No podemos quedarnos en la timba - Cultura

No podemos quedarnos en la timba

Así piensa el músico José Luis Cortés, quien durante los 20 años de NG La Banda ha apostado por un trabajo renovador en la música popular bailable

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Foto: Roberto Meriño Nació para polemizar en la música popular de la Isla. Desde la primera hasta la última de sus ideas encuentran argumentos o puntos neurálgicos no tratados por otros autores. Su obra, controvertida y muy cubana, ha llegado a incidir en el estudio de la flauta y el canto.

José Luis Cortés González (Santa Clara, 5 de octubre de 1951), con NG La Banda pensó, creó, y hace posible, desde 1988, un proyecto que materializó las expectativas de una nueva generación de músicos.

Llegó a la Escuela Nacional de Arte (ENA) para estudiar la flauta, pero allí estuvo vinculado al coro, la orquesta típica y dirigió la orquesta Jazz Band, entre otras. Cerró su aprendizaje tras su paso por la Aliamén, Van Van e Irakere.

El Tosco y NG La Banda ya tienen un largo camino recorrido. En dos décadas la agrupación ha movido al público con propuestas novedosas que fusionan el son con el jazz, el pop y el rock, y llegan a mezclarlo hasta con la música clásica, algo que también muestran sus dos últimas producciones discográficas, que saldrán próximamente.

—¿Cuánto le aportó su estancia en los Van Van e Irakere? ¿Por qué se fue de esas agrupaciones?

—En la primera aprendí cómo se trabaja la música popular para que la gente pueda bailarla. En la segunda, supe cómo se da la música popular y la de concierto, qué hacer para que la orquesta suene más, y a respetar lo que estás creando. En ambas agrupaciones hice arreglos, coros y canciones.

«Llegó un momento en que tenía deseos de concebir cosas propias y, por respeto a Formell y Chucho Valdés, no podía realizarlas. Pero siempre he considerado que NG La Banda es una naranja partida a la mitad, donde hay de Van Van y de Irakere.

«Al dirigir he sido más liberal. Si traes algo que me “cuadra”, lo acepto. Si no, te digo: “Vamos a arreglarlo”. No doy el “bate” si veo que en verdad sirve. Ahora el trabajo de la orquesta se ha centrado más en lo que pueda aportar mi experiencia. Ya no tengo al lado a Miguelito Pan con salsa (Miguel Ángel de Armas Laferté); Feliciano Arango, que también hacía sus cosas en el bajo; o el baterista Giraldo Piloto.

«Mis músicos actuales son entusiastas, y más en esta etapa que los aprieto con el aniversario 20. Les digo: “Esta orquesta tiene que sonar igual a la de antes, si no vamos a ver por qué”».

—¿Hasta qué punto la agrupación ha mostrado el hacer de esa nueva generación de músicos, como se propusieron en los inicios?

—La idea viene desde finales de 1984. Tuve la suerte de trabajar mucho tiempo como productor titular en la EGREM. Hicimos discos de música bailable desde la óptica de mis contemporáneos, y otros, de música de concierto, también a partir de nuestra perspectiva.

«De ahí salieron Abriendo el ciclo y A través del ciclo, y Siglo I a.n.e. y Siglo II de n.e. Faltan Cerrando el ciclo y Siglo III después de n.e. Estoy loco por hacerlos. La música la tengo escrita, aunque debo cambiar cosas porque ha pasado el tiempo.

«Esas grabaciones las realicé con integrantes de Irakere. Chucho se daba cuenta de que la gente estaba gastada, porque venían de grabar por la noche. Un día él decidió separarnos del grupo a José Miguel Crego (El Greco), Carlos Averoff, Juan Mungía y a mí. Germán Velasco se fue porque se sumó a nosotros. Y se formó lo que se formó.

«Aunque Chucho se adelantó a los acontecimientos, gracias a él, yo sigo todavía en el combate. La propuesta de hacer NG La Banda fue muy facilita: “Vamos a hacer la música como la pensamos, si no resulta en dos años, cada uno calabaza, calabaza”... Pero el grupo ya tiene 20 años, quiere decir que no se ha roto».

—¿Cómo NG La Banda logró concretar el llamado boom de la salsa cubana?

—Siempre se ha dado el boom, como el del songo de los Van Van en los 60. A mí me tocó la etapa de los 90, donde ya la trova no estaba presente en los grandes escenarios, hacían un concierto o decían que tocaban canciones de amor.

«La música popular bailable fue ocupando ese espacio. NG La Banda participó en campañas como Píntate de Sol, El sol te da, y otras. Esta música entró en la juventud de una manera asombrosa. Gustó por los textos y la sabrosura de los montunos. Aunque llegaba por la televisión y la radio, cuando grabábamos un concierto en vivo, esos casetes se repartían. Todo el mundo tenía uno nuestro con aquellos temas: Necesito una amiga, Que venga la fiera que la estoy esperando, La bruja..., lo cual hizo que entráramos al mercado como nadie.

«Logramos crear un movimiento: la timba, aunque yo lo bauticé como Música Popular Contemporánea de Cuba —igual que NG, se lo pusieron en un concurso de radio y significa Nueva Generación—. Imagínate, muchas palabras».

—En los 90 su agrupación fue una de las acusadas de utilizar textos vulgares en sus canciones. ¿Cómo asume la composición sin que le asome el fantasma de lo chabacano?

—Lo he dicho un millón de veces: la música bailable tiene un código. Y es tan fuerte el que aplicó NG La Banda que obviarlo —por decir un dicharacho o frase que estaba en la calle—, es abusivo. Yo salgo a los barrios —Pogolotti, Buena Vista—. Sé cómo hablan, cómo piensan. La música popular siempre se nutrió de allí, de las raíces, de los más humildes. Por algo se llama así.

«Ningún músico popular fue elitista, ni Ñico Saquito, Miguel Matamoros, Manuel Corona, Teofilito (Rafael Gómez), Ignacio Piñeiro, Félix Chapotín, Miguelito Cuní o Arsenio Rodríguez. Ninguno de ellos fue a la escuela, tampoco eran intelectuales. Existe un instinto de pueblo en: “Hay fuego en el 23”, “La yuca de Casimiro” o aquello del Guayabero: “A mí me gusta que baile Marieta”. Eso es Cuba, no se puede cambiar.

«Cuba nueva es: “Qué venga la fiera que la estoy esperando” o “Buena Vista, tremenda pista”. Eso es lo que me tocó hacer. No me comparo con Piñeiro ni Matamoros. Lo que lleva este tiempo Juan Formell lo ha plasmado en La Barbacoa, La Habana no aguanta más. Chucho Valdés con “Antes de tiempo no, respeta” o “échale semilla a la malanga que yo tengo el uno”.

«Sin embargo, a muchos nos han tildado de chabacanos. Antes te suspendían un tema y no podías opinar nada. No tenías cómo defenderte en una pelea de león para mono y el mono con las manos amarradas. Ahora tenemos derecho a réplica».

—¿Existen aún prejuicios sobre sus letras?

—Pienso que es un problema de tiempo, de conejillo de Indias, de “No puedo cogerla con fulano”. Muchos han perecido en la batalla. A mí no han podido tumbarme.

«Yo sigo tocando en mis canciones temáticas sociales, por ejemplo, la malversación y la doble moral están en mis títulos hace rato. Tienen que escucharlos».

—¿Qué lo motivó a crear la Escuela de canto?

—La Escuela tiene más de un año y ha graduado a 15 vocalistas. Existe gracias al Ministerio de Cultura. Se me ha dado la anuencia de buscar voces nuevas para que nutran la montaña de la música popular, que es muy grande.

«Siempre me ha molestado que haya un vacío entre las grandes divas: Omara Portuondo, Moraima Secada, Elena Burke, Gina León, entre otras; y las que vinieron detrás, que casi ninguna vive ya en el país. Luego salen las nuevas estrellas, que es una mentira porque todavía no hay un trabajo para decir que lo son. Todas han pasado por mis manos: Osdalgia Lesmes es como mi hija, Vania Borges y Tania Pantoja también.

«Pero más peligroso que ese bache entre la vieja y la generación actual es que, después de estas, no hay nada, y la mayoría de estas muchachas pasan de los 30. Eso me da miedo.

«Lo otro es que no hay orquestas de mujeres que estén “pegadas” —la más conocida es Anacaona, la legendaria.

¿Qué puede estar sucediendo, si tienen los mismos coros que nosotros? Ahí hay un misterio. Comencé a investigar, y a ayudar a Lady Salsa, Son Damas y las Chicas del Sol. Hicimos un festival de mujeres en La Tropical, y me he dedicado mucho a este trabajo».

—¿En qué consiste la Camerata Cortés?

—Antes la flauta era un instrumento masculino, y de repente se ha convertido en femenino. Ha quedado en un segundo plano, con la tecnología de los sintetizadores y los grupos de metales.

«Por eso, recordando a los maestros que me dieron clases, para dignificar el instrumento y gracias al Instituto Cubano de la Música, se nos dio la posibilidad, al maestro Antonio Pedroso y a mí, de hacer realidad esta orquesta. La componen 22 muchachas y un muchacho, estudiantes de la especialidad en el Instituto Superior de Arte y el Conservatorio Amadeo Roldán. Creo que están haciendo una agrupación similar en Cienfuegos».

—Formell dijo en estas páginas que no se estaba viendo un relevo en serio en la música popular que asegure su futuro. ¿Qué problemas urge resolver en la música bailable para garantizar tal continuidad?

—Si no nos ponemos a pensar bien, nos vamos a quedar en la timba. Hay muchas dificultades para hacer un grupo: que si no tienes empresa, que si la plantilla, que si la ley número x, que si tienes que esperar un año para salir de Cuba... Millones de cosas que están establecidas por las entidades musicales y de la Cultura en general.

«En el período especial, algunos emigraron del país o no querían trabajar. Y la música popular bailable, esa que criticaron tanto, dio alegría y diversión al público. Ahora salió un león. Porque el futuro de la música cubana no es el reguetón. No tengo nada en contra del género, algo tiene dentro para ser un fenómeno musical. Pero creo que aquí se ha estudiado mucho y se tiene un nivel artístico muy grande para caer en una factura que estéticamente es muy baja.

«Pienso que hay que revisar las leyes de la creación de nuevos grupos, ver cómo abrimos en vez de cerrar. Porque este es un pueblo en que la gente camina y habla bailando y cantando. Un pueblo sin música no tiene alma. Eso viene de la época martiana y no lo va a cambiar nadie».

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