Un teatro con raíces en la montaña

Teatro de los elementos arriba a un cuarto de siglo de su fundación con el estreno de la obra  Montañeses, en su sede en el municipio cienfueguero de Cumanayagua

 

Autor:

Alejandro A. Madorrán Durán

 Montañeses, la más reciente obra de Teatro de los Elementos, constituye un significativo reflejo de la labor artística comunitaria que durante un cuarto de siglo ha realizado esa compañía desde su sede en el municipio cienfueguero de Cumanayagua, al frente de cuyo empeño se mantiene el incansable y soñador José Oriol González.

El proyecto se inició a principio de la década de los 90 del pasado siglo, recuerda su fundador. Varios alumnos de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro dirigidos por él, decidieron llevar su arte a lugares apartados en la geografía insular. En esas andanzas llegaron hasta Jacksonville, en la Isla de la Juventud; al barrio habanero de Romerillo y a Barrancas, una comunidad de inmigrantes haitianos en Santiago de Cuba.

Al término de un año de intenso quehacer, decidieron establecerse en su sede actual: una antigua finca que para mayor coincidencia, perteneció a los abuelos canarios de José Oriol. Fue el Ministerio de Cultura el que cedió esos terrenos a la compañía. Allí se construyeron las casas para los actores, aulas talleres, una sala museo, un ranchón comedor y un anfiteatro en medio del vergel de la campiña.  

Según cuenta su director, las actividades diarias del colectivo de artistas no difieren mucho de las de sus vecinos, pues «para sobrevivir también trabajamos la tierra. La leche de las mañanas la obtenemos de nuestras vacas, y sembramos café y viandas de ciclo corto. Tratamos de ser autosuficientes, aunque, naturalmente, hay cosas que tenemos que buscar en las ciudades».

Esa relación tan estrecha que mantiene Teatro de los Elementos con los hombres y mujeres que habitan en esa zona de la Isla lo evidencia la mencionada Montañeses, la cual acierta al evocar sucesos que marcaron las vidas de esas personas, como la lucha contra bandidos en la década de los 60, durante la cual se desplazaron poblaciones enteras hacia otras provincias para evitar el contacto con las bandas contrarrevolucionarias.

A la vez se insertan en el argumento problemáticas actuales como la de los jóvenes que se sienten cansados de la rutina en la montaña y se proponen encontrar mejores oportunidades en la ciudad. Decisiones no exentas de dolor y arrepentimiento, como muestra también la obra.   

La puesta en escena dirigida por José Oriol y con dramaturgia de Atilio Caballero, invita al público a desplazarse a través de un espacio natural entre bohíos, ranchos y ríos, y culmina con una onírica escena en un anfiteatro iluminado con antorchas, en la que convergen todos los personajes; estética que refuerza la autenticidad de la experiencia.

Contemplada en la edición 17 del Festival de Teatro de La Habana, Montañeses mantiene sus exhibiciones en el poblado de Cumanayagua. Así lo quisieron los organizadores del certamen para que pudiera ser apreciada en su escenario natural. «Parecía un poco loco que casi 80 personas viajaran 400 kilómetros (desde La Habana) para verla, pero felizmente esta idea fue bien acogida», expresó Omar Valiño, curador general del evento.

—Oriol, ¿considera una limitación para el nivel artístico de la compañía el hecho de que actúe regularmente en lugares no citadinos?

—Es cierto que al estar lejos de las ciudades donde generalmente se hace el teatro, tenemos que esforzarnos mucho por estar al día, por superarnos. Sin embargo, el estado de incontaminación del público para el que trabajamos es muy preciado. La naturalidad de sus reacciones constituye una fortaleza dentro del proceso creativo.

—¿Cómo ha sido dirigir Teatro de los Elementos durante tantos años?

—Dirigir una compañía y estar en ella es vivir intensamente la vida. Como mismo pasa en las familias, hemos tenido partos, fallecimientos y partidas. También pasamos por momentos de mucho esplendor y recaídas tristes y dramáticas.

—¿Qué razones lo impulsan a continuar?

—Seguir haciendo posible que artistas de la ciudad lleguen al campo para compartir sus experiencias y que a la vez fomenten la cultura de estos lugares. Ese ideal parte de mi admiración por el Teatro Escambray.

«Me retiene, además, el hecho de haber nacido aquí y de que muchos de mis vecinos todavía estén vivos. En este lugar siento que vivo una segunda infancia, al continuar bañándome en el mismo arroyo, mirando la misma mata de mango y puesta de sol. También creo en lo que decía Martí: la ciudad extravía el juicio, y el campo lo ordena y acrisola».

—¿Tienen nuevos proyectos?

—Desde hace algún tiempo, Nelson Domínguez, una gloria de la pintura cubana, se encuentra terminando su galería en nuestra sede. Él está muy ilusionado con promover valores estéticos y realizar un proyecto comunitario de cerámica con un fin utilitario, y nosotros, claro, lo hemos recibido con los brazos abiertos.

«También quisiéramos realizar una obra sobre los jóvenes y sus maneras de entender el mundo. Me gustaría hacer algo afín a sus intereses, escucharlos y tratar de entenderlos».

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