Camilo para rato

Manolo La O Borroto, testigo fiel de varios hechos protagonizados por Camilo, recuerda con orgullo muchas de las muestras del extraordinario ingenio del Señor de la Vanguardia

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

YAGUAJAY, Sancti Spíritus.— «Era pasado el mediodía y la avioneta comenzó a sobrevolar por encima del área de Jobo Rosado como un pájaro con hambre. Ese sonido, junto con la metralla, nos atemorizaba. Casi todos los que estábamos allí salimos corriendo y nos escondimos debajo de unos tubos. Pero Camilo no le temía a nada. Cogió su arma y se tiró bocarriba a disparar para el cielo. Al ratico no se vio más al buitre sanguinario, y el comandante Cienfuegos se levantó y con una sonrisa de oreja a oreja le dijo a mi madre: “Vieja, saca lo que tengas de comida para los que nos fajamos, porque los otros se escondieron”».

Manolo La O Borroto, un oriundo del lugar, testigo fiel de varios hechos protagonizados por Camilo, recuerda con orgullo muchas de las muestras del extraordinario ingenio del Señor de la Vanguardia.

«Las cosas le salían del alma. Aunque la situación estuviera tensa, siempre estaba inventando. Era propio en él. Recuerdo escucharlo en más de una ocasión engañar a quienes, deseosos de conocerlo, llegaban hasta el campamento y preguntaban. Él con la mayor tranquilidad le decía: “¿Camilo?, cogió por ese trillo”. Y la gente se perdía en esa dirección».

Con solo 14 años, La O Borroto conoció al Héroe de Yaguajay, quien compartió varias jornadas en su casa, donde encontró refugio fiel para saciar la sed y el hambre.

«A él le encantaba el café hecho con leña y cola’o con tetera. Siempre le pedía a mi madre un poquito de arroz con leche ahumado. Tanto era así, que en el primer aniversario del Frente Norte de Las Villas, el 7 de octubre de 1959, regresó a nuestra casa, después de participar en el acto de aquel día. Conversó, jaraneó y hasta se sirvió solo. Era uno más de la familia. Buscó una lata de aceite de carbón, la puso en el suelo y se sentó en el piso junto a William Gálvez.

«Ese mismo día por la tarde, se acostó a conversar y se quitó la camisa porque hacía mucho calor. Como era costumbre nos acercamos todos los que andábamos por allí para escuchar sus historias. Entonces nos quedamos sorprendidos al oír a mi mamá cuando dijo, al verle las pecas que tenía en la espalda: “Si te perdieras te encontramos facilito por esa cantidad de pintitas”. Pero él le respondió con esa jocosidad en rastrillo: “Vieja, aquí hay Camilo para rato”».

José Mario García López no olvida cuando conoció al legendario barbudo llegado desde la Sierra Maestra, quien demostró que solo con la unidad en la lucha se podía lograr la independencia de Cuba.

«Me llamó muchísimo la atención la primera vez que lo vi. No solo por el respeto a su jerarquía, sino que desde el primer momento se dio a querer. Parecía que había nacido y crecido en estos montes.

«Camilo era amigo, compañero…, exigente pero afable y cariñoso con todo el mundo. Siempre estaba preocupado por la comida y la salud de cada uno de su tropa».

Cuenta José Mario que una vez Camilo sentenció que Fidel le iba a mandar un submarino y que no sabía qué hacer con él en esas lomas, uno de los asistentes en la conversación, sin salir de su asombro, asintió con la cabeza ante la afirmación de él que de cualquier forma cumpliría con la orden.

La última vez que lo vio, José Mario García López no imaginó que solo pocos meses después le estremecería el alma la terrible noticia de la desaparición física de su comandante Cienfuegos.

«Despedí junto a varios amigos la caballería que salió desde Yaguajay hacia La Habana en julio de 1959. Estaba anímicamente bien, con su sonrisa eterna, mortificando a quienes lo seguían. Camilo nunca se puso serio. Creo que hasta de los peores momentos él sabía sacar el lado positivo».

Luz María Martín Rodríguez vivía en Vergara, una zona intrincada en el vientre del lomerío. Justamente, por ser esa una localidad que poseía las condiciones ideales para la lucha armada, se convirtió en campamento de tránsito de las tropas rebeldes que allí operaban.

«Muchas fueron las veces que con estas manos le di su plato de comida. Pero solo lo aceptaba después de que cada uno de su tropa lo hubiera hecho. Jamás lo vi aprovecharse de su cargo».

Carmen Domínguez Plasencia, otra longeva pobladora, fundadora del Movimiento 26 de Julio en ese territorio, vio por vez primera a Camilo en Vitoria, una comunidad rural ubicada al norte espirituano. Junto con su hermana, cumplió diferentes órdenes en apoyo a la causa rebelde.

«Cosíamos la ropa raída de las tropas. Camilo era un amor de persona. Siempre estaba alegre. Conversaba con uno como si te conociera de toda la vida. Nunca escuché que alguien se molestara con él. Se ganaba el cariño de todos, simplemente al mostrar su sonrisa».

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