Pegadito a la basura - Cultura

Pegadito a la basura

La basura de un hombre puede ser...

Autor:

José Luis López

La idea me la dio un respetable vecino de buen corazón: «No la botes, que le puede servir a alguien. Déjala pegadita a la basura y verás que se la llevan». No es lo que están pensando. Se trataba de una ventana plástica, poco deteriorada, que tenía guardada hacía tiempo y estaba ocupando un espacio en casa que me era necesario. Así fue, cuando regresé al basurero con otra carga de desperdicios (hacía limpieza general), ya se habían llevado la susodicha ventana.

Soy «romántico» a la hora de hacer limpieza. Pienso que todo puede servir en algún momento. Más que eso, porque cuando necesitas algo no aparece en los establecimientos comerciales o está muy caro en las redes alternativas del mercado. También pienso en venderlo y recuperar parte de lo invertido, o simplemente regalarlo y hacer feliz a un núcleo familiar; pero el cubano, a pesar de las necesidades, es muy complicado y a veces pretencioso. Si le pones precio comentan: «¿Está vendiendo esa basura?». Si se lo obsequias, lo rechazan amablemente y después le dicen al primero que se encuentran: «Vino a regalarme esa cosa vieja, ni que yo me estuviera muriendo de hambre».

En otros lugares existe la posibilidad de la tienda de segunda mano, donde te puedes encontrar en venta objetos de uso, casi nuevecitos, a muy buen precio. No hablo de las casas comisionistas que aquí parecen «butic» llenas de antigüedades a precios exuberantes.

Reciclar es algo que traemos en la sangre desde antaño, cuando no existía el «plan tareco» ni los prominentes basureros en cada esquina. Recuerdo a mi padre y a mi abuelo decir en más de una ocasión: «A esto se le da una pinturita y queda como nuevo». Era bonito porque a veces escuchabas a alguien exponer con dulzura: «Mi abuela, mi mamá y yo, dormimos en la misma cuna». Claro está, no a la misma vez, pero era evidente que la pequeña camita con barandas había sido orinada, reparada y pintada, varias veces en 60 años.

Cuando llegaron las shoppings con las camas de hierro y de tubos, entre miles de artículos novedosos, la modernidad y las apariencias desplazaron la filosofía del ahorro. Entonces vino aquel eslogan del consumismo atado a la superstición: «¡No guardes más cosas viejas, que eso es atraso!». Me llega de cerca esa experiencia cuando estaba construyendo el inmueble familiar. En más de una ocasión sostuve fuertes querellas con mi esposa porque yo cargaba rejas, tubos y cabillas encontrados en disímiles depósitos callejeros, aunque fuera de noche y viniéramos de una fiesta.

Las acciones de «rescate» y las disputas valieron la pena porque todas las armazones de metal que hoy conforman nuestro hogar, y que tan bonitas se ven, existen gracias al «reciclaje» a toda costa, con el más mínimo costo. ¡¿Si yo hubiera tenido que pagar todo ese herraje?! En fin, eso es tópico para otro día.

Volviendo al tema de poner las cosas pegaditas a la basura. Es cierto que da resultado, pero no siempre sucede así. Tal es el caso de un amigo mío que vive en una esquina y a cada rato deja sentada a la suegra fuera de la casa, en la acera, pegadita a la basura. Hasta ahora no ha logrado que nadie se la lleve. Eso podría traer como consecuencia una grave contaminación ambiental. Por eso les advierto: ¡Cuidado con lo que deja «olvidado», pegadito a la basura!

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