Las miradas (in)visibles

El filme del director argentino Diego Lerman sobresale desde los primeros momentos por la sutileza, la coherente relación entre exposición y análisis, el bordado de conflictos y desarrollo de los mismos, que enrolan también el de la narración

Autor:

Frank Padrón

Partiendo de la novela Ciencias morales, de Martín Kohan, el director Diego Lerman (quien con su ópera prima Tan de repente conquistó 27 premios internacionales, incluido algunos en nuestro festival) establece en su nuevo filme, La mirada invisible (concursante en largomentrajes de ficción) un sutil nexo entre (auto)represión y comportamiento social.

Su obra sobresale desde los primeros momentos por la sutileza, la coherente relación entre exposición y análisis, el bordado de conflictos y desarrollo de los mismos, que enrolan también el de la narración. Sin apartarse de los presupuestos diegéticos del «Nuevo nuevo» cine, Lerman renuncia, sin embargo, a las asfixias que implica la ausencia de narración, en que con tanta frecuencia aterrizan sus colegas. El tempo de su obra es denso, a ratos moroso como merecen y necesitan el diseño caracterológico y los delicados engarces de los acontecimientos, pero su película progresa con un saludable clima de thriller que, no obstante, renuncia a trampas y clisés al uso.

La maduración de los caracteres (esa muchacha que se autoengaña y —pretendiendo «hacer lo correcto»— da rienda suelta a sus frustraciones y fantasías sexuales; ese hombre maduro que bajo la apariencia de imponer a cualquier precio la disciplina y el orden oculta los más bajos y animales instintos) se apoya junto al desarrollo de la trama, en una planimetría también muy inteligente: planos generales que recorren la vastedad del colegio, cerrado y frío (microcosmos de la sociedad argentina en esa etapa), contrastando con la intimidad de planos primeros y medios que registran el complejo mundo interior de los personajes; a lo cual se une la eficaz fotografía (Álvaro Gutiérrez), abundante en contrastes: penumbras y claroscuros (sobre todo en la casa de Marita) o en la apertura de planos que reflejan la luminosidad de amplios espacios (el inmenso patio de la escuela) que delatan una falsa claridad.

El minimalismo, y sin embargo, expresividad de la música (José Villalobos) se suma a la consecución de atmósferas que encuentra en la dirección de Diego Lerman, esta vez, su mérito mayor; admira ver cómo la dictadura es apenas un eco que resulta omnipresente, fantasma incidente en estos comportamientos y en toda la hiel y la amargura que destila la (micro)historia, así de inextricable respecto a la otra, la (macro)Historia.

Para completar, los desempeños son sencillamente impecables: Julieta Zylberberg inyecta a su reprimida (y represora) maestra todos los recovecos de su torcida personalidad. Osmar Núñez la sigue con seguridad y convicción, tal el resto del elenco.

La mirada invisible es un gran triunfo del más reciente cine argentino, y claro está, un coral más que «visible».

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