¿Telones a medio abrir?

En tiempos en que mucho se habla de propuestas para niños, adultos y jóvenes, un grupo etario tan vulnerable e importante como los adolescentes queda en zona de penumbra, diluido entre clasificaciones, y al mencionar el tema se abre una escena con un enorme signo de interrogación


15 de Abril del 2017 21:18:44 CDT

El teatro es por naturaleza efímero, sucede en un tiempo y un espacio determinados, en ese momento particular se crean relaciones invisibles que desbloquean el corazón humano, siembran la semilla de la  empatía y hacen crecer la enredadera de las interrogantes y la curiosidad y esto tiene un impacto en el desarrollo de todo ser humano y de su futuro curso en la vida.

Yvette Hardie, presidenta de Assitej

Dieciséis años tiene Jennifer Brito, es estudiante de preuniversitario y confiesa que de teatro lo único que conoce son algunas presentaciones de ballet a las que ha asistido en la Sala Avellaneda del Nacional. «Nunca he visto una obra con actores y esas cosas». Al preguntar el por qué no se ha acercado a esa manifestación del arte, argumenta que en su círculo de amistades y en la escuela no se habla del tema: «es como si no existiera, conversamos de literatura, de series, de juegos, de danza, de concursos de canto, de aplicaciones de celulares, pero jamás de teatro. No conozco de ese mundo, pero me interesaría hacerlo, y ver qué tal».

Por su parte, Ana Karla Figueredo es un año mayor y su experiencia ha sido diferente. «La primera vez que fui al teatro fue como a los ocho años. Mis padres me llevaron a La Habana Vieja a una función de títeres y me gustó mucho, porque pensaba que tenían vida propia. En otra ocasión que asistí, había personas actuando con los muñecos y me llamó la atención la forma en que los actores parecían también seres fantásticos, por la forma en que hablaban o caminaban, era como mirar a gente muy parecida a ti, pero que venía de otro mundo para estar contigo. Y el lugar para conocerlos era el teatro. Creo que esa es la razón por la cual me sigue interesando hoy, aunque ya los títeres no me gusten tanto».

Como las caras de una moneda, ambas historias sirven de pretexto y se convierten en puntos de partida para asomarnos a una zona de nuestro panorama escénico y cultural que parece, por momentos, estar en penumbras. El arte de las tablas es una expresión universal de la humanidad y posee el poder de enamorar, de educar y comprometer. En tiempos en que mucho se habla de propuestas para la familia, en especial para niños, adultos, jóvenes e incluso para bebés, un grupo etario tan vulnerable e importante como los adolescentes queda en duda, diluido entre clasificaciones. Al mencionar teatro para adolescentes, se abre una escena con un enorme signo de interrogación.

Muchas son las preguntas que nos asaltan: ¿Existe esa modalidad, pero posee escaso público? ¿Habrá público interesado, pero no propuestas? ¿Les preocupa a los dramaturgos abordar temas afines solo a los adolescentes? ¿Acaso las opciones para ese sector quedan salvadas en el llamado teatro familiar? ¿Será este un grupo desfavorecido en cuanto a promoción de propuestas o apreciación artística? Para arrojar luz sobre estas y otras cuestiones, Juventud Rebelde indagó al respecto con tres teatristas, investigadores y especialistas.

De los primeros en atender nuestras inquietudes fue Jaime Gómez Triana, crítico, investigador teatral y asesor del Estudio Teatral La Chinche. El también profesor nos confesó que no tenía muy claro si existía o no un teatro para adolescentes, pero intuía que aquel que entre nosotros denominamos para jóvenes o juvenil suele o solía dirigirse más que nada a ese público.

«A veces se trata de un teatro demasiado didáctico, más cercano al que se escribe para niños, otras es teatro sobre adolescentes y no para ellos. Eso complejiza sobremanera el tema».

—¿Por qué, si se trata de una edad tan compleja, es el grupo más desfavorecido en cuanto a propuestas artísticas, en cuanto a «atención»?

—Quizá es que faltan textos. La preocupación de los dramaturgos no está enfocada en los problemas específicos de estos grupos. Cada autor habla de su tiempo, de su entorno y eso está bien. Creo que los proyectos para adolescentes deben construirse en escena y dándole participación a ellos. Si no se arman así se corre el riesgo de trabajar para nadie.

«Por otra parte, la idea de espectadores de esa edad está relacionada con la posibilidad real de tener espectadores del teatro en general. Hoy nuestra escena tiene un público amplio de esa edad y me parece que es un público que interactúa muy bien con las obras que se presentan. Aunque estas no estén dirigidas a ellos en particular, sino a la audiencia de la cual ellos forman parte. En ningún modo se trata de restar complejidad a la expresión escénica, de aligerar contenidos o de cargar la mano en lo didáctico. Si en verdad aparece el proyecto que dialoga con ese público, que los incluye, que los expresa, entonces quizá en ese caso se podrá hablar de teatro para adolescentes».

Cuando se escribe para los que tienen todo por conocer ningún tema es ajeno, afirma Liliana Pérez Recio. Obra Antigonón, un contingente épico, de Teatro El Público, de gran acogida entre los jóvenes. Foto: Ismael Almeida.

En tanto, para Liliana Pérez Recio, directora de la sala museo y del colectivo El Arca, el teatro para niños y ese que podría llamarse para adolescentes son  temas yuxtapuestos, pues, a su juicio, si aún tenemos mucho trabajo por hacer a la hora de comprender cuál, cómo debe ser el teatro que producimos, esas mismas inquietudes aparecen con relación a este otro grupo etario.

«Europa sigue siendo el horizonte que marca nuestras expectativas y paradigmas. En este sentido quisiera referirme a la Chambre des Théâtres pour l’Enfance et la Jeunesse, una institución belga que siempre ha sido para mí un modelo por sus resultados después de más de 30 años de trabajo multidisciplinario entre pedagogos, sicólogos, escritores y otros tantos especialistas que tributan al objetivo de pensar los temas y las formas para comunicarnos con niños y jóvenes a través del acto teatral. Leyendo sus publicaciones comprendí cómo un teatro se dirige a un grupo cuando se parece a ellos, cuando agarra un suceso muy específico de su realidad y lo desenvuelve con honestidad hasta sus últimas consecuencias, y esto puede ser el primer amor, o el divorcio de los padres, o un viaje, o el centenario de la primera guerra mundial, o la migración de las cigüeñas… Cuando se escribe para los que tienen todo por conocer ningún tema es ajeno, los habrá más urgentes, pero ninguno ajeno, el asunto está en el cómo.

«Y sí hay excelentes ejemplos contemporáneos de teatro pensado para adolescentes, como el trabajo de Emmanuel Márquez en México, o de Guachipilín en Nicaragua. También recuerdo un trabajo notable del grupo Todo Encaja, de Argentina, que pasó hace unos años por aquí».

—¿En qué se diferencia del que se hace para niños y jóvenes? ¿Qué tiene de especial?

—Supongo que la especificidad esté en los temas donde ellos puedan identificarse, también estéticamente, de acuerdo con los medios de hablarse en su presente. El teatro es una representación del mundo. El adolescente es íntimamente taciturno, introvertido, desconfía, cuestiona todo y a todo responde con evasivas, todo es urgente y trascendental o todo es una bobería… Es necesario ir a él, tener mucha paciencia para pescar su atención.

A veces hablamos de teatro sobre adolecentes y no para ellos; eso complejiza sobremanera el tema, asegura el investigador Jaime Gómez Triana. En la imagen la gustada obra Rascacielos, de Jazz Vilá. Foto: Ismael Almeida

Será por esas razones que Liliana no duda en compartir con JR un mensaje dejado por la maestra Lorna Burdsall, el cual pertenece a un texto del poeta Kahlil Gibran: «Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos, para que ellos tengan sus propios pensamientos. Tú puedes albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en casa del mañana, la cual no puedes visitar ni siquiera en sueños. Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no pidas que sean como tú».

¿Alfabetización teatral?

La Asociación Internacional de Teatro para la Infancia y la Juventud, (Assitej por sus siglas en francés), celebra cada 20 de marzo el Día Mundial del Teatro para Niños y Jóvenes, con el fin de abogar por el derecho cultural al acceso a espacios para el juego creativo, la representación, el teatro y la expresión. Esta asociación, única en su tipo, reúne a miles de artistas, educadores, profesores y productores comprometidos con ese quehacer. Pero incluso a esas instancias, en ocasiones la madeja permanece enredada, pues es menos complicado continuar rotulando o segmentando al público como niños o jóvenes.

Al respecto, Yunior García Aguilera, actor y dramaturgo (Baile sin máscaras, Todos los hombres son iguales, Cierra la boca y Sangre) comparte con JR la experiencia de haber visto obras dirigidas especialmente a los adolescentes. «En Londres, por ejemplo, pude ver al menos dos espectáculos que se acercaban a temáticas particulares de este grupo y estaban interpretadas por actores y actrices de entre diez y 15 años. Sin embargo, el público en las salas era mayormente adulto, y el programador lo anunció como una puesta “experimental”.

«En el caso de los adolescentes, todavía son escasas las obras, los colectivos o los edificios teatrales que los contemplen como un público potencial. El cine y la televisión les han dedicado un espacio mayor, pero el teatro, tal vez por sus formas de producción, sigue priorizando otros segmentos. Puede darse el caso de un texto con esas características o algún que otro espectáculo aislado, pero a la hora de agruparlos siguen siendo minoría».

Para adolescentes, todavía son escasas las obras, los colectivos o los edificios teatrales que los contemplen como un público potencial, refiere Yunior García. Obra Charlotte Corday, por Estudio Teatral La Chinche. Foto: Ismael Almeida

No obstante, Jaime Gómez Triana opina que el teatro tiene su propia magia. Si la obra es buena y conecta con el público no hace falta nada más y la audiencia sabe reconocer eso. Lo que falta es promoción, que las obras se difundan más, que se hable más de ellas.

Pero no todo es tan apacible como un suave remanso, pues la principal contradicción radica en lo peliagudo de fragmentar al público. En tal sentido, Yunior García explica que hay espectáculos concebidos «para jóvenes», donde se vuelve un problema dejar entrar a aquellos que se encuentran en los límites. «He visto grupos de adolescentes insistir a la puerta del teatro para que se les permita entrar a ver obras donde los desnudos, la violencia o el lenguaje les cierran el paso, a pesar de ser obras “juveniles”.

«¿Dónde están los límites éticos, temáticos o formales cuando se trabaja para este segmento? ¿Cómo hacer propuestas que los atraigan sin violar esos límites? ¿Cómo actualizar nuestros discursos dentro de un ambiente que “avanza” demasiado rápido? ¿Por qué nuestro teatro de figuras no ha explorado lo suficiente en la visualidad contemporánea, sin renunciar a las esencias de eso que llamamos Teatro? ¿Son los videojuegos, el cine de Marvel o los reality shows una competencia infranqueable? Pero más importante aún: ¿qué quieren/necesitan/reclaman los adolescentes cubanos cuando asisten a las salas teatrales»?

Posibles escenarios

Aún tenemos mucho trabajo por hacer a la hora de intentar definir, buscar las rutas por las cuales debe transitar el teatro que producimos, con el propósito específico de ofrecerlo a un público en formación desde edades tempranas, atendiendo a sus características y necesidades en función de su desarrollo por edades e intereses, señala Liliana Pérez Recio.

«Tendríamos que acotar a qué llamamos adolescentes, un término que no se refiere solamente a la edad como categoría para su definición, sino a un conjunto de condiciones sociales en las que se desarrolla el niño que avanza hacia la fase juvenil. De tal suerte que la Unicef viene desplazando las edades en las que comprende la condición de adolescente, dado por las transformaciones sociales que inciden en el individuo que aún no consigue o no se dispone a independizarse. Todo ello, por supuesto, sujeto a la diversidad de contextos culturales y sociales en el que podemos identificar al adolescente como público diana».

Para esta incansable creadora, insistir con las escuelas, escuchar y hablar por sus canales de comunicación son algunas de las vías eficaces para aproximarse. Ella junto a su colectivo de El Arca, siempre que encuentran una programación propicia buscan tocar las puertas de los preuniversitarios y de las secundarias.

«Lo bueno es cuando vienen en grupitos, cuando ya comienzan a salir sin los padres y eligen encontrarse en el teatro. Lo talleres son importantes, para que pasen de receptores a productores —no porque busquemos un talento— solo para brindar la experiencia, los medios para crear y expresarse, sin pretensiones de profesionalización. Es el momento de sembrar con un amor generoso e incondicional, sin juicios y con ejemplos; lo digo como madre de un adolescente flagrante, a quien conquistar se me vuelve la más tormentosa historia de amor que habré de vivir en la vida.

Los proyectos para adolescentes deben construirse dándole participación a ellos, teniendo en consideración sus pensamientos, inquietudes, sueños y preocupaciones. Obra Harry Potter, se acabó la magia, a cargo de Teatro El Público. Foto: Ismael Almeida

«Las compañías que realizan teatro para adolescentes son conscientes de esto, y se arman de todos los recursos posibles para conectar con su público: proyecciones audiovisuales, danza contemporánea, hip-hop, stop-motion, baloncesto, música rap en vivo… Aliados que se vuelven aun más necesarios en el caso de las obras en otro idioma, pero que merece la pena emplear para conseguir que los adolescentes se suban al barco y hagan el viaje que propone la obra».

Por su parte, más allá del interés de un dramaturgo, el repertorio de un grupo o las regulaciones de una institución, advierte Yunior García, están las soluciones. Tampoco deberían circunscribirse a las exigencias de un mercado. Son problemas complejos y requieren soluciones bien pensadas, bien intencionadas, mejor concebidas. No se trata de poner un parche, sino de forjar estructuras.

Como la literatura o la música, el teatro puede devenir clave para abrir mundos y redimensionar el pensamiento. Tal vez, el paso inicial es el que se da en casa, con la tutela de los padres. Pero de no ser así, toca a las escuelas e instituciones culturales asumir el rol de guías; conformar esa experiencia de responsabilidad colectiva lleva tiempo.

La directora, productora, escritora y maestra Yvette Hardie, quien es además presidenta de ASSITEJ, ha dicho que el teatro no se puede encasillar en un tema particular ni puede hacérsele encajar en un mismo molde siempre. Al teatro no se renuncia después de una mala experiencia. Puede ser trabajo duro y frustrante, así como agradable y atractivo.

«Conectar con el teatro, apreciar el teatro, puede exigir del esfuerzo de la audiencia. La función del espectador no es una función pasiva, receptiva. El teatro es una actividad que exige atención, compromiso, apertura, curiosidad y pensamiento crítico. Compromiso total, no solo intelectual, sino también físico, emocional y algunos dirían, espiritual. Cuando se produce este compromiso total, se están estimulando, simultáneamente, múltiples sentidos y la experiencia es más rica, poderosa y transformadora», agrega esa apasionada del universo escénico.

Muchos puntos en común con esas ideas tienen las valoraciones de la directora de El Arca, para quien la creación sobre las tablas, como arte de la presencia, necesita funcionar desde otras nociones de presencia, lo que ha de llevarnos a otras concepciones de participación. «En cualquier caso la elección de los medios y lenguajes dependerá del texto y ahí, como hemos estado discutiendo en los últimos años, la integración de las tecnologías demanda que seamos capaces de componer con ellas en lugar de colocarlas como meros ganchos de efecto. Se han de encontrar sus límites y prestaciones, su pertinencia poética. Las nuevas formas de comunicación, vienen con sus referentes visuales, también con su arquitectura y su dinámica, tal vez ya es hora de que practiquemos un teatro en abierto, donde escuchemos más y seamos, como anhelaba Gordon Craig en los albores del siglo XX, un teatro menos egocéntrico».

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