Un himno que quema

¿La letra del Himno Nacional se compuso realmente el 20 de octubre de 1868? ¿Qué destino tuvieron algunos de los protagonistas vinculados al trascendental suceso? JR se acerca a estas interrogantes

Autores:

Osviel Castro Medel
Aldo Daniel Naranjo

BAYAMO, Granma.— Hace cuatro años, en este mismo periódico, repasamos la historia de aquel día en el que miles de personas en la Ciudad Antorcha quedaron con la garganta hirviendo.

Hirviendo por los gritos de euforia que siguieron la entrada triunfal del Ejército Libertador a Bayamo. Hirviendo, porque en esa ocasión se cantó a voz rajada el himno de guerra que luego atravesaría todos los muros del tiempo.

Sin embargo, aquel repaso de un pasaje de nuestra historia nacional, aparentemente difundido, asombró a muchos. Algunos desconocían que Pedro Figueredo Cisneros (Perucho) no compuso la letra del canto patrio sobre la montura de su caballo Pajarito, sino antes, y que esa mañana simplemente la memorizó, a lomo de su corcel, ante la enardecida multitud.

Otros se enteraron entonces que tal marcha —hoy Himno Nacional de Cuba— tenía originalmente seis estrofas y que en su «construcción» había participado también Isabel Vázquez, esposa de Perucho y hermana de Luz Vázquez, esta última la joven que inspiró en 1851 la primera canción trovadoresca cubana.

Si tales detalles sorprendieron es por un hecho incuestionable: aquel momento histórico del 20 de octubre de 1868, que José Martí llamara «la hora más bella y solemne de nuestra patria», debe estudiarse mejor, no como cumplido sino como necesidad.

¿Por qué podemos afirmar hoy de nuevo que Perucho ya había hecho la letra cuando entró a la plaza de la Parroquial Mayor de Bayamo? ¿Cuándo la compuso? ¿Ese 20 de octubre solo se cantó el Himno y no ocurrió nada más importante en la ciudad? ¿Qué sucedió con los españoles capturados por los patriotas cubanos?

Música y letra

El primer antecedente conocido del Himno se remonta al año 1867 cuando el distinguido revolucionario bayamés Francisco Maceo Osorio, en el fuego de las conspiraciones contra la corona española, acudió a Perucho Figueredo.

«A ti, que eres músico, te toca componer nuestra Marsellesa», le dijo. Era un estímulo y también un enorme compromiso para un hombre que hacía llorar el piano, como decían algunos de sus contemporáneos.

Varios historiadores coinciden en que en agosto de 1867, a raíz de aquella petición, ya Perucho tenía la música de esa obra de combate. Prontamente la dio a conocer a unos 70 patriotas reunidos en su morada.

Él entregó las partituras de su composición a otro músico de prestigio: Manuel Muñoz Cedeño, cercano vecino suyo, quien la instrumentó con su orquesta.

Surge entonces la pregunta de siempre: ¿No tenía letra esa melodía? Es muy difícil que no.

Lo decimos no solo por una cuestión de lógica. Carlos Manuel de Céspedes (hijo), yerno de Perucho, contó que antes del estallido independentista del 10 de octubre la letra era conocida por un reducido grupo de conspiradores.

Y el mismo hijo del Padre de la Patria estuvo entre los que aseguraron que Pedro Figueredo fue ayudado en la creación por su esposa Isabel Vázquez, poetisa excelente.

¿Por qué Perucho hizo circular la letra del Himno entre un reducido grupo de personas y no ante aquellos 70 conjurados?

Por elementales razones de seguridad. Una filtración al mando español hubiera sido un suicidio personal y también una clara pista del complot independentista.

Un hecho anterior lo prueba: cuando, con la aprobación del cura Diego José Baptista, la música del Himno fue estrenada públicamente (el 11 de junio de 1868) en medio de las celebraciones del Corpus Christi, en el púlpito de la Iglesia Parroquial, el teniente coronel Julián Udaeta, que había asistido a la conmemoración, inmediatamente tildó la melodía de subversiva y revoltosa.

¿Qué habría pasado si hubiera tenido frente a sus ojos aquello de «Al combate corred, bayameses…»? Ni imaginarlo.

Himno y victoria

El 20 de octubre no solo fue de himno. Debemos recordar que ese día, después de encarnizados combates, las tropas españolas que custodiaban Bayamo capitularon ante el Ejército Libertador guiado por Carlos Manuel de Céspedes.

En esa coyuntura nació el nombre de Plaza de la Revolución —la primera de Cuba con ese apelativo—, donde había estado la plaza Isabel II.

No lejos de ese lugar, en los festejos por la victoria se congregaron miles de ciudadanos. Allí, en la plaza de la Iglesia Parroquial Mayor, flanqueado por el general dominicano Luis Marcano, su hija Candelaria, su yerno Carlos Manuel de Céspedes (hijo) y su hermano Ángel Figueredo, Perucho memorizó su texto guerrero. Otras veces se ha dicho para la historia que fue entonces cuando compuso la letra; resulta algo emocionante y bello, pero no deja de ser una leyenda.

¿Cuántos cantaron el himno ese día? Los que ya conocían la letra y aquellos que obtuvieron las copias repartidas por Perucho. No fueron miles, como se ha dicho, porque en esa época no eran millares los que sabían leer. Al parecer se entonaron entonces solo las dos primeras estrofas.

El cronista de la guerra Fernando Figueredo cuenta que después hubo una especie de conga alrededor de la Plaza de la Revolución. La fiesta duró hasta entrada la noche.

El jefe español Julián Udaeta, apresado por los independentistas, fue recluido junto a otros 400 militares en la Sociedad Filarmónica de Cuba —bien cerca de donde se cantó el Himno— y luego trasladado a Punta Alegre, a unos seis kilómetros de Bayamo.

Después, gracias al soborno al capitán Gregorio Benítez, responsable de su custodia, se fugaría. Pero el hecho de haberse rendido ante Céspedes le costó diez años de prisión.

Volviendo al Himno de La Bayamesa —su nombre original—: fue publicado en Bayamo, en El Cubano Libre, primer órgano independentista de la nación, el 22 de octubre de 1868. Cinco días después, Perucho mandó al periódico un texto autógrafo de su obra.

Tiempo después, el 8 de noviembre, durante un acto en el atrio de la iglesia principal, 12 bayamesas, seis blancas y seis negras, cantaron el Himno. Este hecho lo arraigó más en la Ciudad Monumento. José Martí tuvo a bien reproducirlo en Patria, en junio de 1892. Luego lo volvería a publicar el 21 de enero y el 14 de octubre de 1893.

Y aunque se expandió rápidamente por la manigua y se tarareaba con orgullo en los campamentos insurrectos ninguna Constitución mambisa lo reconoció como emblema nacional. Fue la Asamblea Constituyente del 5 de noviembre de 1900 la que aprobó adoptarlo como símbolo patrio.

Protagonistas

La historiografía nacional tiene una deuda con varios de los protagonistas de esa marcha que hoy nos enciende el espíritu. Se conoce un poco la obra de Pedro Figueredo, fusilado el 17 de agosto de 1870 en Santiago de Cuba. Murió con los ojos abiertos, sin arrepentirse de su creación inmortal.

Sin embargo, todavía tenemos deuda con su esposa. Ninguna calle o institución del Bayamo actual lleva el nombre de la mujer que dio nueve hijos a la patria, le prendió fuego a su vivienda cuando el glorioso incendio, ayudó a componer el Himno y murió en el exilio como una verdadera patriota.

También deberíamos ir más a Manuel Muñoz, quien, ya anciano, fue arrestado en la contienda de 1895 por tocar en público La Bayamesa que él mismo había instrumentado. Músico y compositor extraordinario, tocaba flauta, piano, guitarra, violín y violoncelo. Murió en diciembre de ese año, a los 82.

Tenemos que indagar más sobre el padre Baptista, que aun expulsado de la Iglesia por haber recibido a Céspedes con altos honores, siguió abrazando la causa revolucionaria y falleció con más de 90 años de edad. O examinar más la vida de Francisco Maceo Osorio, general de división, secretario de Céspedes, que ocupó  cargos importantes, muerto por fiebres en plena manigua en octubre de 1873.

Todos ellos y varios de sus contemporáneos siguen insuflando ahora ese Himno de amor, de vida y de batalla eterna.

Himno Nacional de la República de Cuba

Al combate corred, bayameses,

que la Patria os contempla orgullosa.

 

No temáis una muerte gloriosa,

que morir por la Patria es vivir.


En cadenas vivir, es vivir

en afrenta y oprobio sumido.


Del clarín escuchad el sonido,

a las armas, valientes, corred.

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