Jirafas - Cultura

Jirafas

Esta cinta apunta a mirarnos, escucharnos sin prejuicios, a construir convivencias y a reconocer al otro, afirma su director Kiki Álvarez

Autor:

Jaisy Izquierdo

En el principio fue Claudia Muñiz quien «se apoderó» de las agonías legales de su amiga Olivia Manrufo por una vivienda, y las transformó poco a poco en un guión donde tres personajes fueron cobrando alma propia. Después, todo «quedó en casa». Paredes adentro del domicilio del director Kiki Álvarez y Claudia, la magia del set se compartía mientras alguno sonaba la claqueta, u otro cuidaba que el ruido exterior de una Habana Vieja palpitante no fuera a entorpecer la secuencia.

Así se filmó Jirafas, con un reducido elenco en el cual además de las dos actrices, participan Yasmani Guerrero, Mario Guerra y Marianela Pupo, quien también participó en la anterior cinta de Enrique Álvarez, Marina. Su sinopsis adelanta: una pareja de amantes, Lía y Manuel, ocupan la casa de Tania, y entre los tres comienza un enfrentamiento por el espacio. Al final tendrán que afrontar juntos un peligro mayor, el de ser expulsados por un inspector de Vivienda.

En busca de otros pormenores, JR lanzó sus inquietudes al realizador de filmes como Sed, Miradas, y La ola:

—¿A qué apunta el título de la película?

—A una tribu urbana, a una secta que habla un lenguaje privado e inaudible, a unos jóvenes que ya no gritan porque sienten que no los escuchan. Hay una canción que canta Manuel y termina diciendo: «Los hombres no me escuchan, no escuchan naaa… y solo me escuchan, solo me escuchan, las jirafas». Jirafas entonces apunta a mirarnos, tocarnos y escucharnos sin prejuicios, a construir convivencias y a reconocer al otro. Parece una película erótica, pero es una película política. Propone una naturalización de las conductas humanas y un mejoramiento de la sociedad. Las jirafas están ahí, por todas partes, a los demás nos toca reconocerlas, respetarlas y aprender a escucharlas.

—Jirafas fue producida de manera independiente, ¿qué piensa de este modo de producción al calor de los debates que en el seno del Icaic apuntan hacia la remodelación de la industria?

—La realidad es que existimos cineastas y productoras trabajando al margen de la industria y con nuevos modelos de gestión; la realidad es que estamos realizando el programa de Por un cine imperfecto, de Julio García Espinosa, y la propuesta de Titón de filmar con equipos más ligeros películas más urgentes, y todo esto sin dejar de tomar en cuenta la posibilidad de renacimiento desde la pobreza que proponía el manifiesto mesiánico de Humberto Solás. Hoy ya no se escriben manifiestos estéticos o políticos, pero se hacen películas que de alguna manera iluminan aquellas ideas. Aquellos eran tiempos de fundación, como diría Alfredo; hoy es tiempo de resistir, sobrevivir y desarrollarnos, sin perder la perspectiva de la cultura y la identidad.

—La trama vuelve sobre tópicos ya tratados en sus filmes como las relaciones fallidas de parejas, el tono intimista de sus personajes, los ciclones… y a su vez aparece el espacio temático de la vivienda, un tema álgido de la actualidad cubana, ¿esto es solo un pretexto o se trata de un acercamiento más profundo a nuestra realidad?

—Dice Eliseo Altunaga, un maestro, que las obsesiones no se discuten, y yo agregaría que tampoco se explican. Lo que puedo decirte sobre las recurrencias es que ahora mismo, siguiendo una estrategia propuesta por Ítalo Calvino, estoy sustrayéndole peso a mis películas, ando buscando la levedad. Por eso no quisiera que mis películas se leyeran bajo la pesadez de los símbolos; al menos las dos últimas: Jirafas y Venecia, están realizadas con la ligereza de un gesto, y más que desarrollar una mirada, la mía, están estructuradas a partir de los personajes y sus circunstancias. Ahí, sí hay una voluntad de indagación, de mirar la realidad cubana desde otros lugares y con una visión descentrada que yo me atrevería a definir como polifónica, como una poética de la multiplicidad y la conjunción.

—Cuando hablamos de Marina me dijo que la había concebido como un cuadro, con mucha luz. ¿Cómo es el tratamiento de la fotografía de Jirafas y cuánto aporta a la película?

—En Marina, los personajes estaban atrapados por los espacio, grandes paisajes estáticos por el que solo podían deambular, cansados, sin posibilidad de escapar a alguna parte. Eso definía el encuadre, la luz, y el distanciamiento de mi mirada. En Marina, yo era dios, o al menos estaba jugando a serlo. Pero Jirafas es otra cosa.

«Ahora la plenitud de los cuerpos, la fuerza telúrica de los personajes, ocupa todo el espacio y destruye cualquier posibilidad de encuadre o focalización. No hay mirada que los contenga, ni la mía, ni la de la sociedad, ni la mirada de Dios. Ellos no están encerrados en una casa, están refugiados, ocupan espacios abandonados, viven al margen, construyen su propia identidad, su propia convivencia, y lo único que nosotros podemos hacer es documentar su performance, compartiendo el espacio, la cercanía y los roces con ellos. Por eso la filmé en mi casa, es una experiencia privada que queremos compartir».

—¿Cómo fue el trabajo con los actores?

—En esta película, como ya te dije, los personajes están desarrollados a partir de los actores, sus propias vivencias, o vivencias cercanas a ellos. Lo que planificamos fue una puesta en situación. Yo quería que estuvieran sueltos, cómodos entre sí, y trabajamos, desde el diseño de producción hasta la planificación de la puesta en escena, para evitar imposiciones técnicas que los obligaran a estar pendientes o conscientes del equipo de filmación. De alguna manera operamos como un equipo de reportaje de guerra, filmando dentro de un campo minado y tratando de no ser percibidos en el instante de la filmación.

«Creo que es en esa espontaneidad, y en la ventana que abre hacia una Cuba interior, donde reside el éxito de esta película que, tras ser estrenada en Rótterdam, ha sido seleccionada por varios festivales y ganó el Premio Spirit Awards, que destaca la singularidad de su propuesta, en el Festival de Cine Independiente de Brooklyn».

—¿Qué nos puede adelantar de su proyecto próximo Venecia?

—En alguna medida Venecia es una continuidad de la propuesta que iniciamos con Jirafas, pero con un proceso de creación más radical. Aquí trabajamos con una escaleta en la que estaban descritas las situaciones y el itinerario de las protagonistas, pero el diseño de los personajes, la puesta en escena y la mayoría de los diálogos, nacieron de improvisaciones. Para mí es una aventura hermosa construir el relato con la colaboración de los actores y el resto de los creativos que concurren en una película; una estrategia de dirección más interactiva que se nutre de la energía de todos y construye a partir del diálogo de saber escucharse unos a otros. En los créditos dirá: una película de Kiki Álvarez, pero los que trabajamos en ella sabemos que es una película de todos.

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