¡Te queremos, Julio!

Este miércoles falleció a los 89 años de edad el realizador de clásicos del cine cubano como El Mégano y Aventuras de Juan Quinquín

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Todos los que lo admiramos, que somos muchos por el mundo, llegamos a albergar la idea de que el gran cineasta Julio García Espinosa sería eterno, que lo tendríamos siempre cerca para ver en su espejo la representación del auténtico artista e intelectual, del ser humano sensible, amable, de ética ejemplar; la representación del hombre íntegro, de firmes principios e inteligente sonrisa. Tuvimos la esperanza de que sus 90, que hubiese cumplido el venidero 5 de septiembre, hubieran sido un excelente motivo para brindar por él y por la cultura cubana, que tiene el privilegio de contarlo entre sus principales creadores. Pero el autor de clásicos de nuestra filmografía como El Mégano y Aventuras de Juan Quinquín nos ha puesto de luto este miércoles con su triste muerte.

Premio Nacional de Cine 2004, García Espinosa, que tuvo el honor de fundar el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), que además presidió entre 1983 y 1991, desde hace tiempo se sumó a los imprescindibles no solo por haber dirigido el corto que ha sido considerado como el principal antecedente del nuevo cine cubano (El Mégano), sino por la notable obra que después nos legó como inspirado cineasta, al entregarnos documentales, largometrajes de ficción y guiones (basta con mencionar Lucía, de Humberto Solás, y La primera carga al machete, de Manuel Octavio Gómez), a los que siempre habrá que volver una y otra vez. Como mismo tendremos que seguir aprendiendo de sus más de 30 textos teóricos, iluminadores todos: desde Una imagen recorre el mundo (1975) hasta El día en que el pensamiento se detuvo (2003) y Fin de la historia (2004).

Al hablar de la que es considerada su obra cumbre, Espinosa, que estudió en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma junto a Tomás Gutiérrez Alea «Titón», contaba que al llegar a Cuba, después de esa experiencia vital que lo enfrentó al Neorrealismo Italiano, recibió la visita de unos policías del BRAC, que era el cuerpo represivo de la policía de Batista, quienes andaban en la búsqueda de libros «comprometedores». «Me llevaron preso aunque no me encontraron nada. Me ficharon por que yo había asistido al Festival Mundial de la Juventud en Bucarest durante mi estancia en Europa. Por aquel entonces existía la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que agrupaba a intelectuales y artistas, fui a dar a esa institución junto a Titón y allí nos unimos a Pepe Massip y a Alfredo Guevara y a tantos otros en la sección de cine, allí comenzamos a divulgar ideas neorrealistas. En eso estuvimos varios meses, nuestro principal objetivo era el de dar a conocer, que en un país pequeño también se podía hacer un cine de buena calidad con modestos recursos.

«Cansados de teorizar decidimos llevar lo aprendido a la práctica. Surgió la idea de hacer un corto, cada uno presentó un guión y el mío resultó el seleccionado, como siempre digo, no porque fuera el mejor ni el peor sino porque nos daba la posibilidad de realizar una práctica más completa. No era fácil hacer una historia sin sonido y comenzamos la realización, la musicalización vino después.

«El autor del guión escogido sería el director con la colaboración de los otros. Formamos un gran equipo: Jorge Haydú, Titón, Pepe Massip y hasta mi propio hermano Pedro García Espinosa. Seleccionamos para nuestro proyecto una zona pantanosa al sur de La Habana, cercana al Surgidero de Batabanó. A los lugares con esas características se le denomina médano, pero los pobladores le llamaban mégano, y de ahí le viene el titulo al filme. Nuestra intención no fue otra que la de mostrar un trozo de la vida de esos campesinos, la realidad de aquellos humildes carboneros», recordaba a cada rato Julio, cuando lo interrogaban sobre el nacimiento de El Mégano, por el que fue a parar a la cárcel.

Entonces le encantaba decir que «un filme no cambia al mundo, pero ha de hacerse como si lo fuera a cambiar». Lo innegable es que, como él mismo explicó, «rompió con todos los esquemas referentes a lo que se estaba realizando en la Isla, aquel cine tan similar al mexicano, al estadounidense y al argentino, aquel que camuflaba la realidad. Nunca se había realizado nada semejante».

Quien también fuera director de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, y el segundo cubano condecorado con la Orden de la Estrella de Italia, después del musicólogo Ángel Vázquez Millares, daba siempre la impresión de ser un creador incansable. Y él lo «justificaba» diciendo que lo que pasaba es que no le gustaba rendirse. Recuerdo que cuando arribó a sus ocho décadas de fructífera existencia, en el homenaje que se le rindió, nos afirmó: «Es muy gratificante llegar a esta edad y ver que tenemos tantos amigos, como dice el Gabo: todo lo que uno hace, es, precisamente, para que lo quieran más a uno». Pues bien, este enorme cubano puede descansar en paz: ¡Te queremos, Julio!

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