Puro lector

El público cubano es un ávido consumidor de la literatura

Autor:

René Camilo García Rivera

Los lectores de raza son una subespecie dentro de la Feria del Libro. Se distinguen entre sí, a la distancia, aunque nunca se hayan visto.

El típico espécimen anda entretenido, entra y sale de cada pabellón (sobre todo los menos coloridos), y se agacha o empina ante todos los libreros: no deja de escudriñar un solo título, aunque sepa que ahí no encontrará lo que busca. Inspecciona por hobby, pero se toma en serio su labor: se molesta si alguien osa apresurarlo.

Socialmente, el lector de raza suele tener un comportamiento restringido. Anda solitario. O en pequeños grupos de la misma cofradía. No cuenta detalles de su compra por temor a que lo defalquen. Es extremadamente celoso y desconfiado, sobre todo con otros miembros de su especie.

El puro lector es habilidoso para engatusar. Intercambia un pasquín de a medio por una novela y te convence de que saliste ganando. Su especialidad es jugar con los sentimientos de los vendedores para obtener rebajas, y de los amigos para que las paguen. Con los primeros casi nunca funciona, aunque persistentes como son no se cansan de intentarlo.

Estos sujetos peculiares —rara avis incluso en la Feria del Libro— padecen dos problemas medulares que les roba el sueño. Ningún sicoanalista, ingeniero, o economista le ha hallado solución: ¿dónde guardar las nuevas compras y cómo pagar sin arruinarse?

Sacrificar viejos volúmenes en el librero es una decisión difícil. El lector de raza prefiere regalarlos antes que botarlos. Otros más mercantilistas han aprendido a venderlos. Así se hacen de un fondo para otras inversiones.

En estos días de febrero la especie anda alborotada. Sus bolsillos sufren y en casa saltan las alarmas: ¿compraste más libros?, preguntan ofendidos. No comprenden al puro lector: su problema lleva tratamiento.

La lectura es como un vicio cualquiera.

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