Hacia un teatro inclusivo

Abel González Melo, un joven pero respetable dramaturgo, al que debemos obras definitivamente inscritas entre la vanguardia del nuevo teatro cubano, conversa con JR acerca de su fértil creación artística

Autor:

Frank Padrón

Abel González Melo (La Habana, 1980) ha perdido el diminutivo que hasta ahora acompañaba su rostro aún aniñado y eternamente joven; aunque sus amigos seguimos llamándole así, hace tiempo es un dramaturgo respetable, al que debemos obras definitivamente inscritas entre la vanguardia del nuevo teatro cubano (Por gusto, Adentro, Nevada…), de cuyas puestas siempre escriben los medios (inter)nacionales, pero aunque muchas de ellas han tenido exitosas representaciones «fuera de casa» (Repertorio Español [New York], Theater [Chicago], Akuara Teatro [Miami], lecturas dramatizadas en México…) el autor siempre anhela las puestas y la resonancia en su propio país.

Una de las más aclamadas es sin dudas Chamaco (llevada al cine por Juan C. Cremata con guión del propio G. Melo), que se estrenó en el festival habanero del año pasado, mientras en esta reciente edición del encuentro fílmico se pudo apreciar la cinta hispano-cubana La partida, también escrita por él.

Sobre esto es de lo primero que hablamos con Abel para JR:

«Sí, han sido experiencias muy diferentes. En este caso el director español Antonio Hens tenía clarísima su idea: una historia de amor adolescente en Cuba. Él es un enamorado de nuestra tierra y su perspectiva está llena de humanidad. La película huye de estereotipos y enfoca la relación de los protagonistas, encarnados por Reinier Díaz y Milton García, ambos estupendos actores. En los festivales donde se ha proyectado (San Francisco, Sao Paulo, Sevilla, Huelva, Tesalónica, etcétera), el público ha agradecido mucho el carácter documental del relato fílmico. Actúan figuras como Mirtha Ibarra, Luis Alberto García o Tony Cantó. Tengo muchas ganas de calibrar la reacción del público cubano.

—Chamaco continúa su recorrido internacional. Después de varios montajes en Cuba, Estados Unidos y Turquía, se estrenó este año en España con una excelente acogida.

—Así es, estrenamos en mayo en el teatro Fernando de Rojas, del Círculo de Bellas Artes de Madrid, ubicado en el cruce de las míticas calles Alcalá y Gran Vía. Se trata de una colaboración de Argos Teatro, dirigido por Carlos Celdrán, con las productoras españolas Artífice Escénico y Aquora, y con equipo artístico y técnico de ambos países. He adaptado el texto y ubicado la acción en el Madrid de hoy, con lo cual se refuerzan los temas de la inmigración y la soledad. La mayoría de los personajes son españoles ahora, y fueron interpretados por un elenco de primer nivel que encabezaron Ernesto Arias y Fidel Betancourt. En octubre pasado la puesta participó en el 28 Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz y en primavera volvemos en temporada a Madrid.

—Pero me hablabas de una nueva edición del texto…

—Cierto. Ediciones Alarcos acaba de reeditar Chamaco en un volumen que incluye la obra original y la versión española, fotografías y opiniones de la crítica. El libro se presentará el 21 de diciembre en la Sala Argos Teatro, y allí mismo se realizará una proyección única del montaje español.

—¿Qué hay del teatro «representado»?

—Carlos Celdrán dirigirá a inicios de enero la lectura de mi nuevo texto, Sistema, con el elenco de Argos. Y acabo de terminar Cádiz en mi corazón, expresamente escrito para la compañía española Albanta, que se estrenará en marzo con dirección de Pepe Bablé.

—En los últimos años te has desarrollado también como director teatral...

—Creo que ha sido una evolución necesaria de mi trabajo docente. El primer espectáculo que monté en Cuba, Por gusto (2006), fue una tesis de graduación de la Escuela Nacional de Arte.

«Desde 2010 dirijo el Aula de Teatro de la Universidad Carlos III de Madrid y allí persiste el repertorio clásico. He montado Las almenas de Toro, de Lope de Vega, y he tenido el gustazo de dirigir Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín y Bodas de sangre, en coproducción con la Fundación Federico García Lorca. Aunque mi primer espectáculo en Madrid fue cubano: Fábula del insomnio, de Joel Cano. Y ahora mismo preparo Bacantes, de mis maestras Raquel Carrió y Flora Lauten. Como ves, la Isla siempre está conmigo».

—Muchos ignoran tu intensa dedicación a la labor pedagógica. Quizá por eso estarás coordinando el Primer Premio-Laboratorio Nacional de Escritura Dramática durante 2014, ¿es así?

—Exacto. Estoy feliz con esta iniciativa, que parte del Centro Cubano del ITI (Instituto Internacional del Teatro) y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, y que Argos Teatro acoge como compañía residente, con el apoyo del ISA, la Casa Editorial Tablas-Alarcos y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

«La convocatoria está abierta hasta finales de diciembre y en enero se elegirán diez participantes, teniendo en cuenta la calidad de los proyectos y la representatividad geográfica. Se trata de un espacio para autores emergentes que cocinarán su texto dramático a lo largo de un año, interactuarán con docentes internacionales y tendrán una estrecha relación con la escena. Disfruto dar clases. Con orgullo veo cómo Yerandy Fleites, Yunior García o Fabián Suárez, que han sido mis alumnos, van convirtiéndose en magníficos dramaturgos».

—¿Se contradicen el artista y el profesor que habitan dentro de González Melo o se llevan bien?

—He sido un escritor muy apoyado por mis maestros, entre ellos Arrufat y Estorino. Me parece indispensable, casi una misión, transmitir la herencia de la dramaturgia. El teatro es artesanía y pende todo el tiempo de la cuerda floja. Puede llenarse de vulgaridad y egocentrismo en un segundo.

«Quiero compartir la idea de un teatro que conozca la tradición y la historia, que no se aferre solo a las veleidades del presente, que tenga vocación universal, ame el lenguaje y no lo aniquile, sea múltiple, visceral y llegue hasta el último espectador. Un teatro donde quepamos todos».

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