidades o por la acción de algún brujo, realmente viven en una constante obligación ritual que está presente en todos los eventos de su vida: la cosecha de milpa (maíz), la maternidad, las enfermedades y la muerte.

¿Qué le permitió convivir con una familia indígena?

- Creo que conocer algunas características de los quichés me facilitaron el trabajo. Me di cuenta que esta etnia siente gran veneración por los ancianos y tiene un hondo sentido comunitario. También me fue muy útil aprender el dialecto, así me gané la confianza de los habitantes. El hombre que me acogió en su casa me enseñó las primeras palabras; con su ayuda hice mi propio diccionario. Además, pude identificar procederes que atentan contra la vida de las embarazadas, comprender algunas creencias relacionadas con la maternidad y conocer mejor sus necesidades.

Entre las prácticas que pueden complicar el parto recuerda- aún estremecida- la costumbre que tienen las indígenas de parir en posición vertical.

Con los primeros dolores, la embarazada es colgada por los hombros de un palo que coloca el esposo para la ocasión en el hogar. Mientras tanto, la comadrona pone una escultura de Ixchel, enciende velas e incienso, comienza su canto litúrgico, su danza, y a tomar mucha “cusha “(aguardiente) para ahuyentar los malos espíritus. Si la parturienta no dilata bien o la criatura no adopta la posición cefálica, entonces la comadrona “soba” la barriga o maniobra para lograr el parto.

Estas maniobras que usted menciona, ¿pueden ser realizadas en la posición horizontal?, si es así, ¿por qué es necesario el cambio?

-Sí, pero a nosotros nos interesa modificar este patrón porque al estar colgada tanto tiempo la mujer se agota mucho y provoca sufrimiento fetal. Aunque las comadronas son muy cuidadosas, con frecuencia durante la expulsión la criatura se golpea la cabeza porque la posición facilita su caída. Ellas llegaron a entender eso; la Maternidad Cantonal me ayudó mucho.

¿Qué es la Maternidad Cantonal?

-Así le llamamos a un local que acondicionamos para que las mujeres parieran, una especie de hospital pequeño, pero llevado a la comunidad. Creo que jugó un papel importante, porque aquí las comadronas ponían en práctica lo aprendido en las capacitaciones y, además, el parto se realizaba de forma horizontal. En este hospitalito las comadronas de mi zona aprendieron maniobras de obstetricia y cómo salir de las complicaciones.

Con un poco de observación e intuición- cuenta con inocultable orgullo la galena- descubrí que tanto a las comadronas como a las madres les preocupaba parir en otro lugar que no fuera el hogar. Además, y era lo más importante, tampoco querían renunciar a sus rituales.

¿Y cómo reaccionaron ante la Maternidad?

-Cuando les di la noticia, también les expliqué que serían ellas mismas quienes realizarían los partos, y que pegada a La Maternidad se construiría una caseta donde podrían hacer sus rituales. Ellas quedaron conformes, el día de la inauguración hasta un brujo hizo un ritual para que no entraran los “espantos”.

¿Recuerda algún momento que haya puesto a prueba sus capacidades?

-Me costó poder seguir a las comadronas en su ritual con la cusha. Ellas no toman por tragos, sino por botellas. A medida que la mujer avanza en el trabajo de parto, la comadrona bebe casi de forma compulsiva. Este incluso lo hacen “bola” (borracha). Muchas veces, cuando no era observada, hacía como que tomaba, pero en realidad chupaba poco o nada. Tenía que hacer trampa porque de lo contrario no llegaba al final y rechazar la cusha era como rechazarlas a ellas. Con todo, terminaba los partos “tocada”.

Cuando Olga Lidia ganó un poco de confianza, las comadronas le permitieron presenciar algunos partos, experiencia que es reservada solo a la madre y suegra de la embarazada. Este honor fue bien merecido porque ella no sólo había tenido que preparar su organismo para asimilar las tortillas de maíz con picante y aguas de café con que acostumbran celebrar este momento, sino por la forma respetuosa con que asumía las prácticas de los pobladores.

Durante el tiempo que convivió con los habitantes, ¿qué fue lo que más le impactó?

-La situación de la mujer porque soporta penas inimaginables y a nadie importa. Su mundo es tan estrecho, sólo trabajar desde muy pequeña, procrear, dar placer y cuidar de la familia. No puede, ni intenta, tampoco sabe, salir de esa vida. Hasta cree que este es su destino.

Decía que la convivencia le permitió conocer sus necesidades, ¿a qué se refiere?

-Sí, así fue, porque junto a los problemas de salud, me percaté que tienen otros de afectividad y de reconocimiento. Comprendí también, que muchas de sus actuaciones o incluso resistencia a nuestras actividades eran motivadas por su ignorancia. Por ejemplo, las mujeres parían tanto por desconocimiento de los métodos anticonceptivos y porque, como te decía, creen que esta es su función. Por eso organicé juegos para trabajar con los jóvenes.

¿Cuáles fueron esos juegos?

-Un día logré que las indígenas se vistieran con short y tenis para un juego de fútbol, realmente ese día se formó un gran revuelo en toda la comunidad, hasta yo participé. Con este simple juego demostré a las mujeres y al resto de la población que ellas si podían ocuparse en otras actividades. Gracias a la confianza que se estableció con los habitantes después, de este y otros juegos que también realicé con los hombres, pude conversar de métodos anticonceptivos y de los riesgos de la maternidad con aquellas futuras madres y, a los hombres, entonces, pude persuadirlos de la necesidad de planificar los embarazos. Mira si fue algo grande que después, hasta los que se opusieron a la actividad, me preguntaban, “¿doctora, cuándo vamos a jugar de nuevo?”.

Muchas de las actividades de Olga Lidia tuvieron como objetivo ampliar los horizontes de las mujeres. Gracias a ella algunas madres ayudan a la economía de la familia porque comenzaron a sembrar algunas plantas medicinales como el tilo, la zábila y la manzanilla y después venden la muestra a dos quetzales. También les enseñó a confeccionar un secador para que puedan conservar las plantas.

Hablamos también de los conocimientos que pueden facilitar el trabajo del médico en las comunidades, y reflexiona:

-Pienso que debemos ser capacitados en todo lo que son técnicas de educación para la salud. Mira, es que aquí tenemos que modificar estilos de vida y para lograrlo se requiere de buenas estrategias. Creo también, que éstas deben ser aprendidas en Cuba para obtener mejores resultados en la promoción de salud, porque los indígenas son muy cerrados y el trabajo con ellos exige mucha paciencia. Considero oportuno, rotar por una serie de especialidades para refrescar algunos conocimientos y conocer algunas técnicas de ortopedia y de anestesia, muy útiles en la atención de las urgencias.

Una calurosa tarde, ya de regreso en Cuba, Olga Lidia me recibe en su hogar, donde encuentro por doquier reminiscencias de Guatemala. Ahora, quiero conocer qué planes tiene la galena después de su estancia en aquella tierra:

De inmediato, estoy acopiando información para hacer la publicación que me falta y poder comenzar el doctorado, pero solicité una segunda misión... ¿Cansada? No, creo que tengo fuerzas para esto. Los dos años que trabajé en las zonas rurales de Guatemala me he sentido más útil que durante los dieciséis años que llevo trabajando en el consultorio, porque estuve entre personas muy, muy necesitada de asistencia médica. Este periodo ha sido el momento más importante de mi vida profesional, y el que me ha provocado mayor satisfacción tanto personal como en mi carrera.

De ello dan fe las fotografías junto a los indígenas, de estos en sus prácticas, de paisajes y de la doctora en sus labores. Todas permiten identificar su itinerario y hablan de una singular compenetración. Sobre una mesita, graciosas estatuillas de dioses mayas. Cada objeto evoca una vivencia que, impaciente, se anima a revelar. Señala una escultura que representa la maternidad finamente trabajada en piedra volcánica:«Esta Ixchel es mi preferida, me la regaló una comadrona en agradecimiento y respeto por haber traído su primer nieto al mundo. ¡Cómo olvidarlo si fue mi debut en las comunidades! La criatura venía de pie y el hospital más cercano estaba a siete horas, por suerte después de algunas maniobras la joven parió. Nunca olvidaré la frase que memorizó para agasajarme: Una Ixchel para otra Ixchel».

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