Los reyes magos guerrilleros

Fidel y Celia tuvieron la iniciativa de regalar juguetes a las niñas pobres de Jacinto Peñate y Ángela Sánchez, en plena Sierra Maestra, el Día de Reyes de 1958

Autor:

Luis Hernández Serrano

El 6 de enero de 1958, tres combatientes guerrilleros hicieron el papel de los reyes magos en la Sierra Maestra —por iniciativa de Celia Sánchez Manduley y orden de Fidel Castro Ruz— aunque sin disfrazarse, sino con sus propias barbas reales y negras; y regalaron juguetes a las niñas de Jacinto Peñate Hidalgo y de Ángela Sánchez Nerey, ambos mensajeros de la Columna Uno.

Jacinto Peñate Hidalgo con sus hijas Mirta (a la izquierda) y María Luz. Foto: Calixto N. Llanes.

«Ya mi mente me falla mucho, pero sí recuerdo que el Comandante en Jefe, en mi finca La Jeringa, en la Sierra Maestra, acompañado por Celia, estuvo presente cuando tres rebeldes repartieron juguetes a todos mis hijos, nos cuenta Jacinto Peñate Hidalgo, en la sala de su casa, la número 4910, entre Central y N, en el Reparto Obrero, en el municipio habanero de San Miguel del Padrón.

El teniente coronel retirado del Minint Ramiro Lastre Corría nos sirvió de guía para llegar hasta la vivienda del campesino que ya tiene 93 años, pero está físicamente bien todavía, solo con alguna deficiencia de la memoria.

«Aquel día fue muy grande para toda mi familia», evoca. El líder de la Revolución y Celia hicieron que tres compañeros de la Columna Uno les llevaran muñecas y otros juguetes a mis tres niñas: Mirta Juana, María Luz y Magaly Julia. Estaba allí entonces mi esposa Ángela Sánchez Nerey, ya fallecida.

Peñate —con ayuda de Mirta y María, pues Magaly se encontraba trabajando en el momento de la entrevista— comentó que Fidel y sus guerrilleros escogieron su finca La Jeringa, en un territorio sumamente abrupto de las montañas, para establecer su campamento durante todo el mes de diciembre de 1957 y unos diez o 12 días más de enero de 1958.

«Sí, Fidel y Celia tuvieron aquel gesto en un día tan señalado. Fue algo muy hermoso también, puesto que me parecía que en mis hijas el Ejército Rebelde repartía simbólicamente juguetes a todos los niños pobres de la Sierra Maestra».

Los juguetes obsequiados a las niñas fueron traídos de Santiago de Cuba por un mensajero que bajó a cumplir a la ciudad una tarea del Movimiento y Celia se los encargó. Y después de 1959, Celia todos los años les enviaba juguetes a las muchachitas, hasta que se hicieron mayores.

«Llegar con los juguetes hasta nuestra casa en el alto de La Jeringa fue —según nuestro padre siempre nos dijo, cuenta María Luz— estimular nuestra fantasía infantil de niñas campesinas pobres y no pasar por alto la fecha».

«Yo solo recuerdo que el entonces expedicionario del Granma, Luis Crespo Castro, hizo el papel de uno de los reyes magos: “Melchor”. Pero no puedo precisar quiénes representaron a “Gaspar” y a “Baltasar”», aclara Peñate.

Aquí Ramiro Lastre nos dice que aquellas tres niñas campesinas humildes, gracias a la Revolución se convirtieron en tres mujeres con formación profesional, verdaderamente útiles y valiosas: María Luz (Marilú le dicen) se hizo piloto de altura de la Marina Mercante cubana; Mirta Juana, estomatóloga, y Magaly Julia, epidemióloga.

El libro con la dedicatoria de Fidel a Jacinto: «Con sincero afecto y muchos recuerdos de aquellos años que nunca olvido». Foto: Calixto N. Llanes.

Precisamente entre las joyas históricas más queridas y guardadas por Jacinto Peñate y su familia figuran dos ejemplares, del libro escrito por el Comandante en Jefe La Contraofensiva Estratégica, editado y por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado en 2010, dedicados de puño y letra de Fidel al fiel campesino y a su hija epidemióloga, con estas dedicatorias:

«Para Jacinto Peñate, con sincero afecto y muchos recuerdos de aquellos años que nunca olvido. Fidel Castro Ruz, septiembre 10 de 2010».

«Para Magaly Peñate con mucho afecto. Me han dicho que eres médico. ¡Qué grata noticia!».

Celia en la cueva del diablo

«Mire, periodista, un día yo inventé refugiar a Celia en un sitio donde el enemigo no pudiera hacerle daño, ni siquiera rozarla con el pétalo de una rosa. Y escogí un lugar intrincado, al que apenas se podía llegar a caballo, por lo empinado de la loma. Fue en La Cueva del Diablo, en mi finca La Jeringa, en la zona que yo llamaba Jeringa a’lante.

«Así cumplí una orden de Fidel de protegerla. Y mi propia mujer, Ángela, le preparaba su desayuno y le cocinaba su almuerzo y su comida y yo diariamente le llevaba ese alimento. ¡Ni mi esposa sabía dónde ella estaba! Y si alguien quería verla para cualquier tarea, ella salía momentáneamente y conversaba con el compañero en un “varentierra”, un “bajareque” que yo mismo hice, un “ranchito” chiquito, de guano y piso de tierra, en los alrededores de la cueva. Y nunca, mientras ella estuvo allí, llevé a nadie a ese refugio. ¡Qué va! Yo respondía ese tiempo por la vida de Celia».

Jacinto Peñate conoció a Fidel a los pocos días del desembarco del yate Granma. Se lo presentó Crescencio Pérez el mismo día en que le presentó a «Chene» Lastre.

La primera hamaca de Fidel

Este último recordó cómo ellos dos guardaron la primera hamaca guerrillera de Fidel, cuando Peñate, al ver que estaba empapada de un tremendo aguacero, le dio la suya para que durmiera.

«Esa hamaca Celia se la mandó a comprar a Fidel a Nueva York, en un establecimiento comercial donde vendían deshechos de guerra del ejército norteamericano. Y Peñate y yo nos turnamos cuidándola. Y la guardamos durante 43 años, hasta entregarla al Consejo de Estado», sostuvo Ramiro.

Jacinto y su esposa Ángela cumplieron misiones de alto riesgo encargadas por Fidel y Celia, como la de llevar en forma oculta hacia Santiago de Cuba rollos fotográficos con imágenes importantes, para que no se echaran a perder. Y pasaron con éxito la inspección del ejército enemigo, porque los escondieron —por idea de Peñate— junto a pañales sucios con excremento de sus niñas, que los guardias no se atrevieron a registrar.

Peñate bajó de la Sierra Maestra con los grados de primer teniente y se licenció en abril de 1972, después que su único hijo varón, Jacintico, murió en un accidente. Trabajó en otros frentes de la Revolución y se jubiló en 1981.

«Tras 1959 yo hablé personalmente en diferentes ocasiones con Fidel y siempre me atendió con hermandad y cariño, no obstante su cargo y su responsabilidad», nos dijo Jacinto Peñate. Y agregó: «Ese fue también un gran regalo suyo, como cuando los Tres Reyes Magos guerrilleros con barbas reales y negras les entregaron muñecas a mis hijas, el 6 de enero de 1958».

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