Un viejo mito en cuerda cubana

La versión cubana de La bella y la bestia representa todo un récord no ya dentro de nuestro intermitente teatro musical, sino en las artes escénicas todas. También la puesta per se exhibe logros encomiables

Autor:

Frank Padrón

¿Apariencia contra realidad? ¿Valores reales ocultos tras imágenes falsas? ¿Civilización contra barbarie?... Esas y otras cuestiones lanza uno de los más antiguos mitos culturales: la bella y la bestia, para algunos presente ya en el siglo II d.n.e. (por ejemplo en El asno de oro, del griego Apuleyo), y que ha venido rodando hasta hoy, después de pasar por el verbo de varios escritores (Perrault, Barbot de Villeneuve, Jeanne-Marie Leprince de Baumont...),  de conocer en el cine una versión devenida clásico (Jean Cocteau en 1945, con Jean Marais) y otra que va en camino (dentro de los dibujos animados, con varias nominaciones y premios de la Academia), para finalmente —contra lo habitual—, aterrizar en el teatro de las eficaces manos de Alan Menken (músico), Howard Ashman (letrista) y, poco después, de su colega Tim Rice, quien aportó nuevas canciones.

Lo cierto es que La bella y la bestia ha trascendido épocas y países, ha invadido y unido géneros artísticos y, sobre todo, ha roto barreras de públicos: el ingenuo relato del príncipe transfigurado en monstruo por un hechizo al que salva y devuelve a su primigenia condición real el amor de una doncella que, primero espantada, llega a amarlo cuando descubre lo sensible de su alma, sigue encantando a muchos por lo hermoso de la historia y lo universal y atemporal de su mensaje.

La bella… llegó a Cuba de la mano de un experimentado director de teatro musical (Alfonso Menéndez), responsable de anteriores muestras no menos célebres del género (El fantasma de la ópera, El jorobado de Notre Dame, La viuda alegre…) las cuales han conocido siempre un único y privilegiado escenario: el Anfiteatro de La Habana, el cual ha sido marco y testigo, en este último estreno, de 28 funciones ininterrumpidas durante seis meses, a teatro lleno, que sumaron más de 20 000 espectadores de todas las edades (aunque impresiona la mayoritaria presencia de niños, adolescentes y jóvenes) hasta la última función del pasado domingo.

Valga consignar también que el 85 por ciento del elenco estuvo conformado por muchachos que no exceden los 20 años y carecían de experiencia anterior en el teatro, prueba al canto de frutos concretos en eso que se llama «cultura comunitaria», como quiera que la mayoría procede del barrio que enmarca el coliseo en la Avenida del Puerto.

Si desde tales índices, la versión cubana de La bella y la bestia representa todo un récord no ya dentro de nuestro intermitente teatro musical, sino en las artes escénicas todas, también la puesta per se exhibe logros encomiables.

Comencemos, no obstante, por el otro lado: ciertos detalles que considero desentonaron un tanto sin llegar a «empañar» el resultado.

Ante todo, el poco elaborado maquillaje de la bestia, cuyo atuendo «repulsivo» pareció apoyarse más en un par de cuernos o el vestuario que en tal rubro decisivo: el rostro, no suficientemente expresivo ni trabajado como era necesario para comunicar esas dualidades (repulsión/atracción; aparente maldad/ternura real…) que constituyen la esencia del personaje.

Por otra parte, hay ciertos momentos (como la estancia inicial de la joven en el castillo y el proceso de acercamiento entre esta y el monstruo) que se dilatan en exceso, restando la fluidez que antes y después, afortunadamente, alcanza la puesta.

Sin embargo, en términos generales, el montaje resultó feliz de cabo a rabo: desde la dirección musical de Miguel Patterson, apoyado en las orquestaciones de Marcos Badía (abierta a conceptos contemporáneos, y que no desechó incluso ciertos elementos de la rítmica cubana) y en la competente labor del Coro del Instituto Cubano de Radio y Televisión, hasta las dinámicas y gráciles coreografías del mismo Menéndez que, al igual que todo el desplazamiento actoral, consiguió un movimiento tan racional como eficaz dentro del amplio escenario.

El vestuario del maestro Eduardo Arrocha, con la realización de la Hermandad de Bordadoras y Tejedoras de Belén, resultó no solo exuberante sino imaginativo y funcional: sobre todo la fecunda vajilla encontró desempeños magistrales en este fundamental escaño.

Creo que ningún elogio para referirnos a los actores sería más justo que este: no hay real barrera entre profesionales y la mayoría (amateurs o ya evaluados, pero con muy poca experiencia). Christyan Arencibia, Yoanly Navarro, José Silverio Montero, José L. Pérez Ramos, Joe Rodríguez Valdés, Junior Martínez y el resto del vastísimo elenco, protagonizaron una admirable labor individual y de conjunto que, en altísima medida, contribuyó al éxito de La bella y la bestia.

Hace poco discutíamos en la UNEAC sobre el teatro musical en Cuba, lo inadmisible de que se haya cerrado el local de Consulado y Virtudes y lo inaplazable de volver a contar con una compañía dentro de ese género, como se sabe, esencial.

La tropa de Alfonso Menéndez en el Anfiteatro de La Habana demuestra —acaba de hacerlo sin lugar a dudas— que pese a todos los pesares, sí se puede.

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