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El mejor joven para dirigir jóvenes

Como un hombre sumamente ético, respetuoso y sin dobleces recuerdan quienes conocieron a Jaime Crombet Hernández-Baquero, uno de esos jóvenes envuelto en el apasionante torbellino de la Revolución, y que al morir este viernes en La Habana era uno de sus paradigmas

Autor:

Luis Hernández Serrano

Conocimos a Jaime Crombet cuando era primer secretario de la UJC en la Universidad de La Habana, y el comité de base de la UJC en la Escuela de Artes y Letras, de la propia Universidad, nos encargó la tarea —junto a Eduardo López Morales— de trabajar en la redacción del Boletín de la UJC universitaria de la Colina, que dirigía Evidio Díaz, en los primeros años de la década de 1960.

Después estuvimos aún más cerca de él cuando, como primer secretario de la UJC en el país, pasó a ser jefe de la Columna Juvenil del Centenario en Camagüey, y trabajamos un tiempo en la Sección de Enseñanza y después en la Sección Política como periodista del Bayardo, quincenario oficial de esa fuerza revolucionaria naciente.

Fue siempre un hombre sin dobleces. Lo sabemos todos los que lo quisimos, le profesamos amistad, fuimos testigos de sus afanes revolucionarios y realmente lo admiramos.

Al llamado del entonces Comandante Raúl Castro Ruz, la Columna Juvenil del Centenario, encabezada por Jaime, se conformó oficialmente el 3 de agosto de 1968 (tomó su nombre porque se cumplía un siglo de la gran insurrección anticolonialista del pueblo cubano en 1868).

La relevante y compleja tarea asignada a Jaime era proponerle a los 50 000 jóvenes convocados, saltar del subdesarrollo hacia la conquista de la ciencia y la técnica, partiendo de un impulso juvenil de gigantescas proporciones en la agricultura.

Había que darle continuidad a un esfuerzo anterior también de jóvenes, porque primero se formaron las Columnas Juveniles Agropecuarias, la Operación Mambí de las FAR, y después la Columna. Según el propio Comandante en Jefe Fidel Castro, la batalla no era otra cosa que «hacer en unos pocos años la tarea del siglo».

Camagüey tenía el más elevado índice de despoblamiento, con las mayores extensiones de tierras ociosas, al punto de que era en aquel momento como la capital del subdesarrollo.

No hubo entonces mejor joven para dirigir a los jóvenes que Jaime. Sumamente sencillo, responsable, tenaz, audaz, de pocas palabras, pero de muchas acciones, con un elevado sentido de la jefatura, sin egolatría, sin jactancia, sin ostentaciones, austero primero que todos. No obstante su modestia proverbial y su no querer salir demasiado en la prensa, sabía encargar tareas con la mayor decencia, de la mejor manera, y diciendo siempre con una sonrisa contenida lo que había que hacer.

Nunca le vimos o le escuchamos en la Columna —como simplemente le llamábamos los columnistas— ni una sola palabra descompuesta, ni una respuesta acalorada, ni una pizca de ofensa a un compañero, aunque siempre inspiraba. Tal vez por todo eso, el mayor de los respetos, y su pensar y su mano estaba en toda aquella gesta.

Solo a manera de ejemplo de su nobleza, de la limpieza de su conducta, de su modo de tratar a los subordinados, independientemente de si era un jefe o un simple miembro de la Columna, sirva el hecho de que por él nos casamos cinco parejas de columnistas, entre ellos este redactor.

Un día me llamó a su oficina… «Luis, te he mandado a llamar —como he hecho con Héctor Martínez, Arnaldo Villafaña, Juan de Dios Viera y Efraín Yibre—, porque sé que eres novio de una de nuestras pizarristas telefónicas, para ver si aceptas que te cases con ella el próximo 14 de febrero, Día de los Enamorados, en la boda colectiva que realizaremos aquí en el Estado Mayor. ¿Estarías de acuerdo? Consúltaselo a ella para ver lo que piensa e infórmame, por favor», nos dijo…

La hazaña de los muchachos de Jaime Crombet

La tarea encomendada por la dirección del país no era en nada fácil. Convocó a la juventud cubana que no estudiaba ni trabajaba, o se encontraba ubicada en labores en las que podían ser remplazados por otras personas, en respuesta al llamamiento de Raúl de movilizar a 50 000 jóvenes hacia la provincia de Camagüey para ocuparse de la agricultura durante tres años —es decir, a una proeza productiva.

En su convocatoria, la UJC planteó que los que dieran el paso al frente serían el relevo de la denominada Operación Mambí de las FAR, y que no podían fallar. Y el 3 de agosto llegaron a Camagüey los primeros destacamentos juveniles para integrar la Columna, pero casi todos pisaban esa tierra por primera vez, y de ella solo tenían como referencia los célebres tinajones y las alabadas piernas de las camagüeyanas.

Ese territorio tenía en aquella época más de 24 000 kilómetros cuadrados, y alrededor de 800 000 habitantes, mientras que un país como Israel, por ejemplo, poseía 21 000 kilómetros cuadrados y 2 000 000 de habitantes. La provincia estaba prácticamente despoblada y solo había un hombre por cada dos caballerías de tierra.

La Columna contó con diez agrupaciones coincidentes con los municipios de Camagüey, con un cuadro de la UJC Nacional al frente de cada una, y un asesor militar, todos bajo el mando directo de Jaime.

Durante los primeros tres años, de 1968 a 1971, los columnistas cortaron 1 268 millones de arrobas de caña, cifra superior en 230 millones a la que molería toda la provincia en la zafra de 1971, el equivalente en azúcar fabricada —con el rendimiento de la época— a 1 600 000 toneladas, por lo que se convertiría en la fuerza más productiva no solo de Camagüey, sino del país durante varias zafras azucareras.

«Entre los muchachos de Jaime», como muchos les llamaban durante la importante zafra de 1970, nadie se rajó, aunque llovió muchísimo y el campo se puso muy feo.

La juventud, encabezada con entusiasmo, organización y firmeza por Jaime Crombet, cumplió y superó todas las expectativas, porque llevó las riendas de aquella epopeya productiva con todo el amor que él era capaz de sentir por sus jóvenes, y ante una tarea de Fidel y de Raúl que, en definitiva, beneficiaría a toda la nación.

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