El mundo es una eterna serie entrelazada

Ganador del VII Salón Nacional de Premiados y de más de 30 lauros, Vladimir Rodríguez es un artista cuya obra ejemplifica el prestigio de los creadores de la AHS

Autor:

Julio Martínez Molina

Foto: Milagros Hidalgo CIENFUEGOS.— Desde pequeño para Vladimir Rodríguez fue más fácil el hecho de pensar con imágenes, con el dibujo o la pintura, que expresar sus ideas de forma oral: «Soy más sintético en mi obra que al conversar con las personas».

En la pintura, confiesa, «voy a la esencia de lo que pretendo representar, aun cuando en mis inicios no disponía de un sistema para hacerlo. Este lo incorporé al estudiar Arquitectura en la Universidad.

«Allí me hice de las herramientas indispensables para tener un concepto mejor del trabajo desde el punto de vista técnico: la perspectiva, la sombra, el tratamiento del color, el espacio, la percepción de la figura humana», asegura.

Si bien incursionaba desde antes en las galerías, no es hasta mediados de los 90 el momento en el cual comienza a participar con más intensidad en los salones; sobre todo, a partir de la obtención de un premio tan importante en Cienfuegos como el 5 de Septiembre. Para entonces cambia su vida, al dedicarse totalmente a las artes plásticas, y obtener más de 30 lauros en diferentes salones provinciales y nacionales, así como protagonizar o formar colectivo en 40 exposiciones.

El epicentro de esta avalancha de reconocimientos —para él inesperada—, lo constituyó el Premio del Salón Nacional de Premiados, en 2001. Para la etapa se desempeñaba como presidente de la AHS en la provincia, organización a la que sigue perteneciendo y valora sobremanera por encauzar la labor de los jóvenes artistas.

«Que a uno lo respeten conlleva a respetarte más a ti mismo y, sobre todo, al público, al plantear en tu propuesta visual tesis con peso real, portadoras del poder necesario para comunicar mensajes», observa.

Y añade: «Intento esforzarme al máximo, presentar piezas con el mayor nivel cualitativo que yo sea capaz de imprimirle, alejadas de cualquier superficialidad».

Al hurgar en su proceso creativo, Vladimir revela que «el trabajo me llegó a estresar alguna vez; hubo instantes de ansia en mis búsquedas durante los que creí enfermar, tener hepatitis o algo semejante, por mi desmejoría física».

Por la obra de este creador convergen capas de sentido donde megatemas como el poder y la muerte confluyen con sus intereses por el abordaje de los códigos culturales, las dificultades que el hombre comenzó a plantearse desde que fue tal, las dinámicas sociales... Seres a la manera de vampiros, minotauros, güijes, chichiricúes, gigantes, que remiten a la antigüedad clásica, a los pasajes bíblicos o las culturas ancestrales, pueblan esa suerte de fábulas de contenido filosófico de algunas de sus series más importantes como Bestiario o Evolutivos.

Tal cuerpo creativo repleto de transfiguraciones lo sustenta en lo material, a partir del barro cocido, metal patinado, hierro, ferrocemento y madera.

Vladimir ha configurado su carrera sobre la rueda de las series. Al inquirirle porqué, responde: «Acudo a ellas porque en el mundo todo está entrelazado, no puedes eliminar un elemento sin que tenga una repercusión en el resto de la existencia. Si algo desaparece incide en lo demás, o al menos en alguien. Y ese alguien lo proyectará a otro ser, tal una onda expansiva. Igual sucede con las obras».

En la galería de Luz y Oficios, cuartel general de varios de sus montajes, el artista expondrá en diciembre una instalación para la que trabaja desde hace meses, recopilando materiales de todo tipo, fundamentalmente madera. «Es uno de los retos más grandes afrontados en toda mi vida. Se trata de la construcción de un gran espacio, donde el hombre se imbricará, al punto de constituir en un momento determinado su núcleo.

«La pieza, perteneciente a la serie Empaque 11, tiene un sentido, como igual lo tiene la existencia. Y es que interactuamos con la vida de manera directa, con todos sus elementos y sus problemáticas. Lo que hago es un conglomerado de eso, y lo ubico en un punto donde el receptor interactúa con esta especie de maremagno de cosas que identifica un proceso en la sociedad».

Subraya que en estas piezas de Empaque 11 está el hombre, «quien no solo transita la instalación y la observa, sino que su itinerario allí cambia elementos de la obra, su andar modifica las cosas, como el paso de una persona en el mundo modula el barro de su propia existencia».

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