Ineludibles comprobaciones

Los documentales Luneta No. 1 y A un siglo de El Vedado, recientes estrenos del ICAIC dirigidos, respectivamente, por Rebeca Chávez y el dueto Carlos León y Cristina Fernández,  aportan nuevas aristas a la historia de la cultura en Revolución y de la ciudad capital

Autor:

Joel del Río

Cuando la necesidad de validar la memoria, y sedimentar los recuerdos esenciales de una nación, se convierte en imperativo cultural de primera magnitud, aparecen documentales como Luneta No. 1 y A un siglo de El Vedado, recientes estrenos del ICAIC dirigidos, respectivamente, por Rebeca Chávez y el dueto Carlos León y Cristina Fernández. Y si bien la concupiscencia recordadora apenas constituye un aval que garantice la trascendencia artística, ambos aportan nuevas aristas a la historia constantemente reescrita de la cultura en Revolución y de la ciudad capital.

Recordada sobre todo por los documentales de perfil histórico-biográfico y por el largometraje de ficción Ciudad en rojo (2009), Rebeca Chávez entrevista a intelectuales y artistas de varias generaciones (los entrevistados hablan a cámara sin que veamos ni escuchemos a la entrevistadora ni sus interrogantes), quienes se refieren, sumariamente, a algunas de las grandes polémicas político-culturales de la etapa revolucionaria. Mediante el testimonio de Alfredo Guevara, presidente del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, se hace referencia a la censura real o supuesta del documental PM, a las polémicas sobre política cultural en el primer Congreso de Educación y Cultura, y a las diferentes tendencias que pugnaban por imponer el realismo socialista y la línea estalinista en los años 60 y 70.

Los artistas de la plástica Liudmila V. Patrulina y Nelson Ramírez relatan una experiencia que desentona con el momento inicial consagrado a Alfredo Guevara, y tiene mucho más que ver con el final del llamado socialismo real en los países de Europa del este, donde ambos nacieron y vivieron. El testimonio es elocuente, y también está colmado de impresionantes imágenes y sinceras emociones, solo falla la conexión con el segmento anterior, que únicamente se aprecia cuando se refieren a la Crisis de Octubre y al modo como se establecieron las relaciones con los países socialistas de Europa.

En torno al modo como sienten la Revolución, giran los testimonios de los periodistas Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, un tema que daría material de sobra para cinco o diez documentales más, pero que en este actúa como elemento de dispersión temática y ruptura del eje conceptual discernible hasta ese momento: artistas e intelectuales reflexionando sobre las difíciles metamorfosis de los diez o 15 años posteriores al triunfo de la Revolución, y los vínculos entre la política y la cultura.

Al final del documental, Guillermo Jiménez, director del diario Combate durante los años posteriores a 1959, alude al juicio de un traidor, y el documental apenas ofrece argumentos que permitan comprender lo que se está narrando, lo que ocurrió, cuáles eran las acusaciones, cuál la condena, qué trascendencia tuvo el caso. Todo ello queda en conocimiento de los más informados. Y este críptico final conspira contra la comprensión y funcionalidad del documental todo, que en su recta conclusiva  opta por las medias palabras y las insinuaciones en tanto hasta ese punto reclama, con toda la razón y la fuerza necesarias, transparencia, diversidad de opiniones, mayor información, revisión del pasado, como sugiere la imponente imagen del Malecón repleto de micrófonos ávidos por reconstruir y volver a relatar el ayer.

Lo mejor, y más revelador de Luneta No. 1 es la cantidad de interrogantes que abre, incluso para los supuestos conocedores. Es increíble la densa oscuridad que existe en torno a sucesos y personajes que están a la vuelta de tres, cuatro o cinco décadas. Y a través de materiales de archivo casi o completamente inéditos, el documental sugiere e ilustra, se propone abrir puertas y apostar luces en torno a las zonas menos conocidas de nuestra historia reciente.

Luneta No. 1, a pesar de sus reiteraciones, desviaciones temáticas y oquedades informativas, supera con creces esa carencia de asombros, y de revelaciones mayores, que caracteriza a cierto sector de los documentales historicistas producidos por el Icaic.  Aquí se prescinde de la voz en off que no solo intenta reforzar cansina y machaconamente lo que ya estábamos viendo, si no que explica con una obviedad inveterada los propósitos del documental, y Rebeca Chávez huye de las verbalizaciones concebidas con didáctica fruición. Las entrevistas y las imágenes de archivo deben bastar para reconstruir y entretejer, vívidamente, circunstancias que piden a gritos posteriores acercamientos. Y la fuerza de las declaraciones de los numerosos entrevistados, la contundencia de sus juicios, empuja al espectador a plantearse una o dos preguntas que el documental responde de manera a veces sesgada, otras de forma intrincada y, en ocasiones, cacofónica.

A un siglo de El Vedado, como anuncia desde su título, se propone rememorar las glorias y mencionar algunas de las actuales contrariedades, de un barrio capitalino asociado en el imaginario colectivo con la esencia de lo metropolitano y lo moderno, a partir de símbolos como sus calles Línea y 23, sus mejores cines y teatros, hoteles lujosos y clubes nocturnos, por solo mencionar algunas «sustancias» que alimentan la mitología. El documental opta por la dramatización (hay dos jóvenes, un muchacho y una muchacha, que están investigando sobre El Vedado para sus respectivas tesis de graduación) en un sentido que a mí me parece efectivo y procedente, aunque me resulte un tanto pueril, y hasta rústico, el recurso de poner a hablar, mediante un actor (Héctor Echemendía) al barrio en persona, humanizado; un recurso que si bien puede funcionar en la literatura, en cine cuenta con ejemplos desacertados como ese mamut siberiano llamado Soy Cuba.

Cierta artificialidad que signa una obra beneficiada por la naturalidad, frescura y fotogenia de sus dos intérpretes principales (Carlos Enrique Almirante y Mirian Alameda) y por la loable llamada de atención a la conservación, cuidado y mejoramiento de un barrio emblemático del siglo XX cubano, se hubiera resuelto esta tal vez con un guión que le confiriera un papel real, menos esotérico y didáctico, al actor que «interpreta» en off a El Vedado; tal vez debió pensarse en algo así como un historiador del barrio, un ilustrado vecino, o simplemente el consultante particularmente culto de las tesis en cuestión.

Con producción de Carlos de la Huerta, y luminosa y azulada dirección de fotografía de Raúl Rodríguez, A un siglo... reclamaba mayor calado en la ficción, en la narratividad y en los recorridos de los personajes para lograr, precisamente, profundizar en la intención de retratar el glamoroso sector con ojos enamorados.

A pesar de todo lo dicho, con todo y las frases que entorpecen el homenaje nostálgico en lugar de iluminarlo, este documental ficcionado reúne una serie de fotografías y datos de inapreciable valor informativo, y por su valor de compendio y merecido ditirambo debería integrar el fondo videográfico de varios de nuestros canales televisivos, y reiterarse en lugar de tantísima insignificancia sobre entrenadores de perros y cirugías plásticas de dudosa calidad y ningún aporte útil. Y conste que la pequeña pantalla no es, de ninguna manera, insignificante destino para un documental. Por miles se realizan, a diario y en todos los países, los destinados a ese medio. Y los realizadores acometen tales proyectos sin complejos ni culpas. A un siglo... puede encontrar digno destinatario en la pequeña pantalla cubana.

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