La muchacha del Escaramujo - Cultura

La muchacha del Escaramujo

La predilección de Katerine Barbón por los colores y el caballete la heredó de sus padres, quienes son también artistas

Autor:

Juan Morales Agüero

COLOMBIA, Las Tunas.— A sus 26 años de edad, Katerine Barbón Pérez ha hecho del arte el sentido de su existencia. Para esta joven tunera no hay obstáculo que se interponga en el ejercicio de su profesión. Tal vez por esa insistencia suya en enseñar todo lo que sabe es que la vida le ha dado tantas gratificaciones.

«Me gradué en el 2008 en la especialidad de Pintura, en la Academia de Artes Plásticas tunera», manifiesta. «Desde entonces laboro en la Casa de Cultura de mi municipio. Es un trabajo muy gratificante, porque me ha permitido conocer de primera mano cuántas potencialidades artísticas poseen los niños».

La predilección de Katerine por los colores y el caballete no le llegó «por amor al arte», como dice la frase popular. La heredó de sus padres, quienes son también artistas y profesores de academia. Ella se crió en ese ambiente. Así, desde muy pequeña se les hicieron familiares los pinceles y las crayolas.

«Cursaba la enseñanza primaria, y por instinto, comenzó a gustarme la técnica mixta. Siempre andaba pegando “cosas” o creando collages. Mis libretas escolares estaban llenas de dibujos. Los hacía mientras mis maestros impartían sus clases. Recuerdo que eso me hizo ganar más de un regaño», admite esta joven creadora.

Al concluir noveno grado, y con varias ofertas de estudio para elegir, optó por seguir el rumbo de sus progenitores en el mundo del arte, «aunque ellos no influyeron para nada en mi decisión». Entonces se presentó a la prueba de aptitud, aprobó y al comenzar el curso matriculó en la academia.

«La escuela me hizo cambiar mis ideas sobre el arte y me aportó elementos nuevos sobre escultura, pintura, cerámica… También me quitó la ingenuidad artística, porque me mostró que el arte pictórico va mucho más allá de pintar florecitas. Yo sentí llegar a un mundo de conceptos, novedades y tendencias. En el orden profesional, me convertí en una persona diferente», asegura.

Un momento trascendental para Katerine fue la discusión de su tesis, titulada El silencio de los excluidos. Tuvo por sustento el existencialismo, y como tema la muerte del alma. Su referente fueron las personas alcohólicas que, en no pocas oportunidades, carecen de motivaciones para vivir.

«La tesis fue una exposición de siete obras tridimensionales emergidas del cemento en la galería de arte de mi municipio. Incluyó varios performances, entre ellos una muchacha real toda pintada de blanco y con insectos encima. La muestra originó un debate, en el que expliqué los conceptos en que se basaba. Un jurado de profesores la evaluó y me otorgó la nota máxima.

Una vez graduada, Katerine fue ubicada en la Casa de Cultura de su localidad, donde atiende el movimiento de aficionados. Entre sus prioridades figura un taller de artesanía infantil llamado Pequeños gigantes. Está formado por diez niños de la comunidad de Santa Lucía, con quienes trabaja papier maché, semillas, cartones, recortería diversa, envases plásticos…

«Con chicos de ese taller obtuvimos el año pasado el Gran Premio del Festival Nacional de Instructores de Arte Escaramujo, en la categoría de Artesanía. Se trata de un concurso concebido para fortalecer la cultura popular tradicional y estimular el trabajo de sus promotores. Participamos con piezas elaboradas con conchas y caracoles a partir de la técnica de ensamblaje. La muestra que llevamos se tituló El arte y la naturaleza.

«Luego nos invitaron a hacer una exposición en La Habana, para la cual preparé a cuatro niños del taller. Llevamos 50 piezas hechas con elementos del mar. Se inauguró el pasado abril en el Centro Nacional de la Brigada José Martí. Como premio nos entregaron un trofeo precioso de una rosa en acrílico. También nos obsequiaron materiales para trabajar».

En fecha más reciente, el taller de Katerine tomó parte en el salón De donde crece la palma, organizado en Bayamo, Granma. Dos de sus alumnos presentaron obras de conchas en el certamen, que exige materiales de procedencia natural, nunca artificial. El evento es anual y se participa en diferentes instancias.

«La superación es una constante en alguien que quiera dedicarse al arte. Así fue como, después de graduarme en la academia, me licencié en Estudios Socioculturales. Todos los días intento aprender algo nuevo. De ese modo lo exige esta profesión que tanto me gusta. Y, claro, están los niños del taller. Verlos motivados y disfrutando lo que hacen es lo máximo que me puede ocurrir».

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