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No hay mejor apellido

Algunos creen que los malvados suelen ser más divertidos que los buenos y que la bondad es generalmente aburrida. Los defensores de tal premisa la cuestionarían si pudieran conocer al doctor Joaquín Bueno Leza, hombre de alma limpia y maestro de la medicina cubana

 

 

Autor:

Marianela Martín González

El cardiólogo Joaquín Bueno Leza sabe que muchos corazones no se han detenido gracias al tino de su pulso, pero esquiva todo halago personal al considerarse una partícula dentro de un equipo multidisciplinario.

Prefiere resumir su existencia de 76 años autodefiniéndose como un médico que encauzó su anhelo de cirujano frustrado hacia otra cirugía menor, pero que igualmente es salvadora.

Me muestra sus versos para que sepa más de Bueno. En ellos hay dolor por gente muy allegada que ya no existe. Hay humor, erotismo y reflexiones muy profundas sobre el quehacer diario de todos los cubanos. «Solo hago rimar un poco», advierte y nos da a probar los exquisitos dulces que preparó para agradar nuestro diálogo.

—Regalarles a los seres humanos vida y tiempo es una facultad solo atribuida a las deidades. ¿Se siente Joaquín un elegido cuando reta de ese modo a la muerte?

—Soy un obrero de la medicina que siempre está rodeado de gente muy capaz y laboriosa. En el país anualmente se implantan por primera vez o se cambian cerca de 2 500 marcapasos. Existe un sistema diseñado por el Ministerio de Salud que ha extendido a 13 de las 15 provincias del territorio nacional este servicio. Entonces hay por ahí un sinnúmero de elegidos.

«Si por algo me siento distinguido es porque tuve la suerte de contar como maestro al doctor Noel González Jiménez, el prestigioso cirujano cardiovascular que primero puso marcapasos en Cuba, el 6 de julio de 1964, y luego incursionó en los trasplantes cardiacos.

«Gracias a él adquirí habilidades que me permiten difundir esa experiencia a otros médicos, ya no solo de Cuba, pues ahora con la Escuela Latinoamericana de Medicina en nuestro país también estamos enseñando a cardiólogos de otras latitudes. Antes con nuestro equipo se entrenaron colegas de otras regiones, pero en menor cuantía».

—¿Cómo llega Joaquín al mundo de la medicina?

—Si se hubiese aplicado la regla de las probabilidades me hubiesen vaticinado ser un buen cosechador de café, de cítrico o apicultor. Eso fue lo primero que vi cuando vine al mundo en Palma Soriano, a un kilómetro de la carretera central. Allí nací, ayudado por la comadrona que asistió a mi madre, en una casa que todavía recuerdo por su comodidad y belleza, y que sin embargo no tenía lujo alguno.

«Lo que soy se lo debo a mi padre y a las posibilidades que posteriormente la Revolución ofreció para que la gente estudiara y se superara. El viejo un día se fue a tumbar monte, a 24 kilómetros de Guisa, en la Sierra Maestra, y allí fundó unas colonias de café. Gracias a su esfuerzo pudimos ingresar en la universidad mi hermana y yo. Y cuando en 1956 cerraron la casa de altos estudios, nos envió a estudiar Comercio a Estados Unidos.

«El viejo nunca fue el dueño de la tierra; esta pertenecía a un colono a quien él le daba el 30 por ciento de los cultivos; pero mi padre, como no fumaba, ni tomaba, ni jugaba, pudo avanzar bastante en todo lo que se proponía. Incluso ayudó a graduarse como médico en la universidad de La Sorbona, en Francia, a uno de sus hermanos, a quien yo considero iniciador de la medicina rural en Cuba, pues se iba al monte a ayudar a esa gente que nunca tuvo médico hasta después de 1959.

«También pude haber sido maestro, porque algún adiestramiento tenía. Siendo niño y estando de vacaciones, cuando iba para nuestra casa en el campo, a solicitud de mi padre enseñaba a leer a otros niños, junto a mi hermana. El primer bodeguero que tuvo aquella zona aprendió a calcular gracias a nosotros.

«Pero mi vocación más primaria fue la de comerciante. El viejo ganó mucho crédito como vendedor de café. Fíjate si era meticuloso que le agregaba una libra a cada quintal para evitar que decayera su prestigio, por causa de la humedad y el sol, que incidían al transportar la mercancía y generaba alguna merma.

«Mi padre me despertó la curiosidad por la medicina, y un tío de mi mamá, muy reconocido en aquella época por sus conocimientos sobre cirugía, quiso darle el tiro de gracia a mi vocación por esa especialidad.

«Cuando fui a verlo a su consulta para que me encaminara, de nada sirvió que me presentara como el hijo de Ada su sobrina. Me dijo que volviera a su despacho cuando estuviera terminando la carrera. Nunca más fui buscando su apoyo. Luego supe que cuando los jóvenes de los diferentes movimientos revolucionarios hicieron una depuración de los profesores en la universidad, él no pudo entrar nunca más a una de sus aulas».

—¿Qué recuerdos prevalecen de su estancia en Estados Unidos como estudiante?

—Estuvimos en el estado de Virginia y allí una nevada violenta me obligó a irme para Miami a trabajar como peletero. Cuando triunfó la Revolución regresé a terminar mi carrera de Medicina en Cuba, y mi hermana concluyó la de Farmacia. Ambos habíamos tronchado los estudios finalizando el segundo año.

«La discriminación hacia los negros y emigrantes era terrible en Virginia. Yo tenía mucho de estos dos estigmas, pues la madre del viejo era mulata casada con un español. Ella nos cuidaba para que pudiéramos estudiar la primaria en Bayamo mientras mis padres trabajaban en la Sierra Maestra.

«En mi viaje de ida y regreso al estado de Virginia, en Jacksonville, vi cómo una señora de piel oscura, con una niñita en brazos, tuvo que renunciar a su asiento en el ómnibus para dárselo a un blanco. Al regresar al año siguiente vi sacar de su plaza a un mulato joven, puertorriqueño, y obligarlo a sentarse en la parte de atrás, para que otro blanco se sentara en su puesto a mitad del ómnibus.

«Pensé entonces que a mi abuela mulata le hubieran hecho lo mismo, algo que para mí hubiera sido intolerable. Eso me hizo no desear el otro lado de las aguas para vivir».

Cardiólogos tan reconocidos como Roberto Zayas Molina, quien ha escrito un libro sobre la técnica para aplicar los marcapasos, resaltan la sensibilidad de Bueno y lo llaman el profe de todos. La jefa del salón de Arritmia y Marcapasos del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular lo define como exquisito en su trabajo. «No esconde nada de lo que sabe», ha dicho de él.

Los residentes Ángel Chuquisala, de la ELAM, y el avileño Roberto Expósito, aseguran estar listos para comenzar a poner marcapasos, porque el profe tiene maneras muy perfiladas para enseñar. La octogenaria Ana María Miranda Campo le da las gracias por haberla librado de una complicación posterior al cambio de su marcapasos: «Gracias a su equipo puedo seguir viviendo y disfrutar mi condición de madre y abuela», dijo.

—¿Qué estima de esas valoraciones?

—Son un reto. Quiero estar al servicio de la medicina hasta que el pulso me acompañe, porque creo que la vida perderá mucho sentido para mí cuando deje de hacer lo que tanto me gusta. Otras veces digo que en 2013, cuando cumpla 50 años como médico, será un momento digno para jubilarme.

«Todavía estoy pensando qué haré, pero de lo que sí estoy seguro es que, mientras ejerza, el respeto hacia los pacientes seguirá siendo lo primero».

El doctor Joaquín Bueno, quien es, además de profesor consultante, especialista de Segundo Grado en Cardiología, ha recibido numerosos reconocimientos. Recientemente la Sociedad de Cardiología de Centroamérica y el Caribe lo premió por la obra de su vida, distinción que han recibido solo cinco especialistas de su tipo en Cuba.

En ese gesto están implícitas las madrugadas en que Joaquín corrió a poner marcapasos, junto a la enfermera Emilia González Vera, porque tenía que ser urgente o la persona moría, así como sus desvelos en el piso séptimo del hospital Fajardo, donde dirigió durante muchos años una sala de cardiología que contaba con 33 camas, entre estas 12 para niños.

Con esta distinción otorgada por la Sociedad de Cardiología de Centroamérica y el Caribe se reconocen las experiencias de Joaquín en el hospital de Cayo Mambí, enclavado en la zona donde azotó con alevosía el ciclón Flora mientras él se encontraba allí como director de la institución de salud.

También están en ese reconocimiento las vicisitudes y alegrías que Joaquín vivió como director del hospital de Moa, allí donde el polvo rojo entró a su vida, y él se adaptó al peculiar paisaje con toda la bondad y humildad de este mundo.

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