Punta Alegre: lo más triste

A 72 horas del huracán aún no encuentro el epicentro del dolor y la objetividad periodística no me alcanza para definir cuál rincón de Punta Alegre es más triste

Autor:

Katia Siberia

Hace una semana, cuando Irma todavía no había enfocado su ojo en Punta Alegre y la recurva que lo alejaría de la costa norte era una posibilidad sin latitud ni longitud definidas, a Yoandry Valderrama le ofrecían 12 000 dólares por su yate. Entonces no lo vendió: ahora lo tiene en sus manos, hecho pedazos.

Logra enseñarme el apellido tatuado en la madera porque quiere que crea que esa pila de tablas que lleva en la carreta eran su yate blanco. Pretende, incluso, que lo crea afortunado porque otros pescadores no han podido «recomponer» el suyo ni 600 metros tierra adentro, adonde las aguas y los vientos llevaron las embarcaciones que no lograron tragarse antes.

Quiere que entienda, además, por qué un pescador de Punta Alegre no encuentra precio para su barco.

Hay cientos, miles de habitantes que, como él, logran ver más allá de las ráfagas de Irma y no necesitan que una periodista, si supiera, venga a consolarlos. No les hace falta el ánimo que el foráneo difícilmente logra infligir sin lástima. Por eso le he creído todo lo que me ha dicho. Si él no se cree infeliz, ¿quién soy yo para desmentirlo?

Antes, en Los Perros, una comunidad por la que se enfilan los 31 kilómetros que te llevan desde Chambas a Punta Alegre, me había sucedido lo mismo: dos niños navegaban por una calle, con una recámara y dos palos. Cuando Invasor les dijo, «remen hacia aquí para hacerles una foto», los chiquillos comenzaron a posar despampanantes y los vecinos les rieron la gracia. Nadie dijo de las aguas que invadieron, nadie habló de los sin techos... No. La felicidad flotaba con esos dos pequeños y nadie quiso hundirla. Tampoco yo lo haría.

No fue hasta después que conseguí dudar. Otros dos, ahora adolescentes, salvaban unos flamencos alicaídos, los llevaban para sus casas, «a secarlos, porque con las plumas mojadas no pueden volar». Alguien bromeó con que esa pechuga es riquísima y casi les imploré que los pusieran en libertad. No sé si los flamencos lo conseguirían de todos modos. Aunque no se los comieran parecían sentenciados a muerte.

Unos kilómetros más al Norte, ya en los callejones de Punta Alegre, me encuentro con gente que no pensaría demasiado en el destino de dos aves, ni en si la felicidad flota o los pescadores son tercos y esperanzadores. Comienzan a hablar con la incertidumbre más adherida que el salitre y presiento que les cuesta ver horizontes hasta en la costa que ahora está yerta, aparentando inocencia.

Así como están, culparían a las redes con que apresaron sus techos para que Irma no les «pescara» sus casas. Maldecirían cualquier cosa, incluso esa fatuidad innata de pescadores que «adorna» todavía sus viviendas.

A Damaris Morales Llanes, sin embargo, no pueden arrancársele palabras. Su casa es un amasijo mohoso en la esquina de la calle de Las Palmas, en el poblado de Máximo Gómez, lo más al norte de Punta Alegre que puede vivirse; un lugar que tenía un central y un callejón repleto de palmas que ahora tampoco están. Le hablo y ella me mira; le pregunto y ella me mira; le cambio la pregunta, le insinúo una respuesta y ella solo me mira; al final solo se encoge de hombros y me presenta a una de sus pequeñas hijas.

Pero después todos hablan en ráfagas, casi una veintena de palmas han caído sobre los techos, los han destrozado sin remedio, en tanto agradecen la vida. Dialogo con el que habla de «echar pa‘lante, porque la Revolución es grande», y con el que me asegura que «no vas a decir lo de las palmas, pues los periodistas solo hablan de la recuperación y de los miles de evacuados que tienen todo garantizado». Esto porque, al desconocer de la poca existencia de grúas en el territorio, y del impacto de Irma en la geografía avileña, no entendían el porqué llegaron las motosierras a cortar las palmas sobre sus casas y las grúas aún no habían llegado.

Casi al salir veo a Marcelino, un anciano encaramado en su techo a los 76 años, convencido de que él todavía puede remendarlo y de que no lograría nada con lamentarse. Me inspira y sospecho que lo hace con quienes ya comienzan a levantarse, a pesar de las violentas ráfagas de viento que azotaron por más de 38 horas; a pesar del mar que solo las faldas de las montañas lograron replegar.

Dura poco el aliento. Una vecina de Marcelino me pregunta si fui al borde de la costa, unas cuadras más a la derecha. Me asegura que aquello es lo peor, que debo ir, pero me voy sin saber si ya vi lo más triste o si todavía está por ver. Mañana sabré.

II

Todavía no lo sé. Aquella señora, vecina del viejo Marcelino, en la calle de Las Palmas (como le deben seguir llamando por costumbre) me había asegurado que lo peor estaba después, «pa‘allá atrás», y he ido, más por complacerla que por desmentirla o darle la razón: a 72 horas del huracán aún no encuentro el epicentro del dolor y la objetividad periodística no me alcanza para definir cuál rincón de Punta Alegre es más triste.

Voy entonces al «pa‘ allá atrás», a un barrio que se llama Chincha Coja, adonde las casas ya estaban débiles, pero eran casas ¿o debemos suponer que duele menos perder un techo de guano que uno de tejas, que uno de fibro, que uno de placa? Hoy, el valor de un techo en Punta Alegre se define solo en dos montos: se tiene o no se tiene. Ninguna casa vale más que otra; solo están las que ya no valen nada y las que lo valen todo. Por eso corrijo a Belkis Pino Aguilera cuando me enseña lo que era su hogar en Chincha Coja y dice, «estaba malita», como si «malita» justificara el desplome de su vida.

Su pérdida es comparable con quien también lo perdió todo, aunque tuviese más. No subestime su dolor, creo que le dije. Y entonces ella empezó a sentirse fuerte y me desplomó a mí.

«No, que va, nosotros vamos pa‘lante, yo soy auxiliar de limpieza en el Hospital, ahí llevo como 15 años y he luchado todo el tiempo. Tengo dos hijos, uno con problemas, que tiene un catéter puesto, está operado del corazón, y este otro, más chiquitico. Mi esposo pastorea carneros en la cooperativa y tiene, además, otro trabajito. Ya veremos cómo salimos alante. Estamos vivos, que es lo más importante. Bueno... eso, y que no perdimos el frío ¿te imaginas si yo tengo que empezar a pagar otro frío? Yo, que no he terminado de pagarle este al banco todavía».

El callejón que insiste en pasar por lo que era el frente de su casita ya se había agitado de voces en espera de que Belkis recontara su historia. Algunos creyeron que agendarse la tragedia en la libreta de la periodista suponía una ventaja y empezaron a ponerle nombres a la tragedia en Chincha Coja; un pueblo insalubre y marginal, antes de que Irma se ensañara en recordárselos. Otros amenazaron con tumbar las casas ladeadas por el huracán, porque con sus hijos no vivirían allí, en peligro. Y aunque no lo admitieron, por las claras, saben que en términos de ayuda un derrumbe total no significa lo que uno parcial y que en el futuro la diferencia podría estar entre unas planchas de fibro y un subsidio para reconstruirlo todo; casi siempre, mejor de lo que estaba.

Salgo de allí. Voy en una «waripola» ilegal que Reynaldo Cabrera Ferrer se ha inventado. Nunca podría aspirar a la licencia de ese artefacto con motor de algo, tres ruedas, asientos traseros y techo. Él, que también ha quedado sin cobija en el barrio de los Cabreras, donde abunda ese apellido y el desguazo, es el «hazmefavores» de un pueblo que mueve colchones salados de una esquina a otra, buscando el sol que no sale.

Porque este martes, cuatro días después de que los bandazos de Irma le quitaran la alegría a la punta y no tuvieran allí ni la repentina calma del ojo, todavía llovía, a intervalos. En ese extremo norte que se llama, como se llamaba el central (Máximo Gómez), la gente aún discutía si las rachas fueron de 280 o de 300; se hacía cola para las galletas, el arroz y la carne; se martillaban los techos que aguantaban los golpes y se apilaba la basura mugrosa que el mar les echó encima a unos 3 000 habitantes del poblado que pertenece a Punta Alegre.

Los funcionarios recorrían las calles contabilizando las pérdidas para en algún momento dejar de hablar de preliminares y ponerles, si se puede, números a la debacle, mientras Carlos Ernesto Hernández Vázquez me indicaba la salida del pueblo. Él no es cocinero, es profesor, pero cocina para los evacuados que están en las minas de yeso y para los de otra escuela que no recuerda el nombre. Sabe que soy periodista y me pide que escriba lo que comen los evacuados. «Hoy mismo postas de pollo, de las grandes, chicharritas y arroz amarillo». Me dice, además, que cuente que les sirven bastante, en potes de helado repletos de arroz, bien apretado, para que quepa bastante. Quiere que la gente sepa que no pasan hambre. Eso no.

Camino entonces a Buchillones, el sitio arqueológico que describe, como ninguno en la Isla, nuestro origen taíno. Allí querían ser la meca del turismo de investigación y casi al frente del Museo está la fábrica de yeso y las únicas minas a las que se le extrae la caliza para las cuatro fábricas de cemento del país. Hay una quinta, en el Mariel, que tiene su propia cantera; pero el resto de las casas que quieran levantarse en este país, y no sean de tablas, deben empezar a erigirse en esas minas. Hacia allí los caminos están colapsados, por eso voy primero a Buchillones. Un pescador se ofrece de guía, casualmente va hasta allá, a ver su barco.

Miro hacia atrás y la última imagen de Máximo Gómez se me antoja la burla más despiadada de Irma. En una de las torres del central se lee: «peligro: posible derrumbe».

¿Se habrán salvado los flamencos?. Foto: Invasor

Irma les quitó cobija y alegría. Foto: Yander Zamora

La costa que ahora está yerta. Foto: Yander Zamora

Las torres que Irma no se llevó. Foto: Invasor

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