Tataranieto de Faílde rescata el danzón

Ethiel Fernández Faílde, tataranieto del matancero creador del danzón en el siglo XIX, y flautista y director de la Orquesta Típica Miguel Faílde, conversa con JR sobre la agrupación y cuenta temores y añoranzas relacionadas con la pervivencia de este género musical

Autor:

Hugo García

MATANZAS.— Con solo 22 años de edad, alto de estatura, locuaz y emprendedor, así se nos presenta Ethiel Fernández Faílde, tataranieto del matancero creador del danzón en el siglo XIX, convertido posteriormente en el baile nacional de Cuba. En la calle Daoiz encontramos ensayando a este miembro de la Asociación Hermanos Saíz con la Orquesta Típica Miguel Faílde, integrada por 16 músicos y de la cual es su director y flautista.

—¿Qué significa ser descendiente directo de Faílde?

—Siempre digo que es una meta bien alta llevar el apellido Faílde. Primero porque en mí recae ese legado histórico que nos dejó, y debo intentar lograr que la juventud en Cuba sienta el danzón como un género muy suyo.

«Tener ese apellido en la escuela no me ayudó mucho, por ejemplo, porque cuando hacía las cosas mal me las ponían peor. Por tanto, me exijo mucho, mucho. Me he propuesto situar su nombre en el sitio que le corresponde. Sobre todo cuando me encuentro con personas que piensan que nuestro baile nacional es la salsa. Eso me entristece.

«Ello explica que tengamos un proyecto de revitalización del danzón, con nuevas sonoridades que a la juventud le gusta, como la timba, lo cual es una manera de atraerla. En Cuba y el mundo se han perdido muchos valores éticos y morales. Y este estilo trae consigo respeto, cortesía, buenos modales, valores que hay que rescatar».

—¿De Faílde que es lo que más te impresionó?

—Era un mulato alto, gente pasiva. Me impresionó sus sobrenombres: Miguelito Primero y El rey del cornetín. Intento estudiar todo el tiempo, porque era un señor músico, un trompetista excepcional, cuando sus contemporáneos le decían así. Estudio flauta, me esmero por ser bueno y representarlo dignamente en cualquier lugar.

—¿Quiénes son los bailadores de danzón?

—Eso me preocupa, porque la mayoría son personas mayores. Todo tiene una evolución en la vida. Si el son y la salsa consiguieron atraer a la juventud, gracias a Adalberto Álvarez, Van Van y otras orquestas salseras y timberas cubanas, entonces el danzón tiene que hacerlo igual y no quedarse esquematizado como está hasta ahora.

«Se ha mantenido casi idéntico a lo largo de un siglo y todo debe evolucionar sin perder su esencia, buscar timbres con sonoridades contemporáneas para conquistar a las nuevas generaciones. Tal vez sea a los jóvenes a quienes nos corresponda esa labor. Lo que se baila hoy no tiene nada que ver con el siglo XIX, eso debe tenerse en cuenta».

—¿Has compuesto danzones?

—Desafortunadamente no tengo ese don, o tal vez no lo he explotado. En Alejandro Falcón hemos encontrado un compositor que nos ha ayudado mucho, nos dio un primer tema titulado Monserrate, y lo grabamos en su segundo disco. En ese sentido nos hemos trazado varias metas, entre ellas buscar a jóvenes compositores que escriban para la orquesta.

—¿Cómo ha sido tu experiencia como director?

—Difícil, aunque desde los 18 años dirijo mi orquesta. Ahora tengo 22 y nos profesionalizamos el 14 de abril de 2012. Ha sido una experiencia única, que he aprendido a disfrutar. Trato de hacerlo lo mejor que puedo, y de apoyarme en personas que saben, como la directora de la Orquesta Sinfónica de Matanzas, que me ayudó mucho.

«Nosotros tenemos una formación académica clásica, no dimos música cubana tampoco en la Escuela Vocacional de Arte ni en la de nivel medio ni en el ISA, donde estudio segundo año en el curso para trabajadores.

«Por lo general, nadie viene a tirarnos una mano, a decirnos cuál es el camino correcto, todo lo hemos hecho nosotros, dándonos golpes, con las sugerencias del público. Cuando comenzamos nos decían que la orquesta hacía un “danzón sinfónico”, porque como veníamos de las escuelas de música, sonábamos como música clásica. A la gente le gustaba, pero para bailar no servía. Lo entendimos y cambiamos.

«Hemos incorporado otros géneros a la agrupación, debido al mismo público que pide son, mambo, chachachá, bolero, guaracha…, y en ese camino vamos buscando nuestro sello».

—¿Tropiezos de la orquesta?

—A pesar de ser la cuna de ese género, el danzón en Matanzas ha decaído. Creo que no se toma en serio por las instituciones culturales sin las cuales las orquestras danzoneras no podrían siquiera trabajar. Por ejemplo, en la Casa del Danzón nuestra orquesta no toca. Lo hizo solo una vez en diciembre, y porque  Cultura municipal no tiene presupuesto, entonces se usa música grabada o toca el grupo Acierto juvenil, que es subvencionado.

«Realizamos una peña en la Casa del Joven Creador, sede de la Asociación Hermanos Saíz. La otra, en la Casa de Cultura municipal, se terminó por las razones que te expliqué. Y ello a pesar de que el danzón se declaró, el pasado 24 de noviembre, Patrimonio Cultural de la nación cubana. Era para que se bailara constantemente, que hubiera peñas semanales. Solo así podríamos motivar a la juventud.

«Ahora hay un auge de la rumba, lo veo muy bien porque estuvo desvalorizada. Hablo con los danzoneros de otros municipios y me dicen que en todas partes se pone música grabada, que los conocen más en La Habana, Mayabeque y Artemisa, que en Matanzas».

—¿Cómo recibió tu familia y la orquesta la noticia de la declaración del danzón como Patrimonio Cultural de la nación?

—Fue algo superimportante e impresionante. Habíamos luchado tanto por eso... Mis músicos se pusieron contentos. Este es un reconocimiento al danzón, y por tanto a nuestra orquesta que lo revitaliza, que rescata partituras, que ha creado una página web para que se conozca de los clubes de danzón, sus actividades, discografías... Ahora tenemos el compromiso de no dejarlo morir.

—¿Qué se conserva del patrimonio de Faílde?

—En Matanzas hay un contrabajo de Faílde, que está en mal estado de conservación, en el Centro de Documentación de la Empresa Provincial de la Música Rafael Somavilla. Eso da ganas de llorar. Lo mismo sucede con su casa, que ahora es el Centro de Casas de Cultura, cuando debería ser un museo, incluso aunque no exista aparentemente tanta documentación, hay que buscarla, crear el Centro de Documentación Miguel Faílde, donde se investigue todo lo que tenga que ver con el danzón y los géneros que surgieron a partir de él.

—¿Quedan muchos Faílde?

—El único músico soy yo. Falleció mi tío Arístides Faílde, que era violinista, también mi bisabuelo Cándido, profesor de violín. Vivo con mi mamá, Bertha María Faílde, también una defensora del baile nacional.

—¿Cómo nació tu vocación por el danzón?

—Empecé bailándolo desde los cinco años de edad. Para mí el danzón es como el reguetón para muchos jóvenes. Mi juventud la pasé bailando danzón y otros géneros cubanos. Me sentía muy bien. Le dije a mi mamá que quería hacer las pruebas para la Escuela Vocacional de Arte, y aprobé. Vine a tomar conciencia de mi apellido y la importancia del danzón hace un par de años, con el trabajo de la orquesta. Un día me dio por decir: Vamos a hacer una orquesta típica, nos unimos, buscamos partituras, y empezamos tocando solo cuatro danzones. Ahora hay en nuestro repertorio 18 danzones y en total 46 temas. De Faílde solo contamos con Las alturas de Simpson.

—¿Qué te dolería que sucediera con el danzón?

—Que este esfuerzo haya sido en vano y que la juventud no se sienta identificada con este género. En Cuba hace falta una asociación de danzoneros, que realmente se preocupe por el danzón y su revitalización.

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