Una vida horneada al carbón

Un joven y su familia decidieron vivir de la producción de carbón en el Municipio Especial. Sus esfuerzos aportan al hogar, al Estado y ayudan a proteger el medio ambiente

Autor:

Roberto Díaz Martorell

NUEVA GERONA, Isla de la Juventud.— Ramón Oramas Cordero es un joven de 29 años que desde los 14, hacha en mano, no deja casuarina «con cabeza» en el sur de Isla de la Juventud para hacer carbón que Cuba exporta a Europa.

No tiene mucha instrucción, pero se ha convertido en un hombre de trabajo incansable y es el alma de su familia, que integra una de las diez brigadas carboneras en este Municipio Especial, batallando a diario contra los insectos y el polvo. Sin embargo, nada impide que Ramón entregue a la unidad empresarial de base (UEB) Flora y Fauna más de 150 sacos mensuales, equivalentes a tres toneladas.

Ramón Oramas Fuentes, su papá, recuerda cómo poco a poco vio crecer a su hijo entre la maleza y el humo de los hornos. «Es un “animal” para el trabajo. Ahora lo veo pasar y no me queda más remedio que decirle adiós, porque tiene una capacidad y voluntad sin límites; por eso es uno de los mejores carboneros jóvenes de aquí», dice mientras sonríe orgulloso.

Además del aporte al bolsillo familiar y a las arcas del Estado —hasta marzo de este año, unos 80 123 pesos en moneda convertible—, talar casuarina para hacer carbón vegetal aporta al programa de eliminación de plantas invasoras en este Municipio Especial, por lo que se le reconoce también el impacto positivo en el medio ambiente.

Sanar el entorno

Raúl Fernández González, director de la unidad empresarial de base (UEB) Flora y Fauna, reveló que ese programa se inició en Isla de la Juventud en 2011 y se utilizan como materia prima plantas importadas e invasoras como el marabú, que puede hallarse en toda la Isla, y la casuarina, en la zona sur de este territorio, especialmente en las dunas.

Según datos de la entidad, existe un potencial de 60 hectáreas de casuarina y 144 000 de marabú.

Enemigo acérrimo de los agricultores, el marabú es otra planta fundamental para producir carbón vegetal. Cuando Alexis Armas Fernández limpia con su hacha extensas áreas pobladas por este arbusto, también realiza un sensible aporte a la economía.

«Trabajo solo. Tumbo, corto y hago el carbón con mis propias manos y siento gran satisfacción al ver desaparecer esa plaga por día. Ahora limpio una zona en la que el marabú amenaza con topar con los cables de la electricidad», comenta.

El otrora paisaje copado de marabú en Isla de la Juventud poco a poco se convierte en espacios útiles para la siembra de alimentos, y sus troncos se convierten, después de quemados, en combustible sólido.

En caliente

El joven Ramón se levanta sobre las cuatro de la madrugada en su casa de la comunidad Mella Vaquero y ya su mamá le tiene preparado el desayuno. Como un gigante le entra al monte, y en pocas horas acumula la cantidad necesaria de troncos para cortarlos en trozos y acomodar el horno.

Entre hachazo y hachazo se sacude con fuerza los mosquitos que pretenden en vano evitar su avance, y sobre sus hombros carga los pedazos de madera hacia el lugar donde arderán hasta convertirse en carbón vegetal. Una vez acomodados y tapados, empieza la quema.

«Casi no dormimos mientras el horno está funcionando, para evitar que se pierda el esfuerzo», dice ahora Leticia Cordero Pérez, la mamá y fiel vigilante del esfuerzo familiar, quien además de ocuparse de los quehaceres de la casa, tapa «bocas» (hoyos que se forman en el horno), clasifica el carbón, llena sacos, da hachazos y mantiene la higiene.

«Todo eso lo hacemos después de aportar a la brigada, porque no se puede estar matando mosquitos por gusto, y no nos gusta perder tiempo», comenta el joven, quien en agosto cobró unos 2 700 CUP y 60 CUC como recompensa a la eficiencia y calidad de su labor.

Empresa por dentro

La UEB de Flora y Fauna en Isla de la Juventud reportó hasta el pasado julio una producción de 505,5 toneladas de carbón vegetal elaborado a partir del marabú y de la casuarina. La cifra supera en un ocho por ciento lo pactado, según se conoció en reciente plenaria municipal acerca de esta actividad.

El director Raúl Fernández González explicó que respaldan lo logrado la aplicación de sistemas de pago vinculados a los resultados, la labor de la brigada de beneficio y calidad y el amor, voluntad y sentido de pertenencia de los 57 carboneros y del personal vinculado, de manera indirecta, a la producción.

Entre las debilidades, el directivo señaló la ineficiente gestión para trasladar el producto terminado hacia el puerto de Batabanó y de ahí hacia el puerto de La Habana —al cierre de julio permanecían 223 toneladas de carbón en almacén, equivalente a 11 contenedores—, insuficientes equipos, como motosierras, y problemas internos con el transporte, que limitan además la atención adecuada a los trabajadores.

En ese sentido Alexis Armas Fernández agregó que para enfrentar al marabú necesitan con mayor frecuencia de otros útiles como guantes, machetes, hachas, limas…, al tiempo que ponderó la atención en materia de alimentación.

En el encuentro se subrayó la construcción en cada polo productivo de almacenes rústicos y viviendas, y la intención de mejorar la calidad de vida de los carboneros, preservar el carbón de las inclemencias del clima e impulsar la productividad, limitada antes por capacidad de almacenaje.

Elpidio Rubio Leyva, jefe del programa del carbón en la empresa Flora y Fauna, reconoció el valor económico de la alternativa de acarrear a mano el carbón para las patanas (embarcación de carga), ante la incapacidad técnica de la grúa del puerto, esfuerzo que realizan los obreros en función de oxigenar las finanzas.

Fernández González subrayó que esa opción se decidió a partir de que el sistema de transportación de carga marítima no prioriza como debe el trasiego de ese rubro, sensible al deterioro en el proceso de manipulación.

Ramón le indica a su mamá que se siente a su lado, le pasa el brazo sobre los hombros y con alegría en el rostro expresa: «Esta es la que más me ayuda. No solo me cuida y alimenta, sino también tumba troncos con el hacha, corta palos y cuida el horno. Ella es mi bendición».

Leticia le devuelve el cariño con un beso, y  comenta que el trabajo no mata a nadie cuando se siente la necesidad de hacerlo. «Producir carbón es duro, pero cuando uno ve el beneficio, vale la pena. Además, nosotros somos peores que los mosquitos», jaranea.

«Lo probé cuando tenía 14 años para ver si aguantaba —narra ahora el papá—, y así de paso aprendía el oficio de carbonero. Al principio pasaba trabajo, pero cuando cobró su primer salario salido del sudor y el tizne, se estimuló tanto que decidió dedicarse por completo a la tarea.

«Hoy es un campeón que encabeza e impulsa a esta familia que hace 32 años nació unida y nos vamos a morir unidos, pero horneados al carbón», dijo.

El acarreo manual del carbón, ante la incapacidad técnica de la grúa del puerto, es una opción para oxigenar la economía.

El joven Ramón (en primer plano), junto a sus padres.

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