La carcajada isleña de los cubanos

El canario es un personaje recurrente en la imaginería cubana. JR se acerca a esta figura desde su impronta en la cuentística nacional

Autor:

Yahily Hernández Porto

Chistes de isleños es un placentero volumen que atesora una auténtica faceta de la identidad cubana: la cuentística picaresca, que casi siempre queda en el ámbito popular y, salvo contadas excepciones, no se recoge en textos.

Chistes…, escrito por el canario-cubano Ramiro Manuel García Medina, vio la luz en 2006 por la Editorial Oriente y aglutina historias, con visos humorísticos, sobre inmigrantes canarios.

García Medina regala en 150 páginas no solo un modo peculiar de contar pasajes de la Cuba que dio albergue a esa población extranjera, sino que revela un minucioso estudio histórico.

El texto apela al muy cubano recurso del equívoco y a la picardía innata del criollo. JR se adentra en estas páginas y comparte algunas versiones de sus «historietas verbales», las que han atrapado a no pocos lectores de la geografía nacional.

La fotografía

Ilustración: Adán Iglesias

Cuando el isleño Francisco Pérez (Paco) llegó a Cuba y conoció las cámaras fotográficas que sobre un trípode hacían fotos al minuto, no dudó en tomarse una instantánea.

Fue tanta su sorpresa que, justamente, en el poblado El Suspiro, del municipio de San Luis, en Santiago de Cuba, se consumó el flashazo. Paco, sin aceptar las ofertas del experto que podía transformarlo —a las usanzas de entonces— en un vaquero o remero, decidió hacerse la foto junto a su yunta de bueyes. Quedó «retratado sonriente con el brazo izquierdo apoyado en la cabeza de uno de los animales que, a ambos lados de él, quedaron fijados en la imagen».

Muy feliz y sin casi saber escribir, el paisano Paco pidió ayuda para enviar un sobre con destino a su isla natal, La Gomera, en el cual no solo incluyó su fotografía, sino también una sencilla dedicatoria: «Madre: El del medio soy yo. Paco».

La vaca cebú

Ilustración: Adán Iglesias

Durante la época de Vacas Flacas, en el Gobierno de Menocal, en un modesto bohío del campo cubano un isleño era atendido por el cabeza de familia del humilde lugar. El visitante pedía trabajo al guajiro hospitalario, pero este solo le ofreció ordeñar a una de sus vacas cebú, a cambio de saciar su sed y hambre.

El campesino le entregó al necesitado un cubo y un pequeño banco para que ordeñara la vaca, al tiempo que le advirtió que tuviera cuidado con el animal arisco.

Transcurrido el tiempo, el guajiro preocupado sintió que algo andaba mal, pues el isleño no regresaba. Al rato, lo vio venir con la vasija rebosante de leche y muy sudado, sucio y enfangado.

Asombrado lo interrogó: «¿Qué pasó, isleño?». Este solo respondió: «Oiga, guajiro, ordeñarla me fue fácil. ¡Trabajo fue el que me costó sentar a la puñetera vaca en el banquito para ordeñarla!».

La yegua de Jacinto

Ilustración: Adán Iglesias

Un isleño solterón radicado en Consolación del Sur recibió a un animador andante, allá por la década del 20. El visitante confesó a Jacinto: «Oiga, isleño, yo puedo demostrarle cómo sus animales pueden hablar, por algunas viandas para comer o un poco de dinero».

Ante la curiosa proposición, Jacinto ofreció a sus animales para validar aquella afirmación. El artista le dijo a la gallina: «Buenos días, señora gallina, ¿cómo la trata el dueño de la estancia?». El invitado, cambiando la voz, hizo que la gallina «contestara»: «Buenos días, señor. No muy mal».

Jacinto, asombrado, comentó: «¡Increíble!». El hábil imitador muy seguro, pues sin dudas había encontrado un excelente cliente despistado, se esmeró en su arte, que repitió con otros animales hasta que le llegó el turno a la hermosa yegua. Pero el isleño muy apurado interfirió: «No, hombre. A ver si le da por contar cosas íntimas y la muy puñetera… ¡con lo mentirosa que es…!».

El enamorado

Ilustración: Adán Iglesias

Lo que es enamorarse le ocurrió a Ezequiel, un isleño de Puntagorda, en La Palma, radicado en la zona de Zaza del Medio. Ante su total desconocimiento amoroso y el deseo de desposar a una guapa campesina, consultó a un amigo cubano, quien le afirmó que era fácil.

El amigo orientó a Ezequiel. «Al llegar a la casa de la muchacha, mostrando educación, tú dices: «buenos días si es de día, buenas tardes si es de tarde y buenas noches si es de noche, pero debes tener presente —insistió— que aquí se suele llevar un regalo a la joven y otro al padre».

Siguiendo el consejo, Ezequiel se vistió con su mejor atuendo y escogió como regalos caramelos para la muchacha y tabacos para el padre, los cuales cubrió de una forma muy insólita. El paquete de caramelos lo puso bajo la guayabera, sujeto a su cinto en la parte delantera, y el de tabacos, en la parte trasera, a la altura de sus glúteos.

Mientras el apasionado era recibido por la familia dijo: «Buenos días si es de día, buenas tardes si es de tarde y buenas noches si es de noche. ¡Ah, y antes que se me olvide, lo de alante es para la muchacha y lo de atrás para su padre!».

Catarro

Ilustración: Adán Iglesias

En Cuba los canarios tuvieron que adaptarse al clima caliente y a las enfermedades tropicales. Una gripe larga y tediosa se incubó con fuerza en Lourdes, hermosa joven veinteañera, hija de Inocencio, isleño oriundo de Frontera, en el occidente de la isla de Hierro.

Al ver que la salud de su hija se deterioraba, la familia decidió llevarla a la consulta del doctor don Ambrosio, ubicada entonces en el batey del central Punta Alegre, en Morón, hoy provincia de Ciego de Ávila.

El galeno, atento, escuchó a los padres, auscultó a la muchacha y le indicó: «Esputa», para continuar con el examen clínico. Sorprendido y muy serio el padre respondió: «Bueno, doctor, desvergonzada mi hija no es».

Aquel noble isleño

LA nación cubana le debe a los isleños, ellos son parte del gran ajiaco que es la Isla. Quizá no haya homenaje más hermoso a ellos, que este de José Martí:
«Allá, hace años, no había en el presidio de la Habana penado más rebelde, ni más criollo, que un bravo canario, Ignacio Montesinos. Toda la ira del país le chispeaba en aquellos ojos verdes. Echaba a rodar las piedras, como si echase a rodar la dominación española. Se asomaba, al borde de la cantera, a verla caer. Servía mucho, hablaba poco, dio opio a los guardias, y huyó libre. ¡Y ahora, veinte años después, aquel noble isleño, coronado de canas, escribe, desde un monte de Santo Domingo, que es como el de antes su corazón; que no se ha cansado de amar al país; que el padecimiento y la ruina, que le cayeron por él, se lo hacen amar más, que allá está, suspirando, por prestar a Cuba algún servicio. ¿Quién, mejor que este isleño, podrá llamarse cubano?...
… «Pero no hay valla al valor del isleño ni a su fidelidad, ni a su constancia, cuando siente en su misma persona, o en la de los que ama, maltratada la justicia o que ama sordamente, o cuando le llena de cólera noble la quietud de sus paisanos. ¿Quién que peleó en Cuba, dondequiera que pelease, no recuerda a un héroe isleño? ¿Quién, de paso por las islas, no ha oído con tristeza la confesión de aquella juventud melancólica? Oprimidos como nosotros, los isleños nos aman. Nosotros, agradecidos,
los amamos…» Los isleños en Cuba. Patria, 27 de agosto de 1892.

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