La hija del general español

Una joven tunera le hizo llegar a Calixto García Íñiguez la información necesaria para que atacara y tomara Victoria de Las Tunas el 28 de agosto de 1897

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Por su excelente posición estratégica, esta ciudad fue siempre una plaza militar a la que España confirió especial atención durante las guerras independentistas del siglo XIX. En consecuencia, la protegió hasta el mínimo detalle con fuertes, fortines, fosos, alambradas y centenares de soldados.

El mayor general Calixto García Íñiguez operaba por la zona con sus hombres en 1897. Su servicio de inteligencia lo mantenía al tanto de todo lo concerniente al enemigo. Al amanecer del 28 de agosto, el osado insurrecto resolvió dar un golpe. Sus tropas atacaron la ciudad con ayuda de la joven María Machado, una de sus agentes secretas, hija del general español Emilio March.

A riesgo de su propia vida, María se las arregló para hacerle llegar al alto oficial mambí, acampado en la manigua, los planos diseñados por el joven capitán del Ejército Libertador Mariano Lerma Varona. Allí figuraba toda la información necesaria para dirigir una riesgosa operación que se extendió por tres días y dio lugar a encarnizados enfrentamientos.

Una historia de amor

El 11 de diciembre de 1949, la revista Carteles le realizó una extensa entrevista a Modesta Hecheverría, hija de María Machado con un soldado del Ejército Libertador, titulada La hija de un general español trazó el plano para la toma de Victoria de Las Tunas. Sus declaraciones arrojaron luz sobre las circunstancias en que los progenitores de la heroína tunera se conocieron y enamoraron, a pesar de formar parte de bandos contrarios.

Dijo aquella vez la entrevistada:

«Mi abuelo, el general Emilio March, llegó como simple oficial a Puerto Padre durante el curso de la Guerra de los Diez Años. Allí conoció a mi abuela Caridad, hija de una ardorosa familia de patriotas. Sus padres se opusieron tenazmente a la relación entre la muchacha y el español. Pero ambos, flechados por el amor, decidieron pasar por encima de la voluntad paterna.

«De aquel amor contrariado nació María, mi madre. Ella no fue motivo bastante para que los padres de mi abuela cejaran en su oposición al matrimonio, pese a que el entonces capitán March quiso realizarlo y trató de convencer al obstinado padre.

«Terminada la guerra con la paz del Zanjón, y no obstante sus esfuerzos por legalizar la situación con quien era ya la madre de su hija, el capitán March volvió solo a España. Pero no olvidó a quienes formaban parte de sus afectos. Sin embargo, ellos se habían mudado a Manzanillo para intentar alejarlo.

«Dos años después, March regresó a Cuba con el objetivo de reconocer la paternidad de la hija cubana, y, si era posible, llevársela consigo, pues para entonces había muerto la joven madre, quizá bajo el dolor de aquel amor desgraciado.

«También el empecinado padre había dejado de existir. Mi madre quedó entonces al cuidado de una tía llamada Irene, que, fiel continuadora de la patriótica tozudez de su hermano, se negó a que el ya comandante Emilio March reconociera a su hija y aun la escondió para que no pudiera verla. De nuevo el infortunado padre debió regresar a su patria, solo y defraudado».

Modesta le relató a Carteles que, al comenzar la guerra de 1895, Emilio March retornó a Cuba, según ella, «tal vez imantado por el recuerdo de su hija cubana a la que casi no conocía». En un momento de la entrevista le mostró al periodista varios documentos escritos por el general, entre ellos una carta dirigida a María, en la que le pregunta si está recibiendo los 40 pesos que le envía todos los meses.

Calixto García operaba con sus hombres en predios tuneros en 1897.

A la sazón ya ostentaba el grado de general, y se le asignó el mando de la Tercera División, con sede cuartelaria en la ciudad de Holguín, con jurisdicción sobre Victoria de Las Tunas. «Mi madre, su hija, ya estaba casada con Orfilio Hecheverría, con quien tenía descendencia. El general Emilio March investigó hasta dar con su paradero. Al poco tiempo contactó con ella y le insistió en su propósito de reconocerla, deseo al cual ella se mostró siempre remisa, influida por su tía, que continuaba ejerciendo, irrevocablemente, su férrea autoridad».

No obstante la negativa de la muchacha a ser reconocida como hija del alto oficial ibérico —incluso siempre firmó con el apellido Machado, el de su madre— no dejaron de confraternizar. El general, como prueba de cariño, la dotó de un salvoconducto especial para que transitara libremente por las zonas en conflicto. Al unísono, ella disponía de un permiso firmado por el mayor general Calixto García, que la autorizaba a circular a su albedrío por la región dominada por los insurrectos.

María aprovechó tamañas facilidades para recopilar la mayor cantidad de información acerca del enemigo —número de soldados de la guarnición, cantidad de cañones, emplazamiento de las fortificaciones y otros pormenores igualmente valiosos— y entregarla luego en territorio libre de Cuba. Así se lo había pedido García, conocedor de su compromiso con la causa.

La toma de Las Tunas

En aquella brillante acción del 28 de agosto de 1897, las tropas de Calixto García estrenaron un cañón de dinamita. Uno de sus artilleros fue José Francisco Martí Zayas-Bazán, hijo del Apóstol, a quien las explosiones afectaron su sistema auditivo. Por su valor se ganó un ascenso. Hubo una baja sensible: el coronel Ángel de la Guardia, quien acompañaba a nuestro Héroe Nacional en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895.

El 30 de agosto por la mañana se rindieron a los mambises los ocupantes del cuartel de infantería. Los españoles tuvieron casi 200 muertos y se les ocuparon 1 200 fusiles, dos cañones, un millón de proyectiles, medio millar de machetes, otras tantas granadas así como ropa, víveres y medicinas; los cubanos, por su parte, registraron 25 caídos en combate.

La toma de Las Tunas resultó una de las operaciones artilleras más importantes de la guerra de 1895 y marcó el declive estratégico de la dominación española en Cuba.

El doctor Rolando Rodríguez, investigador del tema, ha dicho que en aquella acción «los españoles se batieron bravamente y solo cuando les fue imposible continuar la lucha, sin haber obtenido apoyo ninguno del exterior, pactaron la rendición. Calixto García les garantizó la vida a todos y los trató con los honores que los cubanos dispensaban a los vencidos».

Esta acción tuvo gran impacto en la opinión pública internacional, al punto de que las autoridades coloniales perdieron la confianza en su hombre fuerte de entonces, el tristemente célebre Valeriano Weyler, y lo sustituyeron por el general Ramón Blanco.

Un final sin colofón

El general Emilio March regresó a su país al concluir la dominación colonial en Cuba, luego del Tratado de París entre España y Estados Unidos. Dicen que se marchó decepcionado por lo que llamó «la traición de su hija» y que los cubanos valoraron como «fidelidad a sus ideales». No tengo información sobre cuál fue su destino. Se sabe que matrimonió con una dama holguinera muy patriota, y que tuvo con ella descendencia. Pero hasta ahí.

De María Machado la historiografía cubana tampoco recoge elementos complementarios. Solamente que tuvo cinco hijos: Orfilio, Caridad, Ángel, Sergio y Modesta. Supongo que sobrevivió a la instauración oficial de la República, ocurrida el 20 de mayo de 1902, y que recibió alguna pensión monetaria como colaboradora activa del Ejército Libertador y partícipe de la toma de Victoria de Las Tunas.

Pocos días después de aquella acción, el comandante Eduardo Vidal Fontaine (Lalo), quien tomó parte en ella y fue luego el primer alcalde de Victoria de Las Tunas, escribió una poesía referida a la batalla. Algunos versos de la pieza están dedicados a la valiente joven: «Menocal planeó el combate / con el croquis que mandara / una dama distinguida / de la sociedad cubana / muy blanca, de ojos azules, / María Machado llamada, / que tiene para la historia / esta nota reservada».

Fotocopia de la revista Carteles de diciembre de 1949.

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