Cinematografía cubana hace revivir el clásico teatral La casa vieja

La pieza, de Abelardo Estorino, es llevada al celuloide en versión dirigida por Lester Hamlet

Autor:

Joel del Río

El día de diciembre que Martha Araújo, en sus funciones de promotora del cine cubano, me llevó a conocer Casa vieja, el rodaje en etapa de conclusión que dirigía Lester Hamlet, en el reparto costero de Santa Fe, tuve la oportunidad de conocer la filmación más centrada, armoniosa y emotiva, de todas las que he tenido ocasión de visitar. Si el resultado en pantalla conserva, al menos, aquellas tres virtudes, contaremos en 2010 con una película virtuosa, para satisfacción de la cultura cubana. Y lo afirmo así, de manera tal vez engolada y pretenciosa, porque el director y el guionista Mijaíl Rodríguez asumieron la tremenda responsabilidad de actualizar el clásico teatral La casa vieja (atención colegas y promotores: el título del filme sacrifica el artículo que sí lleva el nombre de la obra original escrita por Abelardo Estorino, y consagrada a todos los niveles dentro del pletórico panorama escénico de los años 60) y además, el filme representa la participación factual del Ministerio de Cultura, a través del llamado Fondo Cubano para la Cinematografía, en el respaldo de proyectos audiovisuales especialmente vinculados con la legitimación de nuestro patrimonio artístico y literario.

Precisamente por los cambios en el original comenzaron mis interrogaciones. El tema me pareció oportuno ahora que toda Cuba pudo ver una versión fidelísima de otro imprescindible del teatro «sesentero» como lo fue El premio flaco, de Héctor Quintero, según Juan Carlos Cremata. De acuerdo con lo que me contaron los dos coguionistas (Mijaíl y Lester), la trama de Estorino fue reformulada tal vez en un 40 por ciento, o algo así. Acciones, espacios y personajes cambiaron de carácter, esencia y apariencia para ambientar la trama en la primera década del siglo XXI, es decir, ahora mismo. De modo que fue preciso desplazar hacia otras coordenadas dramáticas el conflicto central que presentaba Estorino entre la vieja moral y el sacudimiento ético, íntimo, espiritual, que significó la instauración de un nuevo orden social. La película de Lester se aproxima más al drama filial cuya conmoción emotiva se desprende, sobre todo, de la imposibilidad de remover ciertos inmovilismos y prejuicios, y la tragedia que sobreviene cuando se evidencia cuán irreconciliables resultan ciertas maneras de entender y asumir el crecimiento personal, la libertad, la capacidad de elegir, la pelea con las sombras tenaces, o la escapada en busca de luces que jamás te abrigarán lo suficiente.

Casa vieja es, sobre todo, la historia de un regreso, la vuelta de Esteban al lugar donde vivió tantos años, y el redescubrimiento de su familia, de los secretos y escondrijos que le permitieron sobrevivir a cada uno. Esteban regresa porque su padre está a punto de morir. Y el dolor por la pérdida, el miedo por un mañana cuando ya no esté presente la persona que te guía y te fiscaliza, permite que afloren rencores, dobleces, conformismo y mediocridad. «Esta es una película de gente simple —me garantiza Lester— y yo soy un poco como todos ellos, pues aunque mi imagen pública es la de una persona alegre y siempre “arriba”, en privado soy un tipo más bien solitario, medio hermético y muchas veces triste. Me desmarco del egoísmo, la cobardía y la pusilanimidad de estos personajes, pero los comprendo, y me expuse hasta lacerarme cuando les atribuí a todos ellos una porción de mis dolores, mis verdades, incluso detalles gestuales o de mi personalidad».

Puedo atestiguar el total compromiso emotivo de Lester. Estábamos visitando el último día de un rodaje que respetó, en esencia, la cronología de la historia, con tal de favorecer la gradual personificación de los intérpretes. De modo que asistíamos a la filmación de la emotiva despedida de Esteban (Yadier Fernández). La madre (Adria Santana) y la hermana lo acompañan hasta el carro que lo conducirá al aeropuerto, de vuelta España, el país donde vive. Nunca había visto a un director que, luego de darle el visto bueno a la locación y las últimas indicaciones a los actores, después de controlar el encuadre y el sonido, justo en el instante posterior a la orden de ¡Acción!, comenzara a sentir y a proyectar, sin impostación alguna, en la misma tesitura dramática de los personajes.

Lester acompañó a sus actores en cada lágrima y estremecimiento, y ellos lo retribuyeron prescindiendo, literal y metafóricamente, de todo maquillaje o truco. Y cada uno fue construyendo su personaje y despojándose de todo lo superfluo, y reforzando todo aquello que contribuyera con la completa autenticidad de Esteban y de su hermana Laura (el papel que convirtió en clásico Raquel Revuelta en 1965 y que ahora reinterpreta, en muy diverso estilo, Daisy Quintana), del macizo Diego (responsabilidad de Alberto Pujols) y su mujer Dalia (quien empareja frivolidad y egoísmo en un conjunto del cual ha sacado máximo partido Susana Tejera), además de esa madre puesta en relieve por la magistral Adria Santana, o del papel asignado a Isabel Santos, quien me confesó en un aparte que, a pesar de que distaba del protagonismo, su personaje la enfrentó al trabajo más retador y satisfactorio acometido por ella en bastante tiempo.

Durante breves descansos del rodaje, Yadier me contó que se sorprendió mucho cuando pensaron en él para hacer este personaje contradictorio, homosexual, que vive fuera de Cuba, un hombre que encuentra respuestas para explicar su vida, pero no sabe qué hacer con ellas, cuando está acostumbrado a que lo llamen casi siempre para papeles de tipos «marginales, ambientosos»... El actor enfrentó entonces un reto doble, pues le tocaba interpretar un homosexual lejos del esquema o afectación excesiva al que estamos acostumbrados. Según asegura, «lo más significativo de Esteban no es su inclinación sexual, sino que se manifiesta siempre de manera coherente, vive como eligió vivir, y por eso merece todo el respeto del mundo. Y al menos en eso nos parecemos. Yo tampoco tolero el irrespeto. En cuanto al rodaje, te digo que soy el actor con menos experiencia del reparto, pero tuve una suerte inmensa en que todos me ayudaron cada vez que tenía alguna duda con una escena. Hoy que se acaba el rodaje es que me siento más dueño de mi personaje, porque esta película tiene algo de adictivo, y al mismo tiempo de profunda inconformidad cuando tienes que salir de ella».

Adria Santana había hecho de Laura para graduarse de primer año en el ISA, en 1966, pero nunca interpretó La casa vieja en teatro. Después conoció a Estorino y establecieron la conocida y deslumbrante colaboración profesional, que se inscribió en la piedra angular del teatro cubano revolucionario. Confiesa Adria que hacer la Onelia le removió fibras que distan de la técnica aprendida y del conocimiento que (seguramente) posee sobre los grandes temas estorinianos. «Onelia sabe que su hijo Esteban partió por culpa de todos ellos, por el conservadurismo y la cobardía. Ella es, en esencia, una madre cubana que padece la tragedia de no haber podido guardar con ella a su hijo».

Daisy Quintana entiende a su Laura, entre otras cosas, como un homenaje a esa maestra de la actuación que fue Raquel Revuelta. Confiesa que también se ha dejado seducir por Lester, por cada escena y detalle escenográfico, por la manera de sentir y hasta de sufrir de estos personajes. Tanto se ha enamorado que «cuando gritan Acción, ya no estoy actuando, estoy viviendo, y de paso me someto a terapia, porque he descubierto solo ahora la cantidad de mujeres apocadas y miedosas que he conocido, he sorprendido a Laura incluso en mí misma». A su lado estaba Susana Tejera, quien hace de Dalia, la cuñada de Esteban, un breve y dificilísimo papel que la actriz concibió de afuera hacia adentro, dotando a su personaje de una apariencia bien artificiosa, medio ridícula y muy «miqui», y así distanciarse de ella, poniendo en evidencia una manera de pensar, de vivir, de comportarse y de vestirse.

Por ahí, más o menos, iban el decurso de este personaje según me aclaró la formidable protagonista de La edad de la peseta, quien se atrevió a violentarse tanto, y convertirse, al igual que los demás miembros del reparto, en alguien completamente ajeno a ella, solo por la confianza absoluta que le inspira Lester en la creación de los personajes de conjunto con el actor.

Toda la acción, como le cuadra a una película intimista, transcurre al interior y en los alrededores de una casa de madera de esas que tanto abundan en Santa Fe, cuando logran resistir el embate de ciclones y oleajes desaforados. Hay varias escenas también en la funeraria (que se ambientó en la Casa de Cultura santafecina, colindante con el mar) y en el patio de la casa, donde por cierto hay un arbusto de grosella criolla que decidió florecer espléndidamente el día exacto cuando aparecía en cámara. «Esta película está rodeada por un misticismo extraño, un aura muy positiva que ha contribuido a crear un excelente clima en el rodaje. Y aunque las actuaciones huyen de la espectacularidad y de la apoteosis —puntualiza Lester—, quiero subrayar que esta película se dirige a todos los públicos. Con Lila (el segundo corto de Tres veces dos) yo maté mis deseos de lograr movimientos de cámara virtuosos y de impresionar al espectador con la visualidad o la banda sonora. Pero entre Lila y Casa vieja realicé unos 30 videos musicales donde pude ensayar a gusto cualquier virtuosismo o lucimiento visual. Ahora solo pretendo contar adecuadamente esta historia, lograr que los personajes sean absolutamente creíbles, y en cuanto a la artificialidad inherente al cine, asumir solo la imprescindible.

«Sobre tu pregunta respecto a la teatralidad posible de Casa vieja —me aclara el director— te digo que esta película juega a ser y a no ser teatral. La no presencia de figuración superflua o el sonido más bien minimalista o despoblado, el linde con lo chejoviano, las numerosas citas intertextuales que propone la escenografía, acercan la película a un cierto tipo de teatro, pero los primeros planos, el cambio que hice de muchas acciones, y los espacios que inventamos, inexistentes en la obra original, la mirada de la cámara que concentra y subraya, son cine puro. Yo hice esta película lo mejor que pude, pero con las soluciones visuales menos rebuscadas. Quise convertirme en una suerte de testigo invisible, y cada secuencia traté de resolverla de la manera más lógica, más práctica. Si bien cada escena y acción estaban rigurosamente planificadas por story board, en el rodaje apelamos al aprovechamiento de esta locación, una casa de verdad, habitada por una familia, y buscamos la dinámica natural de los acontecimientos, sin aplicar el recurso de los aceleramientos ni las elipsis».

Queda muchísimo en el tintero sobre mis impresiones, efímeras e instantáneas, y sobre muchas otras aventuras o riesgos, que asume y asumirá Casa vieja, como asignarle responsabilidades altísimas a jóvenes apenas egresados de la Facultad de Medios Audiovisuales del ISA. También hubo numerosos implicados en la filmación (el fotógrafo Rafael Solís, la directora de arte Vivian del Valle) que me regalaron opiniones imposibles de publicar en estas sucintas impresiones que solo pretenden, por ahora, contarle al espectador sobre una nueva, y probablemente hermosa película cubana, que se rodó en noviembre-diciembre, en Santa Fe, contando el eterno retorno a Ítaca de un Ulises particular. Y mientras Esteban retornaba se anunciaba el arribo de la última tormenta tropical de la temporada ciclónica, o la lloviznosa llegada del primer frente frío. Ya no recuerdo con exactitud. Lo sabremos cuando veamos la película terminada, tal vez a finales de este año.

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