El día en que se acabaron los claveles y las rosas

Este 10 de noviembre se recuerdan los 40 años del viaje de Fidel al Chile de Salvador Allende. Una visita que marcó el inicio de una nueva edad en la historia de América, según valoró un periódico de la región

Autor:

Luis Hernández Serrano

Fidel evoca que cuando Roma estaba siendo atacada un joven cayó prisionero, y lo amenazaron con quemarlo, y su respuesta fue sorprendente para los captores: Puso la mano sobre una llama, como diciéndoles: ¡no me pueden intimidar con nada!

La anécdota la contaba el líder revolucionario en Valparaíso hace 40 años. Llevaba dos semanas de recorrido por Chile, invitado por el presidente Salvador Allende. En el acto comentó que así se portan los jóvenes cubanos, aunque les hayan enseñado a tener miedo ante los poderosos, a respetarlos, a inclinar la frente y ponerla en el suelo, en gesto de reverencia.

Del 10 de noviembre al 4 de diciembre de 1971 recorrió Fidel diez de las 25 provincias chilenas y recibió el aplauso y el saludo de los obreros del carbón, del petróleo, del hierro y, sobre todo, de los del salitre y el cobre que, como le confiesa Allende: «Son el salario del país».

Fidel ha cubierto 7 100 kilómetros de distancia en un IL-62 que vuela a 850 kilómetros por hora y emplea casi nueve en el viaje. Aterriza en el aeropuerto de Pudahuel y desde allí va hasta la embajada de Cuba en la calle San Patricio. Lo recibe un millón de personas cuyas exclamaciones duran todo el lento andar de dos horas y media de una caravana que, según la prensa chilena, recorre un trayecto de «40 kilómetros de cariño», bajo un sol sofocante de 35 grados.

Un rotativo sueco calificó la visita como «la más célebre de todo un decenio en Hispanoamérica». Por eso las agencias de noticias transmitían cerca de 2 000 despachos y alrededor de 200 comentarios, artículos, crónicas y editoriales, sin incluir los de Chile.

Cientos de corresponsales especiales son enviados a tierra chilena para cubrir el suceso, que en general describieron como desbordante, espectacular y sin horario ni protocolo.

Muchos habían venido desde lugares lejanos de Arica —a 1 530 kilómetros de distancia— para tratar de tocar el uniforme verde olivo del Comandante cubano; y un anciano aseguró que «nunca se ha visto una recepción tan grande como esta desde que en 1928 fue a Santiago de Chile el famoso Príncipe de Gales».

La delegación cubana recorrió durante 25 días las provincias de Santiago, Antofagasta, Tarapacá, Concepción, Llanquihue, Magallanes, O’Higgins, Colchagua, Aconcagua y Valparaíso, donde el Jefe de la Revolución dialogó con el pueblo y pronunció numerosos discursos siempre muy bien recibidos.

Queda opacada por completo la gira paralela que realiza Robert Finch, el consejero principal del presidente norteamericano Richard Nixon por algunos países de América Latina.

El propio Fidel calificó su contacto con Allende como «un encuentro simbólico entre dos procesos históricos». Una revista local aseguró que «anfitrión y huésped están consumando la victoria de un nuevo sentimiento que se arraiga en América Latina: el de la solidaridad».

«Fidel ha abierto un amplio ventanal hacia Iberoamérica», comentó un periódico argentino, al tiempo que el tabloide estadounidense Pueblo recalcaba el temor de Estados Unidos de que «se ponga de moda recibir a Castro y que después de los chilenos lo hagan los peruanos, los mexicanos y así sucesivamente».

Los imperialistas sabían perfectamente que aquella visita de Fidel era el fin del aislamiento impuesto a Cuba por ellos en el hemisferio occidental desde la resolución de la OEA de 1964.

Nueva era

El diario azteca Por qué valoró que «esta visita es el inicio de una nueva edad en la historia de América».

Una muchacha chilena confesó a un reportero venezolano que con la presencia de Fidel se acabaron los claveles y las rosas en Santiago, porque todas esas flores se le arrojaron con cariño y admiración a su paso.

Desde el avión Fidel dice al presidente de Perú: «Sentimos honda emoción al sobrevolar la tierra donde el gran pueblo inca construyó su mundo socialista y realizó obras de ingeniería y arquitectura que aún hoy asombran al mundo. Rendimos igualmente profundo tributo en este instante al visionario Túpac Amaru, que hace casi dos siglos señaló a los pueblos de América el camino de hoy».

El padre del Che, Ernesto Guevara Lynch, viajó desde Argentina para verlo, y era la séptima vez que lo abrazaba. Días más tarde Fidel bebió el legítimo licor de chicha en un cuerno, y luego, en la Universidad de Concepción, recibió un cuadro del pintor araucano Eliseo Sauco. Igualmente Raúl Choque —el chileno campeón mundial de caza submarina— le entregó como recuerdo de Iquique la nariz de un pez espada o albacora, pues, en 1957, en aguas cercanas, se pescó el más grande ejemplar de este tipo de todo el orbe, y era venerada como una insignia de esa ciudad.

En la mina de cobre de Chuquicamata, al norte, el yacimiento a cielo abierto más grande del planeta, le obsequiaron una caja con 24 muestras de ese mineral: vistió el poncho tradicional de esa zona y usó el casco amarillo de minero. Montó en el lugar los gigantescos camiones de transporte del material y las enormes excavadoras mecánicas.

En la localidad salitrera de María Elena jugó baloncesto a 1 240 metros de altura, y en la plaza de otro yacimiento salitrero, Victoria, rechazó ponerle su nombre a una escuela técnica que allí se construía y propuso la denominaran Escuela Amistad chileno-cubana.

En las márgenes de Magallanes

Luego de dos días a bordo del destructor de la Armada Almirante Riveros (por entre los sobrecogedores islotes e islas de los canales australes), llegó a Punta Arenas, en las márgenes del célebre Estrecho de Magallanes, considerado el último rincón del mundo.

En otro momento, a 2 800 metros de altura, en plena cordillera de los Andes, llegó a la mina El Teniente, en Sewell, la más grande explotación cuprífera bajo tierra del orbe, donde se puso guantes especiales, un casco metálico verde, y cargó pesados lingotes de cobre que salen de la fundición del demandado mineral.

«La Revolución es una criatura hija de los obreros, y no esperen ustedes que los reaccionarios y los oligarcas la cuiden y se sacrifiquen por ella», dijo justamente a los mineros en una masiva concentración.

En Antofagasta hizo un paro en Atacama, el desierto dorado de Chile, para tocar la arena de la pampa. ¡Es el sitio del planeta donde llueve menos, unos diez milímetros al año!

Desde Chile Fidel envió un mensaje a los universitarios cubanos por el Centenario del 27 de noviembre; a la FEEM por su II Congreso Nacional; y a las FAR por el 15 aniversario de su fundación, el 2 de diciembre de 1956.

En la comuna proletaria de San Miguel, donde se había erigido el primer monumento chileno al Che, habló de la vida y la obra de este en un acto de masas: «Es realmente la primera vez que vemos el monumento de alguien a quien hemos conocido en vida. Cuando estuvimos en Chuquicamata nos enseñaron el punto exacto donde en la primera salida de su país había parado un día», apuntó Fidel.

En sus intervenciones en Lota, en Tomé y en la Universidad de Concepción, el líder caribeño dijo al pueblo chileno: «Los obreros son la columna fundamental de la vida de un país (…) el objetivo de nuestra lucha es el pueblo, y no se puede luchar por una causa más justa y más noble».

En la Universidad Técnica de Punta Arenas afirmó que el hombre es, antes que todo, un valor moral. Que siempre confía en el hombre y sobre todo en la juventud que, independientemente de sus orígenes de clase, es capaz de tomar conciencia de los problemas de la patria. Y reflexionó: «Los estudiantes y los profesores están metidos en todo (…) casi son dueños del Estado cubano. Se les llama para todo, participan en todos los planes (…) en investigaciones, en la defensa del país y hay una enorme identificación entre la juventud y el proceso revolucionario».

El 2 de diciembre, en el Estadio Nacional, se realizó el acto de despedida, y el 3, también en Santiago de Chile, ofreció una conferencia de prensa. «Antes que los intereses de nuestra patria de hoy, están los de nuestra patria del futuro, que son los pueblos de América Latina».

A las 9:10 a.m. del 4 de diciembre partió el líder cubano rumbo a Perú, donde permaneció cinco horas y media, y dio una conferencia de prensa en el aeropuerto de Lima. Lo mismo hizo en el aeropuerto de Guayaquil, en Ecuador; y llegó a La Habana antes de las nueve de la mañana del día 5.

Detrás quedaba la amistad de todo Chile que Fidel resumió: «¡No es a Fidel al que han invitado a esta tierra, a estas ciudades, a estos campos, a estas fábricas. Es al pueblo de Cuba, a la Revolución cubana!».

Fuentes: Prensa de la época

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