No sé cómo nos dejaron vivos

Antonio Manuel, uno de los 11 pescadores secuestrados en 1970 por terroristas al servicio de la CIA cuenta a JR detalles de esa fechoría organizada por los Estados Unidos

Autores:

Nelson García Santos
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

La mañana afloró espléndida aquel 10 de mayo de 1970 en la cooperativa de pesca de Caibarién, caracterizada por el trajín rutinario de las embarcaciones que arriban a puerto o se preparan para partir. Nada presagiaba la noticia que iba a desencadenar una de las más impresionantes manifestaciones de condena al imperialismo y sus lacayos en la historia de la Revolución.

Los pescadores ese día reflejaban su contentura y buen humor, porque la presencia de especies era buena en las zonas de captura. Sin embargo, en el ambiente había cierta preocupación. ¿El motivo? La tardanza en el regreso a la cooperativa de dos embarcaciones hizo suponer que habían tenido alguna dificultad. Aquellas carecían de radiofonía.

Muy pronto se conoció la realidad mediante un supuesto parte de guerra, emitido el 12 de mayo y publicado por la prensa cubana, en el cual, descaradamente, la organización terrorista Alfa-66 informaba que «una lancha artillada y tripulada por fuerza de ataque de ese movimiento, con fecha 10 de mayo, abordaron, requisaron e hicieron prisioneros a 11 tripulantes de las embarcaciones Plataforma I y Plataforma IV del tipo Cayo largo de 65 pies de eslora y capacidad para 37 toneladas, pertenecientes a la cooperativa pesquera de Caibarién, procediendo posteriormente a la destrucción de dichas embarcaciones y hundimiento».

Tras la noticia hubo indignación y asombro, pero la reacción no se hizo esperar. El Gobierno Revolucionario desde el primer instante advirtió que el principal culpable de los hechos era el gobierno de los Estados Unidos, al que hacía absoluto responsable de la vida de los 11 pescadores. También tendrían que asumir la responsabilidad de cualquier medida que en cualquier terreno el pueblo de Cuba se viera en la necesidad de adoptar si los pescadores eran asesinados. Ellos tenían que ser devueltos sanos y salvos sin condición alguna.

En relación con el gobierno de Inglaterra se especificaba que su culpa no se derivaba de una política hostil hacia Cuba, sino por las circunstancias en que las posesiones inglesas de Las Bahamas han sido utilizadas reiteradamente como guarida, punto de escala de los elementos mercenarios al servicio de la CIA para perpetrar fechorías contra nuestro país.

En su propia madriguera

Los mercenarios, como confirmó la realidad, salieron de La Florida para cometer su fechoría y después del secuestro se internaron en territorio de Las Bahamas.

Con esa certeza, y para evitar que los trasladaran de ese lugar, el Gobierno Revolucionario envió unidades marítimas de guerra y se realizó también el patrullaje con la aviación. Los terroristas contrarrevolucionarios estaban atrapados en su propia madriguera. Y ante la presión popular por un lado y el miedo por el otro, fueron obligados a liberar a los pescadores.

Lo que más le impactó

Antonio Manuel del Río Falco cuenta lo que les sucedió a los pescadores en aquellos días, porque lo tiene varado en su memoria desde hace 40 años. Su físico, ahora con 71 años, descubre en su piel carmelitosa los muchos años dedicados a la pesca.

«Cerca de la una de la tarde del lunes 4 de mayo nos encontrábamos pescando a bordo de dos embarcaciones en aguas de Las Bahamas, adonde íbamos con frecuencia a trabajar con la aprobación de las autoridades de ese país. Apenas habíamos comenzado las labores cuando se nos aproximaron dos lanchas rápidas con un grupo de hombres vestidos de civil portando ametralladoras automáticas, pistolas y fusiles».

Calla por un momento mientras le aflora en el rostro esa expresión inconfundible de encabronamiento. «¿Sabes? Detrás de ellos estaban Posada Carriles y otros de sus compinches, que ya sabemos todo lo que han sido capaces de hacer. No sé cómo no nos mataron. O sí, pero de eso me enteré después que nos soltaron».

—¿Y después?

—Nos obligaron a pasar de inmediato a un solo barco, el Plataforma IV, y dinamitaron el otro. Allí permanecimos durante dos días, tiempo que demoramos en llegar a Cayo Francés, un islote ubicado en territorio de Las Bahamas. Más tarde hundieron la otra embarcación.

—¿Se ensañaron en la travesía?

—Constantemente éramos interrogados, ofendidos y amenazados, pues ellos querían que le pidiéramos a nuestro gobierno la devolución de los mercenarios que días antes fueron retenidos en las costas de Baracoa cuando intentaban ingresar al país para cometer fechorías.

«En Cayo Francés dormíamos en el suelo, pasando mucho frío. A punta de pistola, conversaron por separado con cada uno de nosotros, mientras nos retrataba un fotógrafo contrarrevolucionario que respondía al apodo de Guayo».

—¿Qué querían saber?

—Lo de aquellos hombres era meternos miedo y hacer mayor nuestra incertidumbre; también nos instaban a desertar. Ellos, mediante el terror, querían impedir que saliéramos a pescar. Pero todos nos mantuvimos firmes.

—¿Cuánto tiempo estuvieron en Cayo Francés?

—Unas 72 horas. Después nos trasladaron esposados para la isla de Andros, donde permanecimos varios días en condiciones muy difíciles. Pasamos mucha sed, tomábamos agua de lluvia que quedaba en los pequeños orificios de las rocas. La comida escaseaba.

—¿Nadie se enfermó?

—Imagínate que yo desde niño soy un asmático severo. En medio de la humedad de aquella zona y de un suelo muy frío tuve que acostarme sin tener nada con que taparme y sin saber hasta cuando sería aquello. Era tanta mi falta de aire y mis ataques de asma que casi no podía caminar por encima del diente de perro.

«Si no hubiera sido por mi hermano Omar, secuestrado también, que me acompañó todo el tiempo y me echaba a cuestas cuando yo no podía dar ni un paso, tal vez hoy no pudiera contarte esta historia».

—¿Dónde los mantenían en el cayo?

—Durante el día nos obligaban a acampar a la sombra de árboles propios de la vegetación costera con ramas inclinadas, lo cual permitía mantenernos refugiados sin peligro de que nos descubrieran».

—¿Conocieron lo que estaba pasando en Cuba?

—No. Ellos nos mantenían desinformados. Estábamos completamente ajenos a lo que estaba sucediendo en nuestro país. Pero sí nos dimos cuenta de que ellos estaban muy acobardados, pues cada vez que pasaba una avioneta por encima de la isla se ponían tan nerviosos que no sabían qué hacer.

—¿En qué momento los liberaron?

—Cuando llevábamos más de una semana en aquel islote nos hicieron saber que en Cuba había una gran reacción popular, por lo que decidieron dejarnos algo de comida y abandonar el lugar.

«Nosotros al ver esa bondad desconfiamos y cogimos solo 15 galones de agua y siete u ocho latas de frijoles en conserva y caminamos 50 kilómetros  por dentro del cayo de la isla hasta que fuerzas inglesas nos descubrieron y nos rescataron con helicópteros para llevarnos a Nassau, y de allí a Cuba.

—¿Cuarenta años después, cuál es el recuerdo que más lo estremece?

—Nunca podré olvidar aquel recibimiento en La Habana, el encuentro con Fidel y conocer todo lo que hizo el pueblo por nosotros. Eso, aunque no borró aquellos momentos de tensión en las garras de asesinos, nos mostró que la Revolución no abandona a sus hijos.

Cómo actuó el pueblo

Conocida la noticia el pueblo se movilizó. De un extremo a otro del país las manifestaciones se sucedieron en reclamo de la liberación de nuestros pescadores. También la solidaridad internacional afloró. Los amigos de Cuba alzaron su voz para denunciar la canallesca acción.

El clímax de la indignación llegó con un acto frente a la ex embajada de Estados Unidos en La Habana, donde miles de personas denunciaron el bárbaro acto criminal. Allí hablaron madres de mártires cubanos y latinoamericanos que con su decir, sencillo y profundo, estremecieron al país.

El líder de la Revolución, Comandante en Jefe Fidel Castro, en ese mismo acto de recibimiento a los pescadores, el 19 de mayo de 1970, calificó como inolvidable aquella acción, «insuperable ejemplo de solidaridad revolucionaria nacional e internacional».

En su discurso ante una impresionante multitud reveló las medidas que en el plano militar se adoptaron; desenmascaró una vez más la clásica hipocresía, el cinismo y cómo mentía descaradamente el imperialismo.

Lo que se puso de manifiesto fue la tremenda indignación de los cubanos, que «demostraron la disposición del pueblo de llegar hasta donde fuera necesario para liberar a nuestros pescadores. Porque fueron las masas —¡fueron las masas!— las que impusieron esa liberación. Fue la actitud impresionante del pueblo, la unión del pueblo, la solidaridad de todo el pueblo, la solidaridad de todos los trabajadores del país en todos los frentes: de obreros, de campesinos, de trabajadores del arte y de la ciencia, deportistas, estudiantes, organizaciones de masas…».

Aquel fue un día feliz, en el cual las madres se reencontraron con sus hijos en medio de las lágrimas, y en que el pueblo celebró la liberación de los 11 pescadores, de los que viven cinco actualmente en Caibarién y seis han muerto.

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