Testimonio de un revolucionario torturado por el más famoso criminal de la dictadura batistiana

Un extraño sortilegio permitió al revolucionario cubano Orlando Fundora López, sometido a las torturas del temido asesino de la dictadura de Batista, Esteban Ventura Novo, salir en libertad

Autor:

Juventud Rebelde

Esteban Ventura Novo, el más famoso criminal de la dictadura batistiana Orlando Fundora tiene 82  lúcidos y creadores años . Foto: Roberto Morejón «La última vez que me llevaron a la Quinta Estación de Policía, la del asesino Esteban Ventura Novo, fue desde mi casa, en Santa Fe. Llegaron a las tres de la madrugada, rompieron las puertas, me metieron en un carro y arrancaron enseguida».

Orlando Fundora López, muchos años jefe del Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central y luego Presidente del Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, evoca las torturas de los verdugos de aquel coronel de la Policía y cómo pudo salir vivo, aunque con un montón de secuelas.

«Por el camino el automóvil se detuvo y el teniente Mirabal, jefe del grupo, me preguntó por el paradero de mis compañeros de lucha. Le dije que no sabía nada de eso.

«“No seas terco, ¿qué necesidad tienes de meterte en este lío?”, me dijo. Y añadió: “Acuérdate de tu hijita, tan linda, con sus trencitas, se va a quedar sin padre, pues me ordenaron que te mate si no hablas”. No hablé.

«“Bueno, chico —me dijo— te me fuiste de las manos”. Y ordenó: “Caro, saca los fusiles”. Eran unos Remington enormes que nunca he vuelto a ver. Y gritó: “¡Preparen, apunten!”».

Orlando sintió una paz tremenda. Porque, afirma, en esas circunstancias la gran preocupación es que nadie sabe hasta dónde se pueden resistir las torturas de un criminal como ese.

«En el momento en que esperaba con tranquilidad la voz de “¡Fuego!”, el otro —que después supe se llamaba Alfaro— aclaró: “Teniente, recuerde que el coronel tiene un interés personal en este caso”. ¡Y no dispararon!».

La mujer de Ventura era doctora del Hospital Infantil (el hoy Pedro Borrás, del Vedado, en Ciudad de La Habana). Después del mediodía ese centro cerraba las puertas que daban a la calle F y el esbirro entraba por detrás, por G. Algunos días, al ver que los bancos quedaban vacíos, el verdugo se quedaba solo a esperarla.

«Pensé hacerle un atentado. Entrar por detrás, despacharlo allí mismo y salir por la puerta delantera hacia F, donde dejaría el auto. Hablé con un estudiante interno de Medicina allí y le pedí que me llamara cuando comprobara que Ventura estuviera solo esperando a su esposa. Le di el teléfono de un apartamento que alquilamos en el Vedado con ese fin, al que yo iba todos los días, pero el estudiante terminó confesándome que no tenía valor para hacerlo».

Las torturas

«Comprendí por el recibimiento que me hizo, y lo que me habló, que Ventura supo algo del atentado. El teniente Mirabal llegó a su despacho y le dijo algo al oído. Entonces, se levantó y, en gesto teatral, dijo a los verdugos de su Estado Mayor: “Señores, párense. Aquí tenemos al secretario general del Sindicato Bancario. Él provocó —contra el General— la parada de todos los Bancos varias semanas, y creó una situación económica tensa y peligrosa al país”.

«“Aquí está, mansito, y no va a salir de aquí aunque llamen los ministros. Nada más lo soltaría si llama el General Batista. Además, él y yo tenemos una cuestión personal pendiente”».

Le preguntaron si sabía el origen de una «estacioncita» de radio y «unas pistolas» que se encontraban sobre una mesa. «Respondí que no sabía nada. Ventura farfulló algo en tono agresivo que no entendí y le dije: ¿Qué usted quiere, que yo invente un dato para incriminarme yo mismo? Entonces Caro, un mulato de rostro criminal, me dio una trompada por la nuca, me tiró de cabeza contra el buró de Ventura y sentí como una fractura cervical. Me arrastraron hasta un sótano donde después recobré el conocimiento.

«Vi desde la Quinta Estación a un niño que bajaba cantando por Desagüe. Entró al patio por el lugar donde yo estaba. Caro le pegó en la cabeza el tabaco que fumaba y el muchacho salió gritando. Si eso le hacían al niño, qué podía esperar para mí».

El teniente Mirabal le dijo a Fundora que su situación era difícil. Que él era un policía, pero los otros dos eran unas bestias. Orlando le aseguró que no tenía ninguna información que dar. El oficial le aclaró: «Te me fuiste de las manos, ¡te lo advertí!».

Mirabal volvió a intentar que hablara: «Tú estás jugando con la paciencia nuestra y todo tiene un límite. Si nos das las direcciones que necesitamos, detenemos a las personas que nos interesan, y ya. De lo contrario tendremos que ir a sacarlos a tiros y matarlos a todos, culpables e inocentes, y serás el responsable».

No habló. Se aparecieron Caro y Alfaro con un trozo de manguera cada uno. Este último le dio un manguerazo a una puerta de los servicios sanitarios de aquel sótano y la desbarató. Era un evidente mensaje.

«Se sentaron frente a mí en dos pequeños banquitos. Alfaro me dijo: “Tú eres de los que hay que ablandar a golpes. Ya el teniente intentó convencerte por las buenas y nada... Con nosotros será distinto. ¿Qué tú crees, Caro?».

El verdugo se le pegó a la cara y le susurró, amenazador: «¡Así es que tú no sabes nada de nada». Dio un salto, y como mismo destrozó la puerta, le dio un manguerazo por el hombro a Fundora, que le llegó a la espalda y sintió que aquella goma estaba como hirviendo.

Inmediatamente comenzó a darle más duro, no se sabe qué tiempo. Después de los primeros cinco o seis manguerazos, ya el joven prisionero solo sintió unos chuchazos.

«Mi firmeza los encabronó y Caro me dio un tremendo puñetazo que casi me noqueó. Caí al suelo y oí cuando le decía a Alfaro: “Con este la candela tiene que ser más brava”. Me quedé muy quieto para que pensaran que me habían matado. Pero siguieron: Mirabal por las mañanas y “el dúo de la muerte” por las tardes.

«Cuando ese día llegaron Caro y Alfaro, pensé que vendrían a matarme. Comenzó Alfaro. Tenía la manguera agarrada por la empuñadura de bronce. Caro se me acerca. Supe que tenía otras intenciones, sigiloso, como una fiera ante su presa. Me quedé inmóvil. Se acercó más y me dio dos galletazos. Entonces cometí un grave error. Me enfurecí y le di un puñetazo en plena mandíbula. El verdugo se tambaleó.

«Le arrebató la manguera a Alfaro, la agarró al revés y comenzó a darme con la parte de bronce. Traté de esquivarlo, pero el metal de la manguera me dio en el brazo izquierdo y en el hueso de la cadera. Después supe por el doctor Rodrigo Álvarez Cambras que me dio en el “trocante” y el dolor fue espantoso».

A Orlando, aunque lo amortiguó un poco con un brusco movimiento, le dieron un rodillazo en los testículos que le provocó tal dolor que terminó vomitando. Durante muchas horas orinó sangre.

Pasaron unos días y vino Mirabal con un pedazo de tela húmeda, le limpió el rostro y le dio una camisa. «Pruébatela, que el coronel te está esperando». Fundora pensó que al fin iban a matarlo. Cuando fue a entrar al despacho de Ventura, vio con asombro que estaban llegando su madrina y su madre.

El llanto del coronel

Un pariente de Orlando Fundora, profesor de Bacteriología de la Universidad de La Habana (hoy Microbiología), el doctor Juan Martínez Cruz, era el jefe del Laboratorio del Hospital Infantil donde trabajaba la esposa de Ventura, con la que el esbirro tenía una niña chiquita que contrajo meningitis y ese médico le salvó la vida.

«A los pocos días Ventura le propuso al galeno nombrarlo director de un hospital, pero este no aceptó. El esbirro pensó que quería algo de mayor categoría y lo propuso para Jefe de Sanidad de La Habana. La respuesta fue la misma. Terminó dándole su teléfono “para que me llames sea lo que sea”».

La esposa de Fundora, cuando la gente de Ventura se lo llevó, fue a pedirle al hermano del profesor Juan que intercediera por él. Ventura reunió a su gente y les habló: «“Dije que soltaría a este joven si me llamaba el General, sin embargo, me ha llamado el médico que salvó a mi hijita. ¿Tú recuerdas, Mirabal?” Y de ahí en adelante no se le entendió lo que decía, porque comenzó a llorar.

«Se viró para mí y me dijo: “El doctor me ha pedido que lo suelte, y a él, que salvó a mi niña, no puedo decirle que no. Usted ha librado milagrosamente, pero los milagros no se repiten, yo sé por qué se lo digo”».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.