Donde surgió el Protector

En Loma del Convento, un punto bastante olvidado y apenas conocido de la geografía cienfueguera, hace casi medio milenio fray Bartolomé de Las Casas dejó de ser un anónimo encomendero para convertirse en defensor universal de los indios

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

CIENFUEGOS.— Quien desee aproximarse a la antiquísima y rica historia de este territorio, hallará en primer lugar el fructífero pasado del cacicazgo de Jagua, comunidad aborigen cuyo esplendor se basó en la explotación del mar, entre los cayos de una de las bahías de bolsa más apacibles de Cuba.

Luego sobrevino el arribo de los colonizadores a la región.  Figuras como el navegante Sebastián de Ocampo, Pánfilo de Narváez y Diego Velázquez, entonces Gobernador de la Isla, se cuentan entre los primeros que tocaron estas tierras, en la que recibieron el trato afable y gentil de los habitantes.

En medio de la campaña de conquista y pacificación, desarrollada tras la desaparición física de Hatuey, llegó a Jagua Bartolomé de Las Casas, como clérigo de la columna que había comandado desde oriente hacia occidente el sanguinario Pánfilo de Narváez.

A este hombre comedido, de formación autodidacta, con grandes habilidades diplomáticas y conocimiento de las lenguas originarias, Velázquez le confirió aquí una encomienda de indios, cuya ubicación exacta resultó durante varias décadas de interés para arqueólogos e historiadores, al saberse que en este sitio fue donde el cura español se transformó, luego de una larga y penosa lucha interna, en un apasionado y esclarecido defensor de los derechos del aborigen americano.

Para el acucioso investigador cienfueguero Marcos Evelio Rodríguez Matamoros, profesor de la Universidad Carlos Rafael Rodríguez y máximo organizador de los cotejos bibliográficos y los trabajos de búsqueda desarrollados durante varios años, la determinación específica de este lugar histórico poseía un valor singular, por la indiscutida actualidad de esta figura dentro de la historia de la conquista y colonización del nuevo continente.

«Ya no cabe duda de que el clímax de evolución, madurez y radicalización del pensamiento de Las Casas tuvo lugar en su encomienda de Jagua, en el breve lapso que transcurrió entre principios de 1514 y mediados de 1515, en que compartió con su amigo Pedro de Rentería, también propietario del enclave, no solo las tierras y los indios, sino también largas horas de meditación y análisis».

Por ello —sostiene Matamoros Rodríguez—, se hacía necesario indagar con propiedad el punto exacto del acontecimiento, tomando en consideración el testimonio recogido por los cronistas, principalmente de Velázquez y Las Casas, la obra de los historiadores de los siglos XIX y XX, algunas muestras de cartografía antigua, la toponimia, elementos de carácter económico y político y evidencias arqueológicas.

—¿Qué referencias documentales se tienen de este lugar?

—En la carta que escribiera Diego Velázquez al rey Fernando, desde Jagua, con fecha 1ro. de abril de 1514, dándole cuenta de todas las incidencias acaecidas durante la campaña de conquista y colonización, aparece escrito: «En el puerto de Xagua, en dicha provincia de Guamuhaya a una legua de él, hay un muy buen asiento, ribera de un muy buen río que se dice Azima (Arimao) de muchas crianzas de todo ganado».

«La cronología de los hechos protagonizados por Velázquez en Jagua, y relatados en la referida carta, permiten plantear que el Gobernador aludía con esas palabras a la encomienda de Las Casas, opinión con la que coincide también el investigador español fray Isacio Pérez Fernández, estudioso y biógrafo del Protector Universal de los Indios.

«Otra reseña importante al nombre del lugar la ofrece el mismo Las Casas en su trascendental obra Historia de las Indias, en un párrafo que recoge, refiriéndose a la ubicación  exacta de la encomienda, “allí cerca del puerto de Xagua, en un pueblo llamado en lengua de indio, creo que Canarreo…”. Como se puede apreciar, ese era el nombre con que la población nativa identificaba el lugar».

—¿A qué punto específico los cronistas llamaban Jagua?

—Todo apunta a creer que Jagua no solo se llamaron la bahía y el territorio indígena de su periferia, sino que así debió denominarse también el poblado indio que existía en Cayo Ocampo, conocido ya por los españoles desde 1509, cuando Sebastián de Ocampo, cuyo apellido le dio nombre, lo visitara durante el bojeo a Cuba.

«Tanto Velázquez como Las Casas coinciden en que la hacienda se encontraba a una legua del puerto, lo cual no admite discusión si se tiene en cuenta lo que se entendía entonces en lengua castellana por esta palabra».

—¿Existe algún documento en el que conste la disposición de Las Casas de renunciar a sus propiedades?

—Sí, en Historia de las Indias, una obra escrita varios años después de acontecidos los hechos, lo que llevó a su autor a recurrir todo el tiempo a la memoria por no existir apuntes ni notas previas, él dejó dicho aludiendo a sí: «finalmente, se determinó de predicallo; y porque, teniendo él los indios que tenía, tenía luego la reprobación de sus sermones en la mano, acordó, para libremente condenar los repartimientos o encomiendas como injustas y tiránicas, dejar luego los indios y renunciarlos en manos del gobernador Diego Velázquez».

—¿Cómo Velázquez conoció la decisión del fraile?

—En una audiencia que Las Casas le solicitó para anunciársela. Después de ese momento, el Gobernador quedó completamente desconcertado y le propuso al clérigo 15 días para que reconsiderara el asunto, ya que al abandonar la encomienda echaba a un lado también la posibilidad de un fácil y rico enriquecimiento con un mínimo de esfuerzo.

«Bajo ninguna condición Las Casas aceptó el tiempo pedido y respondió de inmediato a Velázquez que se hiciese la idea de que las dos semanas ya habían pasado y que en nada le habían hecho cambiar su parecer. Su sentencia era irrevocable. No obstante, le pidió al Gobernador que le permitiera mantener su posesión y cuidar de la de su compañero Pedro de Rentería. Y le ruega, además, que le guarde el secreto de su fallo hasta tanto él pueda hacerlo público».

—¿Qué pasó después con el amigo y con los indios encomendados al cura?

—Cuando Las Casas le comunicó su decisión a Rentería, este le hizo saber que desde hacía algún tiempo también venía meditando lo mismo, y que había llegado a similar conclusión. Se estima, tras el cotejo de algunas fechas y documentos, que estos hechos tuvieron lugar a mediados del año 1514, entre los meses de agosto y octubre.

«Hasta el momento no se cuenta con datos históricos que  informen sobre la suerte que corrieron los indios de la encomienda luego de la retirada de sus dueños. Sin embargo, existen referencias escritas de que hacia 1526 fueron repartidos algunos hombres procedentes de un sitio llamado Canarreos a un tal Francisco Pérez, de Trinidad».

—¿Cuánto ayudó a la indagación el trabajo con la cartografía?

—Mucho. El análisis de varios mapas y croquis antiguos, todos pertenecientes a la mapoteca de la Biblioteca Nacional José Martí, permitió verificar la existencia real de un lugar habitado al este de la bahía de Jagua de topónimo Canarreo, a lo largo de un período de tiempo que se extiende hasta iniciado el siglo XVII.

«La coincidencia del nombre Canarreo en obras cartográficas que abarcan más de tres centurias, solo es posible debido a la sobrevivencia del sitio, al parecer ya existente en tiempos precolombinos».

—¿Qué otros elementos ayudaron a la investigación?

—El análisis de topónimos. En esta área geográfica, por ejemplo, hay tres motes para considerar. El primero, Canarreo, supuesta denominación autóctona del poblado que le fue encomendado a Las Casas, data de la época en que sucedieron los hechos y ya no existe en la toponimia local. Otros nombres como la Estancia del Cura y Loma del Convento, al parecer de origen más reciente, revelan también un interés por cuanto pudieran reflejar la presencia en algún momento de un sacerdote en la zona.

«Es sabido que los conquistadores y colonizadores intentaron imponer en América las costumbres de la vieja España feudal, donde las posesiones como castillos, fortalezas y monasterios dieron nombre a regiones enteras. Por ello no se descarta la posibilidad de que la primitiva designación de Canarreo haya sido impositivamente cambiada por otra de origen europeo como Loma del Convento».

—Cuando los españoles establecían sus poblados encomendados tenían en cuenta las posibilidades económicas y las vías de comunicación al lugar. De acuerdo con eso, ¿este sitio ofrecía alguna ventaja?

—Sí, Loma del Convento es un área muy accesible, tanto desde el interior de la bahía, a través de la laguna de Guanaroca, como por el río Arimao, y se localiza a unos 15 kilómetros al este de la ciudad de Cienfuegos, entre las lomas y el mar.

—¿Cuándo aparecieron las primeras evidencias arqueológicas?

—En la década de los 50 del pasado siglo el grupo etnológico Guamá organizó varias exploraciones a la zona. Años más tarde, entre diciembre de 1986 y enero de 1989, tuvo lugar una expedición conjunta cubano-soviética, en cuya segunda etapa de trabajo se encontraron varios objetos exóticos de metal y cerámica, entre estos una de las mitades de un compás de cartografía náutica usado por los cartógrafos y navegantes en los siglos XV y XVI.

«El hallazgo de ese instrumento, de muy restringido y especializado uso, hizo deducir que por el lugar hubo de estar un piloto, un cosmógrafo, un agrónomo, un capitán o un navegante.

«Aun cuando no pueda asegurarse que Las Casas fue un marino experto, la investigadora española María del Carmen Ruiz Tello plantea que él dio prueba durante su vida de saber marino, evidenciado en los conocimientos náuticos que reflejó en sus escritos, lo que apunta a creer que haya sido este cura quien trajo el objeto hasta la zona».

—Luego de escudriñar diversas fuentes, se tuvo la certeza entonces de que a solo 15 kilómetros de Cienfuegos había surgido el Protector…

—Sí, se trata de un sitio de importancia mundial que todavía permanece en el olvido, sin nada que justiprecie el valor de Las Casas, de quien Martí dijera en La Edad de Oro que al pensar en su figura y en su obra venía a la mente la blancura del lirio, porque de tanta bondad que dispensó se le puso de lirio el alma.

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