Estoy orgulloso aunque no haya tirado un tiro

Fidel se molestó y me dijo: «¡Vire y coja el terraplén de Yaguaramas para encontrarse con una dotación de tanques!». Esas palabras retumban en los oídos de Pepe Pérez, un combatiente de Playa Girón que en la crucial batalla estuvo escasos minutos al lado del líder histórico de la Revolución

Autor:

Marianela Martín González

Las anécdotas que leerán nos refuerzan que la historia de la Revolución Cubana la han protagonizado personas como nosotros mismos: imperfectas. Con temores y dudas.

Mi interlocutor, José Pérez Hernández, en pocas horas me demostró esa verdad, mientras esperábamos en una sala de hospital a donde acudía para aliviar sus achaques de octogenario.

«Pepe» Pérez, como se le conoce —sobre todo en su natal Sancti Spíritus—, me habló de tantas cosas que olvidé por un momento los problemas de salud que me condujeron a aquel lugar. Y creo que él también se olvidó de los suyos.

Foto: Roberto Ruiz

Del Escambray a Girón

Cuando los mercenarios bombardeaban, el 15 de abril de 1961, los aeropuertos de San Antonio de los Baños, la pista de Ciudad Libertad y el actual aeropuerto internacional Antonio Maceo —preludio de la invasión—, hacía aproximadamente una semana que Pepe había regresado de la «limpia» del Escambray. No obstante, el día 16 asistió al acto, en 23 y 12, en la capital con motivo del sepelio de los caídos, en el que Fidel proclamó el carácter socialista de la Revolución.

En la madrugada del 17 de abril, su hermano, el comandante Faustino Pérez, convocó a algunos combatientes que habían participado en la «limpia» del Escambray, entre ellos al primer teniente Fernando Taboada, Ángel García y a Pepe, que en aquel momento no llegaba a los 30 años de edad, para decirles que había problemas en Las Villas; y que se iría de inmediato con Ángel y Taboada para amanecer en el Estado Mayor del Ejército Central en Santa Clara, donde fungía como jefe de Sanidad Militar.

«Orientó que Roberto Paz y yo saliéramos por la mañana y lo esperáramos en el entronque de La Esperanza, para seguir rumbo a Cienfuegos, donde contactamos con las autoridades de Sanidad del municipio que esperaban por Faustino. Luego de ese encuentro tomamos la carretera de Aguada de Pasajeros hasta llegar al entronque del pueblecito Real Campiña.

«Ya en ese lugar se observaban incendios en los caseríos y en las márgenes de las carreteras. Nos bajamos del yipi y fuimos corriendo adonde estaba Faustino, quien iba delante de nosotros con sus dos compañeros y había detenido su auto. Le pregunté qué haríamos y nos dijo que debíamos continuar hasta el central Covadonga».

Pepe recuerda que al llegar al central Covadonga Faustino se reunió de inmediato con el comandante Filiberto Olivera. Él y sus compañeros aguardaron debajo de árboles del batey del central y escucharon los comentarios de la gente, alarmada por los paracaidistas mercenarios que ya se encontraban a escasos kilómetros de donde ellos estaban.

«Al rato salió Faustino y me dijo que llevara en el yipi a dos compañeros y que fuera donde ellos decidieran. Cuando apenas avanzamos un poco observé un camión nuestro ligero de cuatro ruedas parado a la izquierda del terraplén. Transportaba una “cuatrobocas”, lo que me infundió tranquilidad, pero al acercarnos, se escuchó una potente explosión que prácticamente lo destruyó.

«Posteriormente supe que la misión de aquellos dos combatientes a los que yo les manejaba era buscar un lugar para ubicar una batería antiaérea de las que dirigía Pedro Miret, y que al camión le dispararon un bazucazo que provocó la muerte de los tripulantes.

«En la mañana del día 18 de abril fui con Faustino al Estado Mayor General de Operaciones, radicado en el central Australia.

«El 19 de abril volvimos temprano al Australia con Faustino y desde allí salimos en dirección a Playa Larga. Observamos a jóvenes milicianos manipulando unas “cuatrobocas”. Adelantamos hasta cerca de Pálpite, aunque luego regresamos al Puesto de Mando del central Australia y un rato más tarde al del Covadonga.

«De ese último lugar seguimos rumbo a San Blas, donde se combatía muy duro para tomar las posiciones fortificadas creadas por los invasores.

Chofer de Fidel

«Dejamos atrás San Blas, y fue entonces cuando coincidimos con Fidel, quien organizó todos los medios disponibles para proseguir rumbo a Playa Girón: primero los cuatro tanques que allí se encontraban, en los que designó a un jefe para cada dotación. Detrás de los tanques organizó a la infantería.

Fidel estuvo junto a los tanquistas durante la invasión mercenaria. Foto: Archivo JR

«Minutos antes de la partida, Faustino, quien ya se encontraba en su tanque, envió a Ángel García para que me dijera que estuviera al tanto, pues Fidel necesitaba el yipi. Me coloqué al lado del vehículo para entregarle la llave a quien me indicara, y en ese momento llegó Fidel y preguntó: “¿Dónde está el chofer?”. Miré a mi alrededor y al no ver a nadie le dije: “Soy yo, Comandante”. “Pues arriba”, me contestó él muy resuelto, y partimos.

«Fidel se montó a mi lado y sus dos escoltas detrás. Me indicó que cogiera el terraplén hacia San Blas, que ya había sido tomado por nuestras fuerzas. Su intención era seguir a Yaguaramas para encontrarse con una dotación de tanques que avanzaba desde esa dirección.

«Al llegar al caserío tomé hacia la izquierda, que era por donde antes yo había entrado a San Blas, pues desconocía que había otro terraplén para acceder. Fidel se molestó y me dijo: “¡Vire y coja el terraplén de Yaguaramas para encontrarse con una dotación de tanques!”. Cumplí la orden bajo una andanada de improperios que estoicamente soporté porque provenían de él.

«Continuamos por el terraplén y el Comandante hizo detener a un camión que circulaba en sentido contrario. Le preguntó al chofer si había visto unos tanques, y ante la respuesta afirmativa del hombre, seguimos adelante y nos encontramos con la dotación que buscábamos.

«Fidel, al bajarse del yipi para abordar al primer tanque, se llevó mi subametralladora y me dejó desarmado. La dotación continuó a toda velocidad rumbo a Playa Girón, y yo la seguí en el yipi. En Girón se encontraban las fuerzas que habían avanzado desde Playa Larga, las cuales habían sido organizadas por Fidel.

«Bajo las orientaciones del Comandante todos los combatientes nos enfrascamos en la eliminación de los focos de resistencia enemiga, los cuales utilizaban como trincheras las casas desbaratadas por la metralla.

«Como yo estaba desarmado me apropié de un fusil Garant que perteneció a alguno de los invasores, el cual tuve hasta que un compañero que conocía lo de mi subametralladora me la hizo llegar cuando ya habían terminado las hostilidades.

«Cuando me encontraba revisando las casas donde se escondían los mercenarios, Faustino me mandó a buscar y me dijo que tenía que llevar a un compañero de la escolta de Fidel al central Covadonga. Partí de inmediato para el Puesto de Mando y cuando el compañero —que resultó ser Cidró Ramos— se encontraba estableciendo comunicación con La Habana llegó Fidel y prosiguió hablando por teléfono.

«En aquellas circunstancias tuve el privilegio de estar cerca de Fidel cuando informaba sobre la derrota causada al enemigo imperialista y la victoria de nuestra Revolución. Recuerdo que cuando terminó de hablar se comió una naranja que le dieron.

«Regresé a Playa Girón y me uní a Faustino y los demás compañeros. Al amanecer del 20 de abril se dio la orden de que todas las armas dispararan para el monte desde la costa. Yo no pude hacerlo, pues no sabía manipular el Garant. Luego del alto el fuego los mercenarios comenzaron a salir masivamente del monte, con los brazos alzados. Fidel le ordenó a Faustino la recogida de la armas abandonadas por los invasores.

«Sobre las 11 de la mañana del mismo día 20, Faustino tuvo necesidad de ir al puesto de Mando de Covadonga y yo lo seguí con Roberto Paz. A unos 200 metros aproximadamente antes de llegar a San Blas había un intenso tiroteo proveniente del monte hacia el terraplén. Los nuestros respondían a unos mercenarios que al parecer no se habían enterado de la derrota.

«Nos bajamos y nos incorporamos al combate. Yo seguía sin entender cómo funcionaba el Garant. Roberto Paz, quien se encontraba a mi lado disparando, me dijo: “Mira Pepe lo que hace Faustino. Vamos para allá”. Resulta que estaba combatiendo cerca de un miliciano al que alcanzó la metralla y lo estaba socorriendo.

«Tras varios intentos por reanimarlo se da cuenta de que ya el cuerpo del héroe estaba sin vida. Cuando la situación se calmó permanecimos un rato en el lugar y posteriormente nos dirigimos hacia Covadonga. Más tarde regresamos a Girón y Faustino continuó cumpliendo con la misión que Fidel le asignó.

«Fue una gesta dura y dolorosa. Siento un sano orgullo de haber participado en la primera derrota propinada al imperialismo en América. No pude disparar un solo tiro, pero ese orgullo de haber estado allí vive siempre dentro de mí».

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