Día del tamaño de una semana

El 1ro. de enero de 1959 fue inmenso, luminoso, encantado y encantador, y vino a terminarse el 8 de enero. Ese es el sentimiento de muchos de quienes vivieron esas jornadas volcánicas

Autor:

Luis Hernández Serrano

EL 1ro. de enero de 1959 el aire se volvió de diamante, como si fuera un día eterno para el alma del país. Una canción se escuchaba en los radios de todas las casas: «Hoy brilla más el sol/, el cielo es más azul,/ la patria estremecida,/ parece que recibe,/ la bendición de Dios./ Y el pueblo esclavizado vuelve a ser libre y feliz;/ y lleno de esperanza,/ entona su vibrante,/ Canción de Libertad…».

Habían triunfado el valor y la sabiduría. Los órganos de represión y los servicios de inteligencia de la tiranía de Fulgencio Batista subvaloraron las capacidades y el talento de Fidel y sus principales jefes guerrilleros y clandestinos, porque creyeron en lo que les decían los servicios secretos de Estados Unidos.

La guerra para las tropas de la tiranía fue su examen final, y el Ejército Rebelde y los combatientes clandestinos del llano los desaprobaron, es decir, los vencieron.

En respuesta a una pregunta nuestra, el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar no olvida que un hermano suyo calificó el 1ro. de enero de 1959 como «un día del tamaño de una semana».

El propio Director de la Casa de las Américas y premio nacional de Literatura, al evocar precisamente el triunfo rebelde, comentó hace algunos años que el 31 de diciembre de 1958 se acostó con pensamientos tristes, y que lo despertaron el día 1ro. para anunciarle la fuga del tirano. «Una espléndida noticia para el mundo y en especial para todo el pueblo de Cuba», recalcó.

«Me vestí rápidamente y salí rumbo a la casa de mis padres. En la guagua escribí un poema donde recogí lo extraordinario de aquel día inmenso, luminoso, encantado y encantador que vino a terminarse el 8 de enero».

Veinticuatro horas antes del triunfo

La noche del 31 de diciembre de 1958, la tiranía batistiana vivió sus últimas horas. El desenlace de la guerra era inminente, como resultado de la fulminante ofensiva del Ejército Rebelde en todos los frentes. Una fuerza revolucionaria que no sobrepasaba los 3 000 hombres armados había llevado al borde del colapso a los más de 80 000 integrantes de los cuerpos represivos del régimen de terror implantado el 10 de marzo de 1952.

En la antigua provincia de Oriente, principal escenario de la campaña revolucionaria, fuerzas conjuntas del Primer, Segundo y Tercer Frentes, al mando directo de Fidel Castro, se aprestaban a iniciar al siguiente día el asalto a Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país. En todo el territorio oriental habían sido liberadas la mayoría de las poblaciones y un cerco estratégico se tendía en torno a las guarniciones aún no rendidas.

Simultáneamente, en la provincia central de Las Villas, Che Guevara culminaba en Santa Clara su brillante ofensiva, cortando en dos la isla, mientras que Camilo Cienfuegos, en el Frente Norte, ponía fin al ataque de diez días contra el cuartel de Yaguajay. Otros grupos y fuerzas actuaban en las provincias de Camagüey, Matanzas, La Habana y Pinar del Río. La desmoralización y el desplome del Ejército de Batista eran ya una realidad indetenible en todas partes.

En las primeras horas de la madrugada del 1ro. de enero, el dictador y sus principales cómplices salieron directamente de la fiesta de fin de año, en el Campamento de Columbia, hacia los aviones que los conducirían a República Dominicana.

El general Eulogio Cantillo Porras, hasta ese momento jefe de Operaciones en la región oriental, desempeñó un nefasto papel en estos acontecimientos. Este oficial traicionó los compromisos que había adquirido con la Comandancia General del Ejército Rebelde, en entrevista realizada días antes, cuando al reconocer que el régimen había perdido la guerra, y para contribuir a terminarla, estuvo de acuerdo en producir el levantamiento de las tropas en Santiago de Cuba, en la tarde del 31 de diciembre. En contra de todo cuanto le había sido advertido por Fidel Castro, viajó a La Habana, se puso al servicio de los planes apresurados que trataba de instrumentar la Embajada de Estados Unidos para impedir el triunfo revolucionario, facilitó la huida del tirano y sus cómplices, y se convirtió, momentáneamente, en jefe de las Fuerzas Armadas y autor de un efímero golpe de Estado.

Llamamientos de Fidel

Al saber de esta traición, el Comandante en Jefe dio a conocer, por la emisora Radio Rebelde, desde la ciudad de Palma Soriano, el 1ro. de enero de 1959, sus ya históricas Instrucciones de la Comandancia General a todos los comandantes del Ejército Rebelde y al pueblo, que, entre otras cuestiones, proclamaban:

«(…) Cualesquiera que sean las noticias procedentes de la Capital, nuestras tropas no deben hacer alto al fuego en ningún momento (…) deben proseguir sus operaciones contra el enemigo en todos los frentes de batalla (…) Al parecer se ha producido un Golpe de Estado en la Capital. Las condiciones en que ese golpe se produjo son ignoradas por el Ejército Rebelde (…) Las operaciones militares proseguirán inalterablemente mientras no se reciba una orden expresa de esta Comandancia, la que solo será emitida cuando los elementos militares que se han alzado en la capital se pongan incondicionalmente a las órdenes de la Jefatura Revolucionaria. ¡Revolución, SÍ; golpe militar, NO! ¡Golpe militar de espaldas al pueblo y a la Revolución, NO, porque solo serviría para prolongar la guerra! ¡Golpe de Estado para que Batista y los grandes culpables escapen, NO (…) Escamotearle al pueblo la victoria, NO (…) ¡Nadie se deje confundir ni engañar! ¡Estar alerta es la palabra de orden! (…)».

Igualmente, el jefe de la Revolución, también el 1ro. de enero de 1959, y desde la propia ciudad de Palma Soriano y por la emisora Radio Rebelde, hizo un llamamiento a la Huelga General Revolucionaria, en la que, en síntesis, alertó: «Al pueblo de Cuba y especialmente a todos los trabajadores: Una junta militar en complicidad con el tirano ha tomado el poder para asegurar su huida y las de sus principales asesinos, e intenta frenar el impulso revolucionario que nos escamotee la victoria (…) El pueblo y los trabajadores deben inmediatamente prepararse para que el día 2 de enero se inicie en todo el país la huelga general, apoyando a las armas revolucionarias y garantizar así la victoria total de la Revolución (…) Los trabajadores cubanos, orientados por la sección obrera del Movimiento 26 de Julio deben en el día de hoy tomar todos los sindicatos mujalistas y organizarse en las fábricas y centros laborales para iniciar al amanecer de mañana la paralización total del país. Batista y (Eusebio) Mujal han huido, pero sus cómplices se han quedado con el mando en el ejército y los sindicatos (…) Hasta que Columbia no se rinda no habrá terminado la guerra. Esta vez nada ni nadie podrá impedir el triunfo de la Revolución (…) Por la libertad, por la democracia, por el triunfo pleno de la Revolución ... ¡A LA HUELGA GENERAL REVOLUCIONARIA EN TODOS LOS TERRITORIOS NO LIBERADOS!».

Entran los rebeldes en Santiago

En las primeras horas de la madrugada del 1ro. de enero de 1959, el dictador Fulgencio Batista abandona el país, no sin antes tratar de escamotear el triunfo de la Revolución.

Durante el día, las fuerzas rebeldes se adueñan de la ciudad de Santiago de Cuba. Muy tarde en la noche, miles de personas se congregan para escuchar —en el primer acto político— al líder máximo de la Revolución triunfante.

Las palabras iniciales de Fidel son: «Compatriotas de toda Cuba: ¡Al fin hemos llegado a Santiago! Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado (…)». Luego esclarece lo sucedido en las últimas horas, en particular el intento de golpe militar que se produjo en La Habana.

Fidel con sus barbudos entra en Santiago y allí ratifica que esta vez no se frustrará la Revolución. Habla del intento de golpe militar en la capital de todos los cubanos y dice que marchará hacia allá con las tropas veteranas de la Sierra Maestra, para defender la Revolución. Concluye su discurso en la madrugada del 2 de enero, y a continuación, el Doctor Manuel Urrutia Lleó presta juramento como presidente provisional de la República de Cuba y pronuncia unas breves palabras.

La caravana de la libertad

Tras el acto y un desfile militar, Fidel parte rumbo a Bayamo, al frente de la Caravana de la Libertad. A su paso, se rinden soldados y cuarteles, y al final se recorren mil kilómetros de júbilo.

Los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara se aprestan a ocupar muy pronto las principales fortalezas militares de la capital de Cuba: Columbia y La Cabaña.

El propio 2 de enero, Camilo ocupa la jefatura del Distrito Militar No. 4, en Matanzas. La primera orden militar del Comandante en Jefe se emite el 3 de enero, luego de constituido el Gobierno Revolucionario, donde se nombra al Comandante Camilo Cienfuegos como jefe de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire que radican en la provincia de La Habana.

Muy temprano ese 3 de enero, una nave aérea lleva al Héroe de Yaguajay hacia Santiago, donde conversa con Fidel, luego de dos meses sin verse. Se acuerda la constitución del Gobierno Provisional Revolucionario, que se establece en la Universidad de Oriente, en Santiago, y comienza a ejercer sus funciones. Al mediodía se inicia el juramento de los que integran el primer Consejo de Ministros de la Revolución. Santiago se erige como capital provisional del país.

Por la tarde, la Caravana se detiene en Holguín. Fidel llama a la unidad en larga entrevista de prensa. Los rebeldes pasan por Victoria de Las Tunas y llegan a los límites de Camagüey, al amanecer del día 4 de enero. En el Regimiento No. 2 Ignacio Agramonte se establece contacto con las autoridades de la provincia. Fidel habla en la Plaza de la Caridad, en su primer discurso en esta ciudad, y dialoga también con los periodistas.

Ese 4 de enero el Consejo de Ministros se traslada hacia La Habana. El 5 de enero se publica la orden de Fidel del cese de la Huelga General que orientó para contrarrestar el golpe militar en La Habana, y el Che viaja a Camagüey para rendir cuentas a Fidel acerca del cumplimiento de su misión en la capital.

Al arribar la Caravana a Cienfuegos el propio día 5, la ciudad está prácticamente en poder del Segundo Frente del Escambray. Hay un breve descanso y un reportero del diario Excelsior entrevista  a Fidel el día 6. Luego, frente al parque Martí, en la madrugada del 7 de enero, el pueblo cienfueguero se concentra para escuchar al máximo líder.

A Manacas llega la Caravana en la mañana del propio 7 de enero, y Fidel se dirige a los obreros de la cervecería de este lugar. La siguiente parada es en Colón, Matanzas. La Caravana continúa su paso por esa provincia. En la noche del día 7 llegan al Regimiento No. 4. Se trasladan después al Palacio Municipal, frente al Parque La Libertad. Habla Fidel desde un balcón.

En la madrugada del 8 de enero vuelve a salir la Caravana y a media mañana arriba a Cárdenas, donde Fidel dialoga con la madre de José Antonio Echeverría, deposita flores en la tumba del Presidente de la FEU caído el 13 de marzo de 1957 y recuerda la heroica fecha del asalto a Palacio y la toma de Radio Reloj.

Ese día 8 de enero, en El Cotorro, Fidel y su hijo Fidelito se abrazan emocionados. Más adelante, en la Virgen del Camino, Camilo Cienfuegos se suma a la comitiva. A la altura del yate Granma, atado al muelle, Fidel sube a la embarcación histórica y lo siguen algunos compañeros de la Sierra Maestra.

Los rebeldes después recorren la Avenida de las Misiones y llegan al Palacio Presidencial. Desde la terraza norte el Jefe de la Revolución saluda al pueblo y le pide que acuda a Columbia, donde va a hablar. La Caravana vuelve a tomar el Malecón y sube por la calle 23. Frente al edificio del antiguo Radiocentro, el Comandante dialoga con un grupo de artistas y sigue su Marcha Triunfal, como la llamaría en sus inolvidables versos el Indio Naborí, rumbo a Marianao, hasta llegar al entonces Campamento Militar de Columbia, desde donde se dirige al pueblo y una de las tres palomas que llegan se posa en el hombro del jefe guerrillero y la muchedumbre grita enardecida: «¡Fidel, Fidel, Fidel!». «Nuestra mejor tropa es el pueblo», expresa el Comandante en Jefe. Y en un instante de su vehemente discurso, le pregunta al Héroe de Yaguajay: «¿Voy bien, Camilo?», expresión que demuestra la hermandad entre ambos y que nunca han olvidado los cubanos.

La lista de los fugitivos

La lista que hizo Batista de los secuaces que se fugarían con él en la madrugada del 1ro. de enero de 1959, era tan grande, que el enviado del Gobierno estadounidense la rechazó, porque ni una numerosa flota aérea hubiera bastado para el traslado de tantos camajanes juntos.

El dictador le mostró aquella lista al empresario inversionista William D. Pawley, quien hablaba perfectamente el español, conocía los dicharachos cubanos y era ya un experto en «talles», convertido en emisario para hablar con el Presidente.

Tal personaje se conocía en Cuba por sus traquimañas económicas y financieras. No era un improvisado. Y no podía decir que lo enviaba el Gobierno de Estados Unidos, sino que era un admirador personal del dictador y llegaba en son de «amigote», no como emisario oficial de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Le estaba prohibido pronunciar en inglés o en español los nombres de estas tres instituciones.

Un abogado de la United Fruit Company (Mario Lazo) comunicó al embajador estadounidense, Earl E.T. Smith, lo que estaba pasando. Se le acercó al diplomático yanqui un día de juerga en el Country Club de La Habana, a fines de 1958, y le contó que enviarían a un sujeto especial para hablar con Batista. El jurista no sabía que el envío de semejante «emisario» había sido convenido por la Casa Blanca, el Departamento y la Agencia.

El presidente Ike Einsenhower; el secretario de Estado, John Foster Dulles, y el director de la CIA, su hermano, Allan Dulles, los tres, crearon el plan para salvar a Batista de la justicia revolucionaria e impedir que Fidel Castro tomara el poder.

De esta forma, dejaron fuera de la jugada de Año Nuevo al embajador Smith. Y Pawley —haciéndose el sueco— le ofreció a Fulgencio garantías para el asilo en Estados Unidos del propio dictador, su familia y los que pusiera en una lista con ese fin.

Sin embargo, ante la cifra de posibles fugitivos, Pawley tuvo que decirle que se le había ido la mano y que aflojara un poco. De inmediato al tirano, quien comprendió que el amigote tenía la razón, no le quedó otra alternativa que pedir el apoyo de Washington para «mantener la situación». Y como no logró lo que quería, decidió rebajar bastante la abultada lista de fugitivos.

La misión del «emisario» consistía en convencer a Batista de que ninguna solución era posible si continuaba en el poder. El plan concebido obedecía a la imposibilidad de que la tiranía venciera por las armas a la insurrección revolucionaria. Entonces, el 10 de diciembre de 1958 la Casa Blanca, el Departamento de Estado y la CIA llamaron al embajador Smith para hablarle del «mensajero» y le dijeron que sin vínculos gubernamentales aparentes iría a La Habana para sugerir cariñosamente a Batista el cambalache urdido. No le aclararon quién era el famoso «emisario» y lo vino a saber el 2 de septiembre de 1960.

El gringo Smith en su exposición ante el Subcomité del Senado, en agosto 30 de ese año 1960, a preguntas del senador Eastland, dijo: «Castro nunca obtuvo una victoria militar». Y el propio Senador le expresó: «Entonces, si Batista no perdió ni una sola batalla, ¿por qué salió echando un pie?».

La estampida del tirano y sus 108 acompañantes demandó tres naves áreas: la primera, un DC-4, llevó a su esposa, a la familia de su cuñado Roberto Fernández Miranda, jefe de la Cabaña, a varios de sus ministros más cercanos, y al presidente «electo» en las elecciones de noviembre de 1958.

El segundo avión fue abordado por el clan Tabernilla, la primera mujer de Batista, los hijos que había tenido con ella y los jefes del aparato represivo: Pilar García, Conrado Carratalá, Orlando Piedra, Esteban Ventura Novo y otros connotados esbirros, torturadores y asesinos.

El tercer avión, el Guáimaro, el ejecutivo del presidente, cargó a sus hijos menores, algunos sirvientes y al convaleciente coronel Sánchez Mosquera, herido de gravedad en un combate. ¡Ah!, no puede olvidarse que Silito Tabernilla, a solo unas horas de la estampida, le preguntó a Batista por qué no luchaba hasta el último hombre. Y el dictador lo miró serio y le contestó con el tono del que se siente definitivamente perdido: «¡Eso ya no es posible!».

Fuentes: —La Revolución Cubana: 45 grandes momentos, Julio García Luis, Ocean Press, 2005; Fidel: En el Año de la Liberación, Eugenio Suárez Pérez y Acela A. Caner Román, Tomo I, enero-marzo, Casa Editora Verde Olivo, La Habana, 2006; La CIA intentó frustrar la victoria, Mario Kuchilán Sol, Bohemia, La Habana, Año 63, No. 1, 1ro. de enero de 1971. Páginas de Bohemia, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana; Un día que duró una semana, JR, 2 de enero de 2007; Patica pa’ qué te quiero, JR, 30 de diciembre de 2011; Una Revolución contra las torturas, 18 de mayo de 2012; Cuando Batista echó un pie, 30 de diciembre de 2014, artículos del autor.

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