La bandera de Martí - Cuba

La bandera de Martí

Alejada de los homenajes, anónimamente, una humilde mujer cumplió un encargo especial del más universal de los cubanos

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— El aire debió deslizarse con la humedad del mar. A juzgar por los recuerdos de aquella joven de 22 años, nada debió perturbar la tranquilidad de Veracruz ese día de 1894. Desde los peñones donde se levanta la fortaleza de San Juan de Ulúa, el fresco del mar Caribe se adentró entre las casas de la villa y alivió el calor dentro de la vivienda con el número 101 en la calle 5 de mayo, entre Francisco Canales y Condesa.

La muchacha, una hermosa mulata, revisó una vez más los paños y volvió a concentrarse en las puntadas. Debía ser uno de los momentos de mayor mansedumbre en aquel hogar, célebre en Veracruz entre los cubanos emigrados, que habían convertido la casa en uno de los centros de su labor conspirativa, al punto de llamarla el Consulado cubano en Veracruz.

Ella volvió a revisar las costuras cuando sintió un suave llamado en la puerta. Acomodó los paños y miró. En el pórtico se encontró con un hombre de estatura mediana y ojos oscuros. Por su aspecto aparentaba unos 40 años. Vestía saco y chaleco negros; y el bigote abundante pero bien cuidado le ocultaba los labios.

—¿Esta es la casa de don Serapio Agüero? —preguntó el viajero, quien al escuchar la respuesta afirmativa insistió—: Entonces, usted debe ser su hija Clotilde, ¿verdad?

Clotilde Agüero Cepeda respondió que sí, pero nunca imaginó que ese momento marcaría su vida para siempre, incluso ya anciana, cuando recogía sus recuerdos de aquellos años. Porque el viajero se quitó el sombrero. Movió la cabeza en un gesto de cortesía y dijo:

—Mucho gusto, mi nombre es José Martí.

El encargo mayor

Nació en Caibarién, en la antigua provincia de Las Villas, el 3 de junio de 1872. Apenas una recién nacida, viajó con sus padres, quienes por su labor independentista fueron obligados a emigrar a la ciudad de Veracruz, donde su hija vivió toda su niñez y juventud. Solo dejó México en 1908 cuando ya era una mujer adulta. Veneró siempre la tierra azteca y aun así Clotilde Agüero Cepeda siempre se sintió cubana.

Hasta el momento, de acuerdo con las investigaciones históricas, es la única personalidad de la provincia de Ciego de Ávila que departió con el Apóstol y cumplió encomiendas de este dentro de la organización de la guerra de 1895. El máster Ángel Cabrera Sánchez, historiador de la capital provincial, ha investigado la vida de esta mujer, cuyo nombre es el de la principal distinción que entrega la Sociedad Cultural José Martí en el territorio avileño.

«Su trascendencia es por su vínculo con Martí y la labor educativa que realizó alrededor de la figura del Maestro —explica el investigador—. Ella creó su propio método pedagógico para que su enseñanza estuviera vinculada con el patriotismo y el Héroe Nacional de Cuba. Sus clases comenzaban con una anécdota o un pensamiento vinculado con su vida.

«Al final del curso todos los alumnos se retrataban con ella y con la bandera cubana. Aunque había un detalle. Los cinco mejores se fotografiaban con el colectivo; pero como premio portaban unas coronas de papel en cada una de las cuales estaba inscrita una de las letras que conformaban el apellido del Apóstol».

De acuerdo con las investigaciones, Clotilde llegó a Ciego de Ávila convertida en una mujer de más de 40 años, casada, con una hija que tuvo a los 42 y después de atravesar innumerables vicisitudes por diversos pueblos y ciudades de Cuba, como La Habana, Caibarién, Placetas, Camagüey, Florida, Colorado y Jatibonico.

En muchos de estos lugares quedó cesante como maestra por afectaciones en la voz y sin derecho a otra plaza y subsidio, lo cual se conoce al examinar sus documentos personales. Solo el apoyo de los Veteranos en la provincia camagüeyana —quienes reconocían su labor patriótica en Veracruz— permitió que encontrara empleo.

«Los veteranos conocían de su papel —opina Cabrera Sánchez—. Aunque en ellos pesaba mucho el vínculo de Clotilde con Martí —con quien se reunió en tres ocasiones— y sobre todo con algo significativo en la guerra. Cuando él la visita en Veracruz, le pide 50 escarapelas, que son un distintivo de tela. Después escucha un discurso del Apóstol ante los emigrados, descrito por ella como impactante. Sin embargo, el último encargo fue muy trascendente. Martí le pidió que bordara una bandera cubana».

Esa enseña nacional la joven patriota la izó en el Teatro Principal de Veracruz al celebrarse una velada fúnebre por la muerte del Maestro. Luego el Club Máximo Gómez Báez, conformado por emigrados cubanos, la envió al Generalísimo, quien dio acuse de recibo. La bandera, según el testimonio de la pedagoga y los veteranos, fue una de las usadas por las tropas de Gómez en la invasión.

Sin embargo, durante la República esa afirmación fue puesta en duda en diversas oportunidades. Hasta que en 1936 Clotilde recibió una carta con fecha del 16 de noviembre. Era de Bernardo Gómez Toro, hijo del Generalísimo, y en uno de sus párrafos decía: «La bandera invasora de las fuerzas directamente mandadas por mi padre es sin duda de ninguna clase la que Ud. hizo y costeó por sus propias manos. Reciba mi felicitación y estimación admirativa». Las incertidumbres quedaban desechas.

El premio olvidado

En la ciudad de Ciego de Ávila, la escuela primaria Juan Bruno Zayas se encuentra en la intersección de la calle Maceo con Serafín Sánchez. Allí existe un flamboyán inmenso, que en su corpulencia y vejez ha empezado a levantar las losas del patio del centro de enseñanza.

Tal vez ese árbol fue testigo de la labor de Clotilde, porque la Juan Bruno Zayas antes de 1959 fue la Escuela Pública no. 6, donde la patriota se desempeñó como maestra y directora. De allí emanan los principales recuerdos como educadora.

Cabrera Sánchez apunta: «Además del patriotismo y el amor al ejemplo de Martí, el testimonio recogido entre sus ex alumnos indica que Clotilde Agüero Cepeda basaba su magisterio en el antirracismo, la solidaridad y el respeto; no establecía diferencias y su conducta se sustentaba sobre un ejemplo de sencillez y modestia. Era estricta, pero al mismo tiempo se preocupaba personalmente por la situación de cada estudiante».

Como educadora, esta mujer desarrolló una amplia labor como conferencista sobre la vida y el pensamiento del Apóstol en numerosas ciudades y poblados. Ese trabajo, junto con su prestigio como independentista y maestra, valió para que la Sociedad Nacional Protectora de Niños, Animales y Plantas y el Grupo Martiano de Ciego de Ávila la nombraran miembro de honor.

Eran reconocimientos mayores en medio de los grandes avatares de su vida. Como maestra pública sufrió el atraso en el pago de sus ingresos y muchas veces debió insistir para que el Gobierno le cursara el pago pendiente del salario. Su jubilación fue un calvario, pues oficialmente no se le había reconocido su desempeño como directora.

Aunque uno de los obstáculos mayores comenzó en 1935. Entonces fue propuesta para recibir la Orden Nacional de Mérito Carlos Manuel de Céspedes. Se le otorgó tres años después, pero incompleta. El Gobierno entregaba el diploma. La medalla, en cambio, debía ser pagada. Luego de muchas gestiones y de una colecta pública en la que participaron veteranos, maestros y habitantes de Ciego de Ávila, Clotilde recibió el distintivo. Al tenerlo, ella escribió: «Premio, que engavetado yacía en el olvido».

Falleció el 20 de mayo de 1947. Su entierro fue una procesión de cientos de personas. Casi un año más tarde, el 28 de enero de 1948, al final de una velada martiana que colmó el Teatro Principal de Ciego de Ávila, sus ex discípulos pidieron a todos los presentes marchar hasta el cementerio y poner flores en su tumba. Fue el homenaje de los justos. El tributo a la maestra que bordó la bandera de José Martí.

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