Tierra que nos colma de orgullo, de confianza y fuerza

Así se expresó Fidel en una de sus visitas a Villa Clara, donde nacieron seis de los tantos héroes que lo acompañaron en el Moncada

Autores:

Nelson García Santos
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

—¿Cómo se sentía Abel?

—Contentísimo. Imagínense. Allí estaba su hermano Fidel.

—¿Qué vino a hacer a Encrucijada?

—Bueno, había pasado un tornado y Abel le comentó que iría a visitar a sus padres, a su pueblo.

—¿En qué fecha vino?

—Vino en mayo, antes del asalto al cuartel Moncada. Le explicó a Fidel que quería regresar a su pueblo natal azotado por un tornado. Tal vez para su sorpresa, el líder revolucionario le contestó que lo acompañaría, y le propuso llevar a Fernando Chenard para que dejara constancia fotográfica.

—¿Fue la última vez que Abel estuvo en su tierra natal?

—Sí. Y resultó una visita de esas que seguramente él nunca olvidó. No caben dudas de que aquella ocasión fue muy especial para Haydée y su hermano. Nadie lo imaginaría pensando en la muerte cuando iba en busca de la vida para su pueblo. Allí departieron en familia; Fidel conoció lugares donde aquel pasó su niñez y también el cariño que le tenían.

—¿Solo visitó la casa de los Santamaría en el central Constancia?

—Mientras ellos y Chenard permanecieron en la casa de los Santamaría, él decidió visitar a mi familia.

Cuenta Alberto Taboada, combatiente de la guerra de liberación y de la lucha clandestina, que junto a Blas Hernández y otros compañeros contactaron con trabajadores tabacaleros y dirigentes obreros de la zona para conocer el estado de ánimo contra la dictadura.

En esa ocasión, a la espera de un café en un comercio a la salida del poblado, Fidel asumió el pago del consumo del sargento Malacara, a la sazón jefe provisional del puesto de la Guardia Rural, quien se percató de que eran jóvenes revolucionarios. Y ante el asombro del militar el líder de la Revolución razonó: «Un día llegará en que los hombres de uniforme puedan compartir con los del pueblo como una cosa normal sin que nadie se sorprenda», memoriza Taboada.

Hasta donde se conoce esa fue la segunda visita de Fidel Castro a Villa Clara, una tierra a la cual ha vuelto una y otra vez después del triunfo revolucionario y en la que estableció un franco y ameno intercambio de experiencias y criterios con sus habitantes y dirigentes e impulsó su desarrollo económico y social.

Asomarse a ese legado del protagonismo del líder de la Revolución en esa relación estrecha permite reconstruir y conocer parte significativa de lo ocurrido en esta provincia luego del triunfo de enero.

De acuerdo con un estudio, inédito hasta hoy, realizado por la Oficina de Asuntos Históricos del Comité Provincial del Partido entre 1959 y 2005, más allá del significado de la dirección política ejercida por espacio de 50 años, con la anuencia y la aprobación del pueblo, la presencia física de Fidel y su interacción con los residentes en esta provincia caracterizan, sobre todo, las primeras dos décadas revolucionarias.

Él mismo ha comentado que después de 1976, con la multiplicación de las provincias cubanas, sus viajes a Villa Clara se hicieron menos habituales, entre otras razones por la necesaria atención que requerían las nuevas demarcaciones establecidas, junto a la compleja situación internacional y, según sus propias palabras, porque ya no se es tan joven como para estar tomando carretera todos los días.

Si bien todos sus recorridos tienen un valor trascendente, los hay de una especial significación, como aquellos en los días de la lucha contra bandidos del Escambray, tras la destrucción de los ciclones y en actos nacionales por el 26 de Julio.

Antes de enero

La primera relación de Fidel con Santa Clara, y por extensión con Villa Clara, fue para asumir su autodefensa, el 14 de diciembre de 1950. Él y Enrique Benavides llegaron procedentes de Cienfuegos, donde habían sido apresados por participar en una manifestación estudiantil. Los acusaron de llamar a la huelga y de promover un acto sin autorización del régimen.

Su alegato, en la sala de la audiencia de la antigua provincia de Las Villas, fue tan contundente y veraz que no quedó más remedio que soltarlos.

Luego, camino a Santiago de Cuba, el 25 de julio de 1953, se detiene en esta ciudad porque se le rompieron sus espejuelos. Fue a la Óptica López, en la calle Cuba, entre Eduardo Machado y Parque, donde se los confeccionaron. Con estos siguió hacia Oriente para asaltar el Moncada al otro día.

El regreso victorioso

Uno de los actos inolvidables de Fidel con los santaclareños ocurrió el 6 de enero de 1959, cuando entró triunfante al frente de la Caravana de la Libertad. A las 12:45 de ese día, desde la tribuna del Gobierno Provincial, hoy sede de la Biblioteca Provincial Martí, estremeció con un discurso que vislumbraba el futuro y recibió una acogida impresionante.

Día incierto

Fue el 31 de octubre de 1959 en que llegó aquí para continuar la búsqueda del Comandante Camilo Cienfuegos, cuyo avión desapareció en el trayecto de Camagüey a La Habana. Tras visitar el Regimiento Leoncio Vidal, emprendió el rumbo hacia Isabela de Sagua, desde donde embarcó para Cayo Anguila, a 130 kilómetros de la costa norte, para continuar las operaciones de búsqueda del Héroe de Yaguajay.

De nuevo en el monte

Fidel sorprende a todos cuando se aparece, el 8 de septiembre de 1960, para encabezar un masivo cerco contra los bandidos en el Escambray. Allí, en Picos Blancos, acompañó a los combatientes en la operación contra la banda de Joaquín Bembibre.

En los trágicos días del Flora

El 7 de octubre de 1963 estuvo de nuevo en Santa Clara, donde solicitó información en esos momentos por el azote del ciclón Flora en el Oriente del país. Posteriormente indicó enviar a la zona de Mayarí medios anfibios, botes, motores y barcos a fin de cooperar en la evacuación de las familias atrapadas por la crecida de los ríos. Además pidió en Caibarién tres embarcaciones tipo Sigma para auxiliar a los territorios azotados y que estas se unieran al resto de los equipos de otras partes del país. Luego marchó hacia las tierras orientales.

Recordando a los héroes

A Sagua la Grande vino el 9 de abril de 1968, cuando se cumplió el décimo aniversario de la Huelga del 9 de Abril. Resumió el multitudinario acto en el que expresó que aquel día la ciudad escribió una página imborrable de heroísmo, y que los crímenes cometidos por los soldados de la tiranía no quedaron impunes.

Una plaza para la ciudad

El 2 de agosto de 1964 volvió. Esta vez realizó un recorrido por la INPUD y sostuvo en encuentro con santaclareños. Cuando alguien le sugirió efectuar un multitudinario acto masivo en Santa Clara con motivo de una fecha trascendente, explicó que al no existir lugar adecuado para ello, era necesario construir una Plaza de la Revolución. Y así se hizo.

Frase histórica

Una de las frases de Fidel que más agrada a los villaclareños, al igual que a los habitantes de las hermanas provincias de Cienfuegos y Sancti Spíritus, la pronunció aquí en 1965, en el acto nacional por el 26 de Julio:

«En esta provincia, donde el imperialismo quiso en vano levantar una trinchera, la Revolución erigió un baluarte invencible». La multitud se convirtió en un delirio y protagonizó una de las ovaciones más grandes que se recuerdan.

La Universidad Central de Las Villas es uno de los escenarios donde Fidel estuvo más de una vez. Allí el 16 de marzo de 1959, durante un discurso en el teatro universitario, habló de la necesidad de ampliar las posibilidades a los estudiantes pobres, y sobre el interés del Gobierno Revolucionario en el desarrollo de las universidades y de la educación, así como la prioridad que se daría a la escuela pública y la creación de tres ciudades universitarias en el país.

En las montañas

El Jefe de la Revolución fue el principal impulsador del desarrollo en las montañas del Escambray, donde con frecuencia recorría las obras en construcción. Durante los días 10 y 12 de diciembre de 1970 visitó Algarrobo y Güinía de Miranda y estuvo con las brigadas que edificaban la carretera Manicaragua-Jibacoa-La Felicidad-Topes de Collantes. En Güinía departió con sus pobladores, a los que sorprendió al llegar en horas de la noche por un camino serrano.

La vuelta ansiada

Un reecuentro ansiado se produjo el 30 de septiembre de 1996 en la Plaza de la Revolución. En apenas unas horas se organizó la movilización para el multitudinario acto. Allí explicó que el hecho de que hacía tiempo no visitaba a Santa Clara se debía a diversas razones, nunca por el cariño, el respeto y la admiración que siempre había sentido y sentiría por la ciudad y la provincia. Expresó su agradecimiento por haber podido realizar un acto que se organizó y convocó en tan breve tiempo. Esta fecha se vuelve histórica, dijo, «por lo que se ha logrado hacer, lo que me unirá eternamente en el recuerdo a esta ciudad, que nos colma de orgullo, que nos llena de confianza y de fuerza».

Para Che

Día memorable fue el 17 de octubre de 1997, durante la inhumación de los restos inmortales del Che y sus compañeros en el Memorial erigido al Guerrillero Heroico en esta ciudad. Fidel prendió la llama eterna dentro del Memorial, en el lugar donde reposan en sus nichos los restos de los combatientes, y habló a los presentes. «Veo al Che como un gigante moral que se agiganta cada día. ¡Gracias por venir a reforzarnos en esta difícil lucha que estamos librando hoy para salvar las ideas por las cuales tanto luchaste, para salvar la Revolución, la Patria y las conquistas del socialismo!».

Con motivo de las celebraciones del 26 de Julio aquí, en 2000 y 2004 volvió. Y el 20 de octubre de este último año fue la última vez que el Comandante en Jefe estuvo en Villa Clara, donde por estos días se recuerda aun más, con la alegría adicional de verlo tan recuperado. Pero, más que soñar, los villaclareños aspiran a verlo de nuevo para expresarle su cariño.

Seis hijos ilustres de esta provincia lo acompañaron en la gesta del Moncada. Solo sobrevivió Haydée. Y allí, en el fragor del combate, nacieron esos lazos entrañables que han resistido todas las pruebas.

Desde los muros del Moncada

Muchos de los que abrazaron las armas en aquella mañana del 26 de julio eran personas prácticamente desconocidas. La mayoría apenas trascendía el círculo de familiares y amigos, pero el suceso los hizo entrañables.

Junto a los hermanos Santamaría, Haydée y Abel, quien era segundo jefe del Movimiento, otros cuatro villaclareños, de los que aun poco se sabe, formaron parte de la acción. Por esa fecha todos ya residían en la ciudad de La Habana, hacia donde habían emigrado con anterioridad en busca de mejores opciones laborales y de vida.

Apenas 24 años tenía el sagüero Elpidio Sosa cuando cayó en los muros del Moncada. Quienes lo conocieron cuentan que era trigueño, de estatura mediana, usaba gruesos espejuelos, y a dondequiera que llegaba llamaba la atención por su modestia y buenos modales.

Sosita, como le decían, en su adolescencia ya era un lector infatigable, con suma avidez para los textos que trataban la cruenta explotación a la que eran sometidos los trabajadores, y la discriminación social y racial que imperaba por entonces en Cuba. Poco a poco ese interés por el conocimiento fue forjándole una conciencia firme, que se hizo mayor cuando llegó a la capital y conoció a Fidel, Abel, Jesús Montané Oropesa y otros miembros de la juventud ortodoxa.

Por la confianza que en él depositaban Fidel y otros dirigentes, Elpidio estuvo entre los pocos compañeros que conocieron con antelación el verdadero objetivo de la acción.

Esa fue la razón por la que desde temprano marchó con Abel y Ernesto Tizol hacia Santiago de Cuba, con el propósito de alquilar la finca Siboney, en las proximidades de la ciudad, donde se establecería el cuartel general de los combatientes del Moncada.

Pocos días antes del asalto les comunicó a sus familiares más cercanos que marcharía hacia Pinar del Río con Fidel y otros compañeros para pasar unos días en una finca arrocera, y solo a uno de sus hermanos le dijo la verdad en una carta que decía: «Voy a la muerte. Tengo la seguridad de que voy a morir, pero la causa que defendemos no admite demoras. Estoy enfermo de asco desde que se encaramó en el poder el tirano. No puedo ni quiero hablar de eso, lo que hay que hacer, se hará. Yo quizá no podré verlo, pero surgirá una Cuba nueva, limpia y diferente».

Por pensar en esa otra Cuba también estuvo allí el santaclareño Osvaldo Socarrás Martínez, cuya adolescencia y juventud transcurrieron bajo los embates de la gran crisis capitalista de los años 30, que tuvo un fuerte impacto en la economía cubana.

En cierta ocasión, Salvador Castillo Martínez, uno de sus compañeros de escuela, lo evocó como un muchacho en extremo callado, pensativo, la mayoría de las veces serio y triste, estudioso de todo lo que caía en sus manos, principalmente la prensa.

Intensa admiración sintió Socarrás Martínez desde bien joven por Guiteras, y asimiló sus ideas y las de la Joven Cuba. Ya viviendo en la capital, era frecuente su presencia en mítines de protesta, huelgas laborales o en la distribución de propaganda revolucionaria.

Cada año, durante las zafras, Socarrás iba a los campos del otrora central Vertientes, en Camagüey, para ganar unos pesos de más y ayudar a la familia, pues cuentan que solo visitaba a los padres y hermanos en Santa Clara cuando podía traerles algo.

Era costumbre que los provincianos residentes en la capital se reunieran con frecuencia en el Parque de la Fraternidad. Allí fue donde Osvaldo conoció a los hermanos Efigenio y Juan Manuel Ameijeiras, quienes fueron el puente para su vínculo posterior con Fidel y Abel.

Días antes de partir hacia Oriente vino a Santa Clara y le dijo a su madre que las cosas iban a cambiar, que todo iba a ser distinto, mientras al padre lo sorprendió con una frase: «Viejo, ya conocí a Fidel y es igualito a Martí».

Al igual que Socarrás, mortalmente herido cayó en la epopeya el caibarienense Pablo Agüero Guedes, con solo 17 años, quien junto a casi una treintena de hombres tenían la misión de asaltar de manera simultánea el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo.

Se dice que a los 11 años reaccionaba con la mentalidad de un adulto, pues desde bien temprano mostró interés por la literatura socialista. Hasta los profesores se sorprendían al escucharlo, y veían cómo otros alumnos se nucleaban alrededor de aquel niño que hablaba con facilidad de los derechos de los explotados, de las injusticias del régimen y de grandes experiencias de lucha.

También a Roberto Mederos Rodríguez, otro de los villaclareños que murió en el Moncada, la corrupción imperante durante los Gobiernos auténticos le hizo ganar claridad sobre lo que acontecía en el país.

Al tener lugar el histórico aldabonazo de Eduardo Chibás, este joven sagüero vio mancharse su ropa con la sangre del líder ortodoxo, hecho que radicalizó definitivamente sus ideas, hasta morir por Cuba.

(Agradecemos la colaboración de la historiadora Migdalia Cabrera Cuello para la realización de este trabajo)

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