Un doctor aventurero de altura

Desde la comunidad mayaricera de Las Cuevas, en el Plan Turquino, envía sus correos electrónicos un joven que ausculta y cura con el alma más intranquila y pura que existe: la de un martiano

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Hace unos años que no sabía de él. Hasta que una mañana me llegó un correo electrónico con una fotografía suya, vestido de médico, encima de una mula. De fondo, las montañas. Por ambientación, una sonrisa. Era mi compañero de aventuras martianas Ramón González Martínez. El mismo que había hecho de todo lo bueno que se puede hacer en Holguín y ahora andaba ya graduado de Medicina por los parajes del Plan Turquino.

«Me siento bendecido como médico y sobre todo en el sitio donde me ha tocado hacer el servicio social; no todo el mundo está dispuesto a coger loma arriba y pasar trabajo... Pero es un trabajo que te llena el alma, yo lo puedo asegurar», decía para ponerme al tanto de todo.

Después se disculpaba por la ausente cobertura de su móvil, porque solo iba a poder escribirme cada 12 días, en sus tres jornadas de descanso en casa. Me contaba también que entre las lomas de la comunidad mayaricera de Las Cuevas (entre 366 habitantes) seguía con el mismo activismo por el Apóstol con el que lo conocí en Plaza Martiana, de la Sociedad Cultural José Martí.

Que tenía a cargo como tres proyectos, aunque no sabía si podía llamarlos así. «Ni siquiera sé si son verdaderos proyectos... Solo sé que están dando resultados y mi población es un sitio nuevo», aseguraba con gracia noble.

Más Juventud estaba dirigido a sumar a los jóvenes a formas recreativas más sanas y con un consumo cultural adecuado. De un pájaro las dos alas, consistía en conocer el ideario martiano y fidelista a través de palomas de papel. «A cada paciente que llega a mi consulta le regalo una paloma de origami y en un ala lleva un pensamiento de Martí y en la otra una frase de Fidel», detalló.

Al tercer proyecto, Hacia todas partes voy, lo definió como más integral. «Consiste en hacer lo que haga falta donde haga falta. Es una invitación a todos los pobladores. Si necesitamos reparar el comedor de la cooperativa, todos somos constructores; si la tarea es la recogida del café, todos somos cooperativistas; si la tarea es una gala, todos somos artistas… Yo mismo ahora estoy dando clases de inglés en la escuelita rural, pues hace años que no tienen maestro de esa asignatura», añadía en sus líneas electrónicas.

Volví a sobrecogerme con su pasión. Pensé en los jóvenes que por el llano andamos y en su manía de hacer sin descanso desde las montañas. Si quieres alcanzar el cielo, dispara a Dios, recordé a Honoré de Balzac, no sé por qué. Y seguí y sigo recibiendo correos de este joven recién graduado de la filial Lidia Doce Sánchez, en la Universidad de Ciencias Médicas de Holguín.

Cada vez se despide de un modo invariable: «Siempre contigo, Ramón» escribe. Y yo me digo que quien siempre está con él soy yo. «Siempre contigo», le respondo, aunque parezca poco original la repetición. Porque me sobrecoge el sentir de cubana y joven conocer todo lo que hace Ramón por darse. Por eso no quisiera dejar de compartir con los lectores de Juventud Rebelde algunas de sus historias de loma arriba y alma adentro. Presiento que pueden calar hondo. Todo por que no se nos apague esa manía de amar.

Medicina en las montañas

«Cuando se está en el gran valle mayaricero y se dispone uno a observar la línea de montañas que lo rodea, no imaginamos que más allá de donde alcanzan a ver nuestros ojos existen también grandes asentamientos poblacionales. Arroyo Seco constituye el epicentro de otras comunidades a donde se puede llegar a través de un puentecito o surcando las aguas del río en una chalupa, para luego abrirse paso al monte e iluminarnos con mechones y paneles solares.

«Las Cuevas es otro sitio, al que quizá se le pueda considerar el balcón de lo más intrincado del Plan Turquino, dando la bienvenida a grandes cafetales, plantaciones de cooperativas, vaquerías y zonas protegidas.

«Tal vez lo que más impacte sea la bondad de su gente, su nobleza y su sencillez. Donde todos son una gran familia, donde nada es de nadie y cada cosa es de todos. Donde se aviva el sentimiento y el amor a Fidel y a la Patria, pues mucho empeño se le pone a este rincón para llevar salas de video, electricidad, agua potable, casas de cultura, escuelas y médicos para garantizar la salud pública cubana.

«Bien saben las familias de los niños Brian y Daineris que en Cuba no existe un solo pedazo de tierra que no haya sido alcanzado por las batas blancas, y que no se escatiman los recursos para tratar las enfermedades que padecen sus hijos: el Síndrome de West y una Parálisis Cerebral Infantil. Ellos dos no pueden jugar como otros niños ni pronunciar palabras, pero comprenden el significado del cariño cuando se dibuja en sus rostros una amplia sonrisa al ver al doctor en el borde de sus camas.

«Unas veces a pie entre charcos y bejucos; otras, en el caballo que aún no sé dominar, recorro los caseríos a mi cargo. Porque Dios puso en las montañas intrincadas casi todo lo que un hombre necesita para vivir bien… y lo que Dios no puso... lo está poniendo la Revolución».

Guantanamito

«Si quieren encontrar personas agradecidas, gente auténtica, amistosa y alegre; si quieren conocer a los que abren su puerta de par en par y dan lo que tienen y no lo que les sobra, deberían pensar visitar Guantanamito.

«Su localización no la encontrarán en ningún mapa, pues allí no hay hoteles ni grandes mercados. No existen cafeterías ni tiendas de ropas ni peluquerías ni centros nocturnos ni tampoco el dinero para asistir… solo gente buena laborando día tras día en extensos cafetales. Allí está situado Guantanamito, en el corazón de las montañas.

«Confieso que al principio me aterró la idea de pasar mi servicio social tan lejos. Mentiría si dijera que asumí la tarea en septiembre con satisfacción. Pero mis profesores me educaron una vez más y me convencí de que para esto me formé, que debo ser médico donde se me necesite.

«Luego escuché los rumores de que todos los doctores que suben al Plan Turquino quieren quedarse allí a trabajar por siempre. ¿En que estarán pensando?, me decía antes de conocer a esta gente, a mi gente. A seis meses de estar conviviendo con ellos, me doy cuenta de que no existirá ninguna experiencia comparable con el hecho de cumplir una misión nacionalista, solo con el placer de ver a tus pacientes admirados con la grandeza de la Revolución.

Para Ramón no hay tiempo libre; con los pioneros del poblado comparte sus conocimientos. Foto: Cortesía del entrevistado

«Allá entre los bejucos y coronado de palmas me podrán encontrar riendo con los míos, llevando salud, compartiendo mis historias y quedando maravillado con lo poco que necesitan. Allá muy lejos también vi llorar a una señora cuando le mostré su imagen en mi celular. Porque me confesó que nunca nadie le había hecho una foto».

Generaciones campesinas

«Estela y Lisandra son de dos generaciones distintas. La primera es una señora vívida de 83 años de edad, y la segunda tiene apenas un año. Resulta que uno de estos días, mientras trabajaba en mi consultorio, ellas dos fueron mi primera y mi última paciente del día.

«Estela llegó temprano esa mañana. Cuando bajé las escaleras y di los buenos días, ya estaba esperándome. Llegaba puntual a una consulta que yo le había programado pues está dispensarizada por ser hipertensa y diabética.

«Enseguida creamos un diálogo ameno y, mientras le realizaba el examen físico, ya me estaba contando la historia de su vida. No sé bien porqué, pero de buenas a primera me dijo: “¡Ay, médico!, mi familia tenía una finca cuando yo era niña, y recuerdo que con el dinero que mi papá hacía, me compraba muchos dulces que más nunca he vuelto a ver desde que triunfó la Revolución. Médico, ¿usted alguna vez ha comido pasitas, manzanas o peras? Todo eso está carísimo desde que triunfó la Revolución. Déjeme que le cuente que también había... y eso era riquísimo, mijito, y desde que triunfó la Revolución se ha desaparecido”.

«En ese momento, ya yo estaba sentado en mi buró y la interrumpí: “Estela, ¿trajiste 25 pesos y 50 centavos?”, pregunté. “No, médico, no tengo ese dinero, pero, ¿para qué?”, dijo ella. “Pues verás, Estela, una consulta médica le cuesta al país esa cantidad de dinero.Y, si saco bien mis cuentas, yo en este mes te he atendido tres veces, por lo cual tienes una deuda de 76 pesos”, la provoqué. “¡Ay médico!, yo no tengo ese dinero… la salud es gratuita desde que triunfó la Revolución”, respondió apenada. “Me alegro de que eso también me lo diga, Estela”, concluí con ternura.

«Estuve un buen rato pensando en doña Estela y en la sonrisa que me dedicó cuando terminé mi consulta. Parecía muy complacida. Al final del día, Lisandra estaba frente a mí. Me admiró su pequeñez y pensé en lo mucho que vivirá esa linda niña de cabellos dorados, que por un momento me hizo juguetear con la imaginación a través del tiempo. ¿Qué maravillas tendrá Lisandra para contar cuando tenga 83 años en la consulta de un médico como yo?».

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