El costo de apagar velitas

Celebrar un cumpleaños infantil hoy en Cuba constituye un desafío económico difícil de enfrentar para no pocas familias. Su finalidad debería ser siempre hacer feliz a los hijos y no «tirar la casa por la ventana»

Autor:

Juan Morales Agüero

LAS TUNAS.— Mi amigo Esteban anda en busca de una caja de cartón de mediano tamaño. «¿Tendrás alguna por tu casa?», me pregunta, esperanzado. Le respondo que quizá sí y lo invito a ir conmigo a revisar. Le muestro una donde almaceno periódicos viejos. «¿Esta te sirve?», digo. «¡Perfecta!», exclama. Y entonces me explica.

«Mira, con esta caja haré la piñata por los siete añitos de mi hijo Jean. Quedará bonita cuando la forre con las portadas en colores que tengo guardadas y le pegue encima figuritas de papel brillante. Ya tengo unos cablecitos para que los niños los halen cuando llegue el momento. Lo de adentro está aún por conseguir. Todo será muy modesto. Mi economía no me permite más».

A imagen y semejanza de mi amigo Esteban, no pocos cubanos de hoy hacen malabares con sus billeteras y proyectan fantasías con sus neuronas para que los onomásticos de sus hijos menores no pasen de largo, sin penas ni glorias, por entre las implacables hojas de los almanaques. Todo sacrificio en ese sentido se justifica si pretende propiciarles un rato de felicidad a esas criaturas adorables, ansiosas por divertirse junto a sus amiguitos.

«Celebrar un cumpleaños infantil en estos tiempos es como para volverse loca, asegura Yuliet Ávila, una madre sola que acaba de festejar el primer añito de su pequeño Rubén. Yo pude hacerlo gracias a la ayuda económica de mi mamá, recién llegada de una misión en Angola. Ella, además, estuvo a mi lado en toda la parte organizativa. Porque los cumpleaños modernos estresan. No se parecen en nada a los de mi época. Como eso de los regalos…».

En efecto, de un tiempo acá, se ha impuesto una práctica a todas luces desconcertante: ya no es el homenajeado el que recibe presentes por su aniversario, ¡ahora es él quien debe obsequiar a sus invitados «algo» material! Y, por supuesto, son las exhaustas finanzas familiares las que asumen tan insólito gasto, en el caso hipotético de que todas estén en condiciones reales de hacerlo.

Con lo que pueda Liborio

«Un cumpleaños sin ostentación  —“a lo pobre”, como decían mis viejos— puede costarle al bolsillo no menos de 3 000 pesos en moneda nacional, y eso para quien vive del salario es una pequeña fortuna, afirma Rigo, cuyo hija Betsy cumplió hace poco cinco primaveras. Solo la ropa y los zapatos comprados en las shoppings no bajan de los 50 CUC. Golosinas como bocaditos, refrescos, cake, helado y ensalada fría valen también un buen dinero…».

Otra erogación imprescindible —¡todo sea por complacer al niño o a la niña!— son los payasos. Cualquier aprendiz de clown, con sus zapatones estrafalarios y su narizota redonda, puede pedir entre 15 y 20 CUC por un par de horas de piruetas y monerías ante la grey infantil invitada. La actuación de estos ubicuos personajes genera per se otro desembolso: los premios para los ganadores de las rifas y de los juegos que ellos organizan.

Al socaire de este tipo de festejos ha cobrado vida aquí un variado mosaico de especialidades ejercido por cuenta propia. ¿Música infantil para amenizar la celebración? Hay personas que la garantizan, incluso, con el correspondiente equipo de sonido. ¿Decorado con letras vistosas y de colorines? En algunos puntos de la ciudad se ofertan. ¿Una instalación adecuada que sirva como anfitriona del festejo? Varias instituciones las contratan…

«En todos esos casos, hay que disponer de dinero contante y sonante, advierte Moisés, a quien el séptimo aniversario de su única hija lo dejó económicamente desplumado. Mire, ya nada es gratis como en tiempos atrás. Ejemplo: el alquiler del patio de una entidad estatal me costó poco más de 300 pesos. El contrato fue por cinco horas, dos para organizar y tres para celebrar».

Fotógrafos de cumpleaños siempre han existido. Pero los actuales no son como los de otrora, que deambulaban por las calles a la manera de los nómadas, con sus cámaras y sus flashes en bandolera, prestos a apretar el obturador si así se lo solicitaban. Ahora se contratan en sus estudios con semanas de antelación. Además de hacer las fotos, la mayoría oferta vestuarios de distintos tipos para que el niño, la niña o la familia elijan a su gusto.

Hoy cualquier compatriota puede conseguir prestada una camarita digital o un teléfono celular y, si lo desea, hacerle cien fotos a su pequeñín para mostrarlas luego a los amigos desde las pequeñas pantallas. Pero si de imprimir en cartulina se trata, hablamos de algo diferente. Una imagen impresa pequeña puede costar alrededor de 3 CUC. Pero una ampliación de mediano tamaño está entre los 45 y los 50 CUC, es decir, más de mil pesos en moneda nacional. De manera que todo depende de las posibilidades de cada quien.

Divertirse, de eso se trata

«Pienso que no es imprescindible celebrar el primer añito de los niños, pues, a esa edad, ellos ni se dan cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Hacerles fotos está bien. Pero realizar desembolsos mayores no me parece sensato. He visto algunos chicos alterados e incómodos por los constantes cambios de ropa y la exigencia familiar de que no se ensucien. Ya con tres o cuatro años es diferente. Pueden jugar, correr, saltar, divertirse…», afirma Yelenis Fernández, ya con experiencia en este tipo de compromisos.

Cuando los recursos para celebrar escasean, algunas familias han optado por una modalidad que suele contar con el beneplácito infantil: hacerla en las escuelas donde cursan estudios. Los he visto divertirse de lo lindo junto a sus compañeros de aula e, incluso, a sus maestros, con los rostros embadurnados de merengue y las sonrisas más felices que se pueda uno imaginar. En definitiva, ¿no es con ellos con quienes se debe quedar bien?

«La piñata no puede faltar en un cumpleaños —admite Sandra Leyva, también con experiencia en estas festividades. Si la compras en la calle, puede valer entre 400 y 500 pesos, es decir, alrededor de 20 CUC. Pero no basta con tenerla disponible. ¡Hay que llenarla! Y eso implica dinero. En los “catres” de los particulares se consiguen juguetes plásticos, muñequitos, silbatos, cornetas, pistolitas, matracas… Claro, también deben comprarse caramelos, lápices, gomas, libretas, cuadernos para colorear, chicles, globos, chupa-chupas… O apelar a la opción comercial Todo por un dólar en alguna tienda de divisas. Cuando sacas cuentas, hay que invertir ahí una buena cantidad».

Y en mi mente comenzó a rodar a velocidad de cinematógrafo la cinta imaginaria del último cumpleaños al que llevé a mis hijas. Eran casi 30 niños y niñas debajo de la piñata. Cuando el payaso gritó «¡halen ya!» y se precipitó sobre sus traviesas cabecitas aquella lluvia de juguetes y de golosinas, se formó allí el acabóse: empellones, llaves, gritos, gemidos, risas, sollozos… Nada divierte más a la gente menuda que la piñata cumpleañera.

«Pero eso no lo entienden del todo algunos padres, que insisten en celebrar a su manera el aniversario de sus hijos. Yo tuve que recurrir a mi autoridad para que mi nieta celebrara el suyo como ella quería. Su papá y su mamá insistían en hacerle una fiesta con reguetón, puerco asado y mucha cerveza para adultos.  Y la niña lo que deseaba era pasarse un fin de semana en un campismo», acota Miguel, un antiguo compañero de estudios.

Fastuosidad vs naturalidad

Pero no todos los cumpleaños infantiles devienen contextos de esparcimiento para los homenajeados y sus amiguitos. Algunos son tomados por los familiares como meras vitrinas para exhibir cuán solventes son en el orden económico. Mostrar opulencia a ultranza e intentar deslumbrar a los invitados con ofertas distanciadas de sus bolsillos no parece ser la mejor fórmula para garantizar el éxito de un festejo. Y máxime si con eso se atropellan  valores consustanciales a la edad y hasta los cánones del buen gusto.

Sí, celebrar un cumpleaños infantil en Cuba requiere halar por la billetera no siempre bien surtida. Incluso, puede provocar que la familia deba ajustarse el cinturón de la economía doméstica en los meses siguientes al agasajo. Es el costo inexorable del sacrificio, y aplaudo a los padres que lo tienen en cuenta.

Sin embargo, y a riesgo de que alguien me tilde de retórico, tengo la certeza de que lo más importante para cualquier niño es el afecto que sus progenitores sean capaces de prodigarle no solamente el día de su cumpleaños, sino todos los días de su existencia. Y también los códigos éticos en que se les forme.

«Mi hijo Jean ha asistido a cumpleaños verdaderamente de lujo, pero jamás me ha insinuado que le celebre uno ni siquiera parecido. A pesar de su corta edad, él conoce mis limitaciones. En esos preceptos lo he educado», acota Esteban.

Y con la misma me da las gracias por haberlo ayudado, acomoda en la parrilla trasera de su bicicleta la caja de cartón que el sábado próximo será humilde piñata y toma rumbo a su casa para que Jean sepa que su séptimo cumpleaños no pasará inadvertido.

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