El héroe de Rosa Aurora - Cuba

El héroe de Rosa Aurora

La compañera inseparable comparte con los lectores de JR ese hombre que su esposo lleva dentro

Autor:

Susana Gómes Bugallo

I. «Aspiro a un amor tan eterno como el de Fina y Cintio».

Ella: Te estás poniendo resabioso, te estás poniendo viejo…

Él: ¿Yo? ¿Y tú?

Ella: Bueno, yo también. Pero nos tenemos que aguantar. A ti te toca, cuando yo no me acuerde dónde dejé el bastón, salir a buscarlo por toda la casa porque lo mismo puede estar en el baño que en el cuarto. Te tocará porque si no me vas a tener que cargar.

II. «Él siempre sale con una de esas».

Ella: Cuando vengas nos divorciamos y nos volvemos a casar como se casa todo el mundo.

Él: Ni muerto. Capaz de que entonces salgas, me dejes colgando de la brocha, te lleves la escalera y te busques otro.

III. «Yo hacía un café maloooo…».

Ella: Voy a hacer una coladita.

Él: ¡No, no, espérate! Yo la hago.

No es una obra de teatro. No son personajes ficticios. Los diálogos los ha regalado Rosa Aurora Freijanes, esposa de Fernando González Llort. Gustosa de que descubran a ese Fernando «tan suyo», la compañera fiel del héroe cubano se lanza a una de las vicisitudes más difíciles que estos años le han deparado: desnudar su intimidad.

Según Rosa, la imagen que ha transcendido de él es la del héroe perfecto, la persona inalcanzable. «Pero Fernando es un ser humano más, un cubano más. Como cualquiera de nosotros, siente y sufre», dice ella y comienza a revelarnos al hombre que su esposo lleva dentro.

«Es muy inteligente. Cuando le planteas un problema y le ves una solución o ninguna, él se sienta contigo y es capaz de decirte cuatro más que ni siquiera se te habían ocurrido. Además, cuando necesita ser responsable, lo es hasta las últimas consecuencias.

«Fernando no es el que va a iniciar el chiste —él no es Gerardo—, pero le gusta mucho departir. Divertido, mal bailador igual que yo “a matarse” y aun así nunca hemos ido a una fiesta a quedarnos sentados. No podemos entrar a una rueda de casino porque los dos bailamos “machacando”. Pero nos hemos divertido toda la vida».

La pasión por los carnavales es algo que distingue a Fernando. Quizá se deba a esa obsesión que lo acompaña desde niño por la tumbadora.

«Cuando era pequeño, su mamá trabajaba hasta muy tarde y a él y a sus dos hermanas los llevaban para las oficinas. Los compañeros de mi suegra lo veían llegar y decían: “¡Llegó Papincito!”, porque se sentaba y tocaba en el buró por horas.

«Hay un compañero en Guantánamo que le hizo una tumbadora y me prometió que me la haría llegar. Cuando fui a ver a Fernando en julio, lo primero que me dijo fue: “Mira a ver cómo te las arreglas, pero ve a Guantánamo y tráeme mi tumbadora, porque quiero cuando llegue tenerla en la casa”. Mi casa es pequeña. Tendré que ponerla en el medio de la sala», cuenta la enamorada, que recuerda hasta los más «imperdonables defectos».

«Él no cocina, no friega ni plancha. El colmo de los colmos es que luego de tomar el desayuno, abría la pila, llenaba el vaso y ahí se quedaba. Aunque sí lavaba. Tuvo que adaptarse en el preuniversitario.

«La gente no me cree cuando digo que Fernando era un gordito muy comilón. Arroz, frijoles, carne de puerco, ensalada, vianda, ¡de todo! Lo único que más o menos le incomodaba era la harina. Le gusta mucho la yuca con mojo. Pero no es lo único».

La admiración es algo que distingue esta relación. Rosa Aurora pronuncia diez palabras y nueve son Fernando. «Me gusta que conozcan a ese Fernando muy mío que no es solo el alegato y un saludo al pueblo de Cuba. Es un ser humano con muchísimos valores, un corazón enorme y un valor tremendo para enfrentar estos 14 años y el tiempo que falta.

«Creo que la aspiración más grande de todo ser humano es tener un hijo. Y ya yo no puedo. Pero él sí tiene el derecho y no se lo podía quitar. Cuando le hablé de eso, fue uno de los momentos en que más molesto estuvo conmigo. Me dijo: “¿Qué clase de hombre piensas que soy? ¿Cómo se te ocurre hacerme semejante comentario? ¿Cómo me vas a decir eso?”.

«Después dijo cosas muy lindas porque me sentía destruida. Pero comprendí que me decía que la vida no depende solamente de eso. Y ya sé que puedo seguir haciéndolo un hombre feliz y él me sigue haciendo una mujer muy feliz, aunque ese es de los sueños a los que hubo que renunciar».

Los planes del regreso ya están hechos. La escalada al Turquino se coló en varios de los itinerarios de los Cinco. Rosa prefiere aguardar en la base junto a Olguita, la esposa de René González. Pero tiene otros recorridos que hacer con él.

«Vamos a pasear mucho. Dice que él quiere ver todo lo que se ha ido perdiendo, todo lo nuevo. Yo le digo: “Tienes un compromiso para recorrer la Isla, porque cada vez que vamos a algún lugar las personas piden que cuando ustedes vuelvan pasen por ahí”. Así que vamos a estar por lo menos un año de municipio en municipio conociendo a los que tanto nos han ayudado en esta lucha.

«A veces le pregunto a qué se va a dedicar cuando regrese y me dice: “Con todo lo que me he leído de Historia, creo que pudiera ser un buen profesor”».

En septiembre de 1998, Fernando es apresado… Cuando Rosa por fin logra verlo, existía una cuestión pendiente.

«Habíamos hecho el plan de casarnos en noviembre. Pero ¿y si se había arrepentido? Conociéndolo tan bien como lo conocía, tenía el temor de que no quisiera arrastrarme con él al sufrimiento de estar separados tanto tiempo. Y me hizo muy feliz cuando me volvió a pedir que me casara con él».

IV. «Sigo enamorada de mi marido».

Él: ¿Todavía estarías dispuesta a casarte conmigo sabiendo que tengo una sanción de 19 años?

Ella: (A nosotros) Por supuesto que le dije que sí. Porque sigo enamorada de mi marido. Tenía miedo, mucho miedo, de que me quisiera dar la libertad de escoger tener que vivir sin él. Porque no concibo mi vida sin Fernando.

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