Algunas razones para discutir la cinta Afinidades

La película recuerda, a ratos, el cine de preocupación moral que surgió en la Polonia de los años 70. Algo similar intentaron, Perugorría y Cruz en este primer trabajo imperfecto y dubitativo, pero al cual se le agradecen algunos aciertos

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Joel del Río

Si en una encuesta se les preguntara a todos los espectadores sobre Afinidades, el más reciente estreno cubano del ICAIC, las razones por las cuales acudieron a las salas, probablemente las respuestas clasifiquen entre las siguientes: 1) porque en los principales papeles aparecen los protagonistas de Fresa y chocolate (tal vez algún que otro espectador suponga, en vano, que esta película implica, de alguna manera, la continuidad anecdótica de aquel clásico); 2) porque según se dice hay gozadera, desnudos y sexo; y 3), o más arriba, aparecerá la tradicional fidelidad del público nacional a las películas de la Isla, porque tiene hermosa música de Silvio Rodríguez, aparece Omara cantando, y se fotografían bellísimos paisajes, además del retoque a esa imagen de una Cuba turística y confortable que seduce a muchísima gente.

El primer deber que le queda al crítico sería reconocer como absolutamente válidos los tres argumentos para ir al cine: Perugorría y Cruz están en pantalla casi todo el tiempo en desempeños profesionales y adecuados, en la película hay sexo y desnudos (menos de lo que cuenta el rumor, pero que rebasan ligeramente la acostumbrada pudibundez de nuestros filmes) y con el fin de semana en Guamá que el filme relata, está garantizado el cubanísimo despliegue de trópico exuberante y verde-azul propio de una película cuyos realizadores merecen el eterno agradecimiento de los trabajadores del turismo en Guamá, una gratitud cuya mayor fracción debiera ser conferida al director de fotografía Luis Najmías, quien confirma el virtuosismo paisajístico del cual no pudo hacer gala en desempeños anteriores como Fuera de liga y La edad de la peseta.

Demos por sentado entonces que Afinidades, en tanto ópera prima, ofrece un nivel muy decoroso en cuanto al interés temático, la visualidad y las actuaciones. Por ejemplo, la española Cuca Escribano emprende casi estoicamente la interpretación de uno de esos seres extrovertidos, optimistas y epicúreos 24 horas al día y los 12 meses del año. Los mayores problemas derivan de un guión inhábil para aprovechar con sutileza y coherencia, y desde un punto de vista discernible, el encierro esporádico de estas dos parejas durante un fin de semana.

Se habla demasiado en esta película. Los personajes se lo dicen todo, y apenas dejan margen a la imaginación del espectador. Muchas veces se expresan, además, con términos artificiales y grandilocuentes que tal vez adquieran otro sentido en la literatura, pero que en la película llegan a ser irritantes. Como en aquella escena a la salida de la locura taína (un delirio cabaretero cuya veta humorística se desaprovecha) cuando los dos hombres, ebrios, dudan entre liarse a golpes (por una repentina explosión de escrúpulos, violentos celos y envidias enquistadas) o tirarse de espaldas a filosofar sobre el cielo y las estrellas. Conste que en escenas clave como esta, hay veces que «se nos pierden» las mujeres, y el espectador no tiene ni idea de qué están haciendo esta muchacha o la otra, y ese es un defecto muy grave en una película que aspira a la introspección y con tan pocos personajes.

Quizá el excesivo bagaje literario de los diálogos se relacione con el empeño por conservar el estilo facundo y barroco de Música de cámara, la novela escrita por Reinaldo Montero en la cual se inspira la película, pero de todas maneras estorban los parlamentos vinculados a un trascendentalismo del todo improcedente en términos de dramaturgia cinematográfica. Así, hablando sin parar, los personajes acometen acciones contradictorias, tanto intuitivas como calculadas, que ejecutan con absoluta ligereza. Esta es la razón por la cual me refería antes a un problema de punto de vista en la historia, porque el espectador pudiera preguntarse, sin encontrar respuestas, quiénes son de verdad estos cuatro personajes. ¿Son cínicos e hipócritas capaces de negociar afectos y privacidades, o personas arrastradas por un momento de locura, por la humedad y el exotismo que les disparó la libido?

Es muy difícil identificarse con ninguno de los cuatro protagonistas de Afinidades, porque en mi opinión son personajes incompletos, instrumentos o portavoces demasiado elementales de lo que querían decir los realizadores. Creo que faltó trabajo para conferirles visos de verosimilitud, lógica interna y afinidades electivas a estos cuatro seres, quienes pierden algo muy preciado; o que se encuentran a sí mismos —nunca llegamos a saberlo con certeza— en un «viaje emocional donde cruzan ciertos límites y conocen el precio que tienen que pagar por cruzarlos», como dice la sinopsis, al parecer hablando más de las intenciones que del resultado narrativo concreto.

Si en lugar de buscar la identificación, los realizadores intentaron conseguir distanciamiento y análisis respecto a los personajes y a lo que hacen, entonces debemos reconocer, en primer lugar, que Afinidades consigue exponer en pantalla grande, con responsabilidad y audacia, el tema de la prostitución (entendida cual tráfico sexual en pos de un beneficio) que puede darse en el interior de un medio social y cultural muy «superior», en apariencia, al jineterismo callejero y nocturnal usualmente aludido en nuestras películas.

Perugorría perfecciona su papel del criollo ladino y desenfrenado (en la línea de sus anteriores y notables actuaciones en Guantanamera, Lista de espera y Amor vertical) y su personaje si bien queda desdibujado psicológicamente en cuanto a las bases de su relación con la española, o en el momento del final impostadamente metafísico y resignado.

El discurso directo, de índole social, y la epifanía sensorial que propone el filme (con todo y la inconsistencia en el delineado psicológico de personajes tan importantes como la joven cubana, cuya actriz intenta en vano el equilibrio imposible entre el remilgo y la desmesura) muchas veces entra en pugna con las máximas de almanaque que los personajes recitan a la menor provocación, o sin ella.

La naturalidad del filme también hace aguas por la inflexible voluntad de los autores por metaforizar la anécdota. No olvido, entre otras, las alusiones forzadas a la vida y la muerte (el cementerio, el camino, la iglesia que se mencionan sin venir a cuento), a la pequeñez humana en el universo (mediante las indicaciones sobre las moléculas, los átomos, las libélulas, las estrellas) así como la llegada en barco por un estrecho sendero de agua, y la partida en carro por un pedraplén (¿desde Guamá?).

Afinidades recuerda, a ratos, el cine de la preocupación moral que surgió en la Polonia de los años 70, liderado por Krzysztoff Zanussi, y su ambición por enfrentar a científicos e intelectuales (que suscitaban alternativamente simpatía o antipatía) con dilemas morales en los cuales se ponía de manifiesto la nobleza, integridad ética o capacidad de redención de los protagonistas. Algo similar intentaron, creo yo, Perugorría y Cruz en este primer trabajo imperfecto y dubitativo, pero al cual se le agradece, además del reencuentro con dos buenos intérpretes, el hálito de erotismo y la clarividencia de ajustarse a un momento histórico muy concreto de este país, su voluntad de reflexionar sobre deshonestidades y bajezas, de discursar sobre los límites imprescindibles en la lucha cotidiana por lograr el bienestar, la seguridad o el éxito.

Además, por si fuera poco con todo lo que hemos dicho a favor de que cada quien busque en el cine y encuentre consigo mismo sus opiniones sobre Afinidades, en la película canta Omara, una canción preciosa de Silvio, y aunque la canción esté pésimamente insertada en el argumento, y a pesar de saber que la Diva del Buena Vista Social Club difícilmente actúe en cualquier noche taína de Guamá, a mí me pareció muy, pero que muy sugestivo, y apropiado para la película, cuando la genial cantante «bolerea» aquello de «demasiadas bocas, demasiada piel, para enamorarnos de un mal gigantesco y un ínfimo bien; demasiado espacio, demasiado azul, para que lo inmenso quepa en un destello solo de la luz».

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