Reparadores de almas

Yoleismy, Dustin y Raidel son los tres primeros instructores de arte de Cienfuegos que culminan la Misión Cultura Corazón Adentro en Venezuela

Autor:

Melissa Cordero Novo

CIENFUEGOS.— En las noches, después del silencio y los sueños, ellos, con mochilas sembradas en los hombros, entraban en las casas: por las ventanas, por las débiles hendijas de luz que salían debajo de la puerta, o por cualquier descosido de las bisagras. A hurtadillas comenzaba la tarea. Reparar corazones es trabajo difícil. ¿Cómo les colocarían dentro la música, los pinceles, el teatro, si no empezaban de madrugada? Ellos le robaron algunas horas al tiempo y las devolvieron en sonrisas.

Cultura Corazón Adentro es de esas misiones que tienen el poder de zurcir el alma. Entonces, si uno mira bien, encontrará sobre el pecho mismo de Venezuela pequeñas cicatrices que iluminan; encontrará rostros que agradecen el trabajo y la paciencia. Conversar, también con hilo y aguja en las manos, con protagonistas de las subsanaciones, es diálogo que sorprende.

Yoleismy Sánchez Jova, instructora de arte en la especialidad de Teatro, llevó desde Cienfuegos todo el atrezo, cargó con las técnicas y las funciones que aprendió una vez en clases y las repartió, sin límites, en el poblado Alberto Arvelo Torrealba, en Caracas. «Al principio todos nos miraban con interés; creo que se preguntaban: ¿qué harán estos cubanos?; pensaban que éramos médicos.

«Fue un poco raro cuando les explicamos que nosotros veníamos a una misión cultural, que haríamos trabajo comunitario con los niños, los jóvenes, con los abuelos, que integraríamos a toda la familia en actividades colectivas y en talleres. Y nos costó mucho trabajo, en tan poco tiempo, ganarnos la confianza de los padres; ellos tenían miedo, no nos veían como personas responsables para estar a cargo de sus hijos».

Entonces Yoleismy abrió su mochila y colocó sobre el césped cuanto amor le fue posible, y luego sopló. «Cuando ellos fueron viendo nuestro trabajo, y cómo día a día nos dedicábamos por completo a los niños, que íbamos a las casas a ayudarlos con las tareas, que les ofrecíamos nuevas herramientas para la vida, comenzaron a participar en nuestras actividades y todo cambió».

Durante un año y siete meses Sánchez Jova impartió, además de talleres en la comunidad, otros en escuelas primarias, secundarias y en la Universidad Socialista Bolivariana. «Dividíamos el día en dos jornadas, por la mañana estábamos en las academias y por las tardes en el barrio. Nos vinculamos mucho con personas de la tercera edad, artesanos y amas de casa. Los resultados fueron muy satisfactorios, sobre todo ver cómo, con los días, se nos sumaban más y más pobladores».

Dustin Polo Llanes también partió, un día de varios soles, con pentagramas bajo el brazo. Las melodías le abrieron luces entre los senderos y cuando tuvo a los niños enfrente, niños pobres, les llenó las manos y el rostro y los cuerpos con semicorcheas y negritas y con todas las notas musicales. Desde ese momento, a los infantes del municipio de Obispo, en Barinas, les cambió la vida.

«El objetivo fundamental de nuestra misión radicó en fortalecer la cultura venezolana, en ningún momento imponer la nuestra. Por eso, las cosas fueron difíciles al principio, pues debimos aprender a tocar sus instrumentos, las características de su música, para a partir de ahí ayudarlos con la enseñanza de los más pequeños, y a consolidarse».

Dustin dirige en Cienfuegos un proyecto infantil llamado Abracadabra, con igual formato que La Colmenita. Y el gran reto estuvo, durante los dos años de misión en Venezuela, en cimentarlo también en aquellas tierras. «Fue una experiencia incomparable, sobre todo por las condiciones de vida. Pero trabajé con niños de mucho talento y mucha sensibilidad; yo los estudiaba cada día y luego potenciaba sus capacidades».

A Raidel Clacijo Medina le saltan los colores de la piel, de entre los poros, es como si en vez de sangre tuviera una gran paleta de matices corriéndole por las venas. Por eso, cuando llegó a Venezuela, al municipio de Barinas, le fue muy sencillo inundar las calles y las casas con sus dibujos. «Nuestro objetivo central fue realzar la cultura. Allí existían ya muchos artesanos y escultores, pero manejaban una idea muy mercantil del arte. Nosotros tratamos de revertirla».

Al frente de un grupo de niños, Raidel comenzó a pintar murales: «En toda la comunidad dejamos plasmadas nuestras ideas, los sentimientos, la cotidianidad bolivariana. Y fue muy bonito; todos aprendimos mucho, yo también».

A la par, Clacijo Medina trabajó en otro proyecto revolucionario, vinculado a personas adictas a las  drogas y al alcohol. «La experiencia fue única, porque todas aquellas personas eran marginadas; el Gobierno los agrupó, les dio asilo y los fortaleció desde el punto de vista social. Y ahí entramos nosotros, fortaleciéndolos también, pero desde el punto de vista cultural. La mayoría tenía un carácter muy fuerte, o estaban renuentes a hacer cosas debido al mismo proceso difícil de abandono de la adicción. Por suerte, esa realidad fue cambiando».

Así, entre el misterio de noches que ya no fueron tan oscuras y artimañas para colarse en todas las casas y en todos los corazones, se instalaron estos jóvenes, que no fueron sino duendes. Allí desempacaron las mochilas, y minuciosamente, decoraron cada rincón. Al finalizar la misión, los pechos venezolanos tenían tonalidades, sonidos y actitudes bien diferentes.

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