Alberto Granado: Siempre tan cerca del Che - Cultura

Alberto Granado: Siempre tan cerca del Che

Ya no estará entre nosotros el ilustre gaucho devenido cubano, cuyas vivencias hubiesen dado innumerables argumentos para no pocas películas

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ochenta y dos años tenía cuando entrevisté a Alberto Granado. Entonces el nombre de Petiso Granado, como le llamaban desde siempre por su pequeña estatura física, volvió a repetirse de boca en boca tras el estreno de Diarios de motocicleta, el popular largometraje de Walter Salles, inspirado en el azaroso viaje por América del Sur que emprendiera con la Poderosa junto a su hermano del alma Ernesto Guevara en 1951.

Ahora la noticia de su muerte el pasado sábado nos ha sorprendido a todos. Ya no estará entre nosotros el ilustre gaucho devenido cubano, cuyas vivencias hubiesen dado innumerables argumentos para no pocas películas. Recuerdo que entonces le confesó a Juventud Rebelde que el Che y él habían vivido tantas historias que no se cansaba de contar, como aquella que no apareció en Diarios..., en la que ambos se convirtieron en polizontes, cuando viajaron desde el puerto de Valparaíso hasta el de Antofagosta.

«Nos metimos en un baño que estaba en pésimas condiciones. Estaba apestoso y lleno de caca. Pero nos descubrieron. A Ernesto lo pusieron a limpiar los baños y a mí a pelar papas y cebollas. El pobre tuvo que restregar no solo la suciedad existente, sino también mi vómito, pues yo no estaba muy bien. Por la noche, el capitán nos invitó a jugar canasta. Pelao era un entendido, y yo me defendía. El contramaestre fue a reclamar, pero las cartas fueron más fuertes. A las 12 de la noche ya estábamos comiendo huevo y jamón fritos, y el contramaestre reventando de ira y odio...».

Con una vitalidad asombrosa para sus años, Granado se complacía con extraer de su memoria las anécdotas que lo unieron para siempre al Guerrillero Heroico, a quien conoció cuando todavía le llamaban Pelao, porque se había cortado el pelo a rape. «Nunca olvidaré el día cuando el Che se encontró con una anciana que tenía problemas tumorales y le dio los pocos medicamentos que le quedaban. Había allí tanto polvo que le provocó un tremendo ataque de asma, el cual solo pudo ser calmado con adrenalina.

«A nosotros nos unió el deporte y la literatura. Ernesto era compañero de estudio de mi hermano menor, quien, como yo, jugaba rugby. Y el Pelao quería jugar también, mas, como era asmático, nadie lo admitía en su equipo. Sin embargo, como siempre creí que el deporte es una excelente medicina, lo incluimos. Cuando intimamos, comprobamos que teníamos muchos proyectos similares, y el viaje siempre estaba metido en el medio. Ernesto en el 50 salió a dar un viaje por Argentina. Después de eso pensamos en la posibilidad de hacer un periplo más grande juntos y empezamos a hablar del tema como un asunto de ambos.

«Hubo un momento en que yo tuve que salir de mi puesto de trabajo en el sanatorio que estaba en San Francisco del Chañar, por algunos problemas con el Partido Peronista. Caí en la ciudad de Córdoba, donde la lucha por la vida es diferente y los médicos se ocupaban más por hacer plata que ciencia. Me sentía muy mal. Estaba aburrido. En septiembre del 51, Ernesto fue a la casa, pues tenía una semana de vacaciones. Conversamos, cantamos, en fin, nos divertimos. Y mi hermano más pequeño me dijo: “¿¡Por qué no montas al Pelao en la grupa y se van pa’l carajo!?”. Nos miramos y nos dijimos: vamos a hacerlo. Él se comprometió a aprobar todas las asignaturas posibles, mientras yo me puse a arreglar todo los documentos necesarios. El 29 de diciembre salimos de Córdoba».

A los 30 años, Granado había realizado sus sueños: ser científico, viajero y tener una familia después de casarse con su compañera de toda la vida, Delia. Se volvió a encontrar con el Che tras el triunfo de la Revolución. «Fue cuando escuché el fantástico discurso de Fidel en la Sierra Maestra, en el año 60. Sus palabras reflejaban lo que yo había soñado, así que me quedé en Cuba. Después de unos años en Santiago, regresé a la capital, donde dirigí un departamento de Genética, hasta que me jubilé en el 94. Más por cuestiones ideológicas que por necesidad, pues me parecía que me interponía a una de las grandes aspiraciones de los trabajadores, y que fuera motivo de lucha: la jubilación. Sin querer, me estaba convirtiendo en un freno para la gente que venía detrás.

«No obstante, no me quedé tranquilo, sino que me propuse contribuir a la desmitificación del Che. Fundé cátedras en la Ñico López, en la Universidad de La Habana, en Villa Clara, en Argentina... Fui creando un andamiaje que no me da descanso».

Sonreía Granado con ganas cuando alguien hacía mención a su modo de bailar, «al estilo de los latinoamericanos: carente de ritmo».

—¿Tanto tiempo juntos el Che y usted no trajo algún disgusto?

—Los dos éramos muy tozudos. Cada cual era a su manera, aunque yo era más suavecito. En una ocasión nos perdimos estando en Perú. Y ahí empezó la discusión, porque yo quería regresar por donde habíamos venido; y él, tomar otro rumbo. Fue tirante. No obstante, coincidíamos mucho. Yo era un poco más alegre, aunque, en realidad, el Che no era el hombre de la foto de Korda: siempre duro. Ese no es el Che. Él tenía mano izquierda, como se le dice a los toreros. Tenía virtudes que, entonces, me parecían defectos, como lo recto que era con los mentirosos.

—¿Algún otro comentario a los jóvenes en relación con el Che?

—No piensen que el Che es inalcanzable. Él era un hombre de carne y hueso. Para ser como el Che solo hay que cumplir con tres premisas fundamentales: ni decir ni aceptar mentiras, vengan de donde vengan; dar siempre el ejemplo, y no aceptar nada que no te corresponda. Si somos capaces de mantener esas cositas, estaremos acercándonos más a Ernesto.

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