Encantadoras de perros

Dos ambientalistas de la provincia de Guantánamo han contribuido a la rehabilitación de más de cien caninos, muchos de los cuales hubieran terminado en el olvido o la muerte

Autor:

Lisván Lescaille Durand

GUANTÁNAMO.— Si en el peor momento de sus vidas les hubieran recordado el viejo axioma de que el perro es el mejor amigo del hombre, con certeza Yara, Tobi, Sandokan y Loqui ladrarían furiosos para responder que con tales amigos, no hacen falta enemigos.

Ese resentimiento no es gratuito. Un día cayeron en desgracia con sus amos y no precisamente porque mordieran la mano que les diera de comer.

Los desencuentros entre un can y su dueño pueden llegar a originarse por motivos insólitos. Por ejemplo, una pelea matrimonial inquietaba al faldero, pero recibió una patada que lo lanzó a la calle, cuando todo lo que intentaba con sus ladridos era  «disuadir» a los litigantes. ¡Vaya comportamiento perruno!

Convertido en vagabundo anduvo Sandokan hasta que fue rescatado de una muerte inminente en el ferrocarril. Sus colegas de andanzas, Yara, Loqui y Tobi corrían la misma suerte en los suburbios de la ciudad antes de encontrar las manos protectoras de dos mujeres del Centro Ecológico Procesador de Residuales Urbanos (CEPRU) de Guantánamo.

Animadas por su vocación ambientalista, el cariño hacia estos animales y por el empeño de hacer conciencia contra la insensibilidad de algunos, Irania Martínez García, directora del CEPRU, y Meisis Macías Torres, activista de ese centro, empezaron a recoger a cuantos perros desahuciados se encontraran en la urbe.

Hasta la fecha, más de cien caninos se rehabilitaron en la institución encargada de procesar miles de toneladas de desechos sólidos urbanos, tras recibir cuidados y atenciones médicas de estas mujeres, convertidas en «encantadoras» de perros sin amparo familiar.

«Algunos abandonan a esas criaturas, a veces recién nacidas, en los bultos de la basura, como evidencia de la insensibilidad y la irresponsabilidad de los humanos; nosotros hemos demostrado aquí la utilidad que tienen para la protección del centro, pues no dejan pasar libremente a ningún desconocido», advierte Meisis.

«Yara arribó al CEPRU llena de sarna y muy pálida; Loqui, igualmente depauperado y ansioso ante un plato de comida, mientras que Tobi sufría por la fractura en una de sus patas, pero los cuidados recibidos en nuestra “enfermería” canina les devolvieron la vitalidad. Muchas veces el trato amable y deferente hace el milagro de la recuperación de estos perros».

Pero la intención de estas guantanameras no es llenar la entidad de caninos, por mucho que los aprecien. Más de 20 perros fueron adoptados por otras familias, cuatro retornaron a sus hogares originales, tras una labor de convencimiento de sus dueños, y muchas personas buscan en la institución a sus mascotas perdidas.

En el registro del centro contabilizan también a los cuatros cachorros nacidos allí, y a los que recibieron sus «servicios» de cuidado de caninos, mientras los propietarios están de viaje o se les presentan contingencias.

«No resulta fácil atenderlos—advierte Irania—. La comida es difícil conseguirla. Meisis la busca por doquier», explica la ambientalista guantanamera, multipremiada en Cuba y el extranjero por las experiencias de manejo ambiental aplicadas en la entidad que dirige.

«Muchas personas afectivas con los animales, entre ellos amigos veterinarios, nos ayudan con medicamentos imprescindibles para el control sanitario. Hay que cambiar la mentalidad de muchos actores sociales. Además de irresponsabilidad e insensibilidad con la especie, se trata también de un problema ambiental, debido al potencial foco de enfermedades que con ellos deambulan por nuestras calles», alerta Irania.

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