Con licencia para la franqueza

La Muestra Joven está celebrándose del 3 al 8 de abril en los cines Chaplin y 23 y 12, además de en varias otras salas de la capital donde acontece no solo el concurso de documental, ficción y animación, sino también la muestra internacional, encuentros teóricos y exposiciones

Autor:

Joel del Río

Con el tiempo uno se habitúa, incluso a que te muevan el piso, y te toquen a la puerta, de modo tal vez intempestivo, reclamando atención. El ICAIC cumple años en marzo, y más o menos por esa misma época, desde 2001, el audiovisual cubano apuesta por crecer, e intenta naturalizar la provocación conceptual o estética, y apuesta por la renovación, y sobre todo, concede licencia para la franqueza. La alteración  de la habitualidad tiene que ver con la Muestra Joven, cuya oncena edición, dirigida hasta los preliminares por el cineasta Fernando Pérez, está celebrándose del 3 al 8 de abril en los cines Chaplin y 23 y 12, además de en varias otras salas de la capital donde acontece no solo el concurso de documental, ficción y animación, sino también la muestra internacional, encuentros teóricos, exposiciones y eventos relacionados con el crecimiento y el relevo.

Este año la Muestra se caracteriza por lo inabarcable e inclusivo. Y me refiero solamente a la competencia. El evento todavía discute sus parámetros de escogimiento, y eso es bueno, para no derivar hacia el terreno de las exclusiones caprichosas que marcaron la última edición del Festival de La Habana. Entonces, así inclusiva como es, la competencia cuenta con 37 obras de ficción —hay dos largometrajes, Habanastation y La piscina—; 41 documentales de los diversos estilos, propósitos y duraciones; y nueve animaciones, en un conjunto ciertamente inabarcable, en sus líneas más reveladoras y sugerentes, ni siquiera por el más intuitivo y conocedor en el plazo de los seis días.

Por primera vez en mucho tiempo el interés por las obras en competencia se ha desplazado hacia la ficción, porque a mi entender, esta ha sido la Muestra de Camionero y La piscina, sendas revelaciones de poéticas contrapuestas: Camionero desde la fluidez, la sugestión-identificación y el efectismo dramático; La piscina desde el riesgo latente en la crudeza verista, en la arriesgada recreación del  vacío, el aislamiento, la soledad y la minusvalía.

A través de Camionero, Sebastián Miló expone el lado oscuro, sórdido, incluso bestial, del espacio estudiantil interno, becado. Hay un adolescente, Randy, que es objeto de atroces abusos, discriminación y acoso, ante la indiferencia o el desconocimiento de las autoridades del plantel. Obra valerosa y penetrante, el corto está lastimado por un epílogo efectista e injustificado, que anula un tanto su atendible reflexión sobre la violencia. El director y guionista debió explicar de algún modo la solución extrema del protagonista (otra vez excelente Héctor Medina) quien cuadruplica la violencia que ha recibido, y por lo tanto, la luneta exclama sorprendida, choqueada, pero la denuncia casi se anula en el demencial ojo por ojo.

Un estilo enunciativo totalmente distinto al de Camionero emplea Carlos Quintela en La piscina, marcada por las acciones mínimas y un estilo casi documental, que registra el apático entrenamiento de cuatro adolescentes con diferentes discapacidades. La película ha pagado el alto precio de su excepcionalidad discursiva, de su ritmo narrativo y de montaje a ratos lánguido y quizá demasiado apacible, y ya he escuchado inexorables juicios de que «no pasa nada», «aburre y mortifica», «es la cámara paralizada ante hechos simples y personajes sin atractivo». Respeto los criterios adversos, pero respeto mucho más el certero talento de Quintela, y de su guionista Abel Arcos, para sugerir conflictos, frustraciones, carencias, incluso tragedias, sin machacar al espectador con el latiguillo de los diálogos escritos para remachar, y las imágenes puestas en función de la anécdota unívoca y el desenlace resolutorio. Admiro profundamente la osada renuncia a las obviedades narrativas por parte de una obra prístina y compleja, decidida a comunicarse con quien esté dispuesto a renunciar a sus prejuicios, presto a dejarse llevar por sutilezas y medios tonos, en lugar de la aburrida claridad y los esquemas conductuales para representar la cubanía donde se refugia la mayor parte de nuestras películas profesionales. La piscina se desmarca de la habitual subestimación del espectador y aspira a un auditorio culto, sensible, capaz de concebir como extraordinaria la aventura irrepetible de cuatro criaturas inermes, que nadan y juegan, bajo un cielo proceloso, inundados por la luz inclemente del trópico.

En cuanto a la ficción, quiero mencionar además cuatro cortos atractivos por muy disímiles razones. Sobre Habanastation hemos hablado más de lo prudente, y a Juan de los muertos (que se exhibe en la Muestra como invitada especial) le llegará el turno en los próximos meses, cuando esté de estreno en todo el país. Historias bastante excepcionales, todas extraídas de la intimidad de seres retorcidos o enajenados cuentan AM, de Daniela Miriuso; El rito del alacrán, de Antonio Quiñones; Kendo Monogatari, de Fabián Suárez; y Loca, dirigido y centrado por Claudia Rojas.

AM emprende una sagaz desconstrucción de la masculinidad hipertrofiada, al nivel reguetonero, marginal y nocturno-promiscuo que es, a la vez, crítica saludable y acusación necesaria. El rito del alacrán vuelve a regalarnos el placer de disfrutar el histrionismo de Broselianda Hernández como una madre sobreprotectora e incestuosa, en un corto que coloca el golpe de efecto, y el merecido culto a su actriz protagónica, por delante de la racionalidad en el tratamiento de tan delicado asunto, y entonces se sacrifica la coherencia del relato, y al final queda la impresión de algunos buenos momentos en una historia esbozada en rasgos apresurados y exagerados.

Guionista y director de Kendo Monogatari, Fabián Suárez se mueve con admirable pericia entre la chacota a la vulgaridad y al materialismo de sus personajes, y el gesto final dignificante, que los redibuja seres leales, sacrificados, en cierta medida estoicos, portadores de renuncias mayúsculas y lealtades sin nombre.

A ratos hilarante, por estentórea y conscientemente improvisada, Loca, que codirigieron Claudia Rojas y Ángel Bárzaga, presenta un ejercicio tenso, experimental y dinámico de realización, en tanto sigue y persigue, durante 25 minutos, a un solo personaje: una demente que grita imprecaciones y susurra tristezas, mientras camina por el Malecón, y el colinde entre el Vedado y Centro Habana.

En términos documentales, la Muestra no carece de obras que contribuyen certeramente al restablecimiento de ese género en Cuba, más allá del que produce el ICAIC (se impone reconocerlo) puesto que de los que me parecieron más atractivos y arriesgados, puedo contar tres producidos por la Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños (De agua dulce, Compacta y revolucionaria, Cuerda al aire) y otros dos patrocinados por la Facultad del Arte de los Medios de Comunicación Audiovisuales (FAMCA) (El evangelio según Ramiro y Pero la noche), mientras que el excelente Los «bolos» en Cuba y una eterna amistad, regreso a la realización del consagrado Enrique Colina, fue promovido por la BCI Communications.

Orgullosamente reconozco haber tenido razón cuando presentaba en JR a Damián Saínz y Marcel Beltrán, en un artículo similar a este, hace justo un año, entre los realizadores a tener en cuenta en el ambiente documental de la Isla. Saínz vuelve con De agua dulce, que se las ingenia para hablar sobre un lugar y un personaje, un río y un pescador, ambos intrínsecamente ligados, en un oscuro devenir de acechantes anhelos y pérdidas enormes, porque Saínz confía sobre todo, y por suerte, en un documental sobre la incertidumbre, la inseguridad y la bifurcación, como le declaró al periodista Abel Oliveras en Bisiesto, el boletín de la Muestra Joven, que de fatuas seguridades y vanidades satisfechas estamos hartos, parece decirnos De agua dulce muy quedamente, como el agua que fluye tranquila.

Compacta y revolucionaria, dirigido por la realizadora portuguesa Claudia Alves, y Cuerda al aire, del antes mencionado Marcel Beltrán, se acercan a personajes situados en medio de su consagración más alta, y al borde del naufragio y la derrota, a pesar de sus respectivos e ingentes esfuerzos, talentos y absoluta confianza en las posibilidades de la gente. Comprometidos con sus personajes, y con el imperativo de la franqueza y la revelación, están también Gretel Marín con Pero la noche y Juan Carlos Calahorra con la muy provocativa El evangelio...

Por último, Los «bolos» en Cuba y una eterna amistad, otro invitado especial a esta Muestra, significa la más completa, seria y valiosa investigación audiovisual sobre los 30 años de presencia soviética en la Isla, y por supuesto, la restitución memoriosa se verifica mediante invaluables imágenes de archivo, y a través de muy copiosas entrevistas, a personajes de la más diversa extracción social y calidades intelectuales, en testimonios que pasan por el tamiz de la nostalgia y el choteo. Convencido de que «lo curioso no es como se escribe la historia, sino como se borra», y mucho más seguro de que el subdesarrollo es, esencialmente, la incapacidad para acumular experiencias, Colina aporta una obra, sin dudas, beligerante y progresista.

A pesar de la insistencia cacofónica en ciertas imágenes cuya obviedad simbólica resulta un tanto redundante (como la transfusión de la matriuska al mambí) Los «bolos» en Cuba y una eterna amistad es conmovedor y elocuente, detallista y audaz, auténtico sin llegar al pesimismo, porque cuando se acaban los testimonios, y ruedan los créditos, y sale una preciosa niña negra, que baila con los Van Van, ella sola, sobre el fondo de un amasijo de tendederas eléctricas, sobre una pared mugrienta, donde se puede adivinar el dibujo de las dos banderas entrelazadas, uno entiende, o le parece entender, que Colina nos ha entregado un documental sencillo solo en apariencia, porque está cargado con la polisemia y las intertextualidades postmodernas que tantas veces nos regaló en sus documentales anteriores.

La Muestra, como siempre, ha sido el lugar del descubrimiento. Porque a la hora de los premios, y de la selección natural impuesta por el talento, a nadie se le ocurre exagerar el espíritu inclusivo.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.