Zuleydis Ortiz Puente, ¿Entre la espada y la pared?

JR dialoga con esta experimentada deportista santiaguera, quien está considerada entre las mejores esgrimistas cubanas de todos los tiempos

Autor:

Julieta García Ríos

Con 33 años, Zuleydis está en perfectas condiciones. Foto: Calixto N. Llanes Bien pudo ser una de las espectaculares Morenas del Caribe. Pero esa tarde llegó primero el entrenador de esgrima. La adolescente estaba decidida a empezar en un área especial, porque la Educación Física, además de aburrirle, le bajaba las calificaciones.

Había oído que si matriculaba en un deporte, los cien puntos estaban garantizados con solo tener buena asistencia y puntualidad. Le gustaba el voleibol, pero el profesor Víctor Salas se adelantó en la captación de atletas, la convidó a entrar en la esgrima y ella aceptó. Tenía 13 años y una carrera por conquistar.

Cuando han transcurrido 20 años de sus inicios, converso con la santiaguera Zuleydis Ortiz Puente, subcampeona mundial de espada en 1997 y sexto lugar en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. En su amplio palmarés destaca también el título en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Cartagena 2006.

Llego con el pretexto de hablar sobre su más reciente triunfo: la medalla de plata conseguida este año en la Copa del Mundo de La Habana. Tengo ante mí a una mulata de 1,77 metros de estatura y de 74 kilogramos de peso, nacida el 31 de enero de 1976.

Con especial cariño ella recuerda a su primer entrenador, Víctor Salas: «le debo gran parte de lo que sé, vio interés en mí, además de un buen físico y dio buenas recomendaciones para mi entrada a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) provincial», rememora. Luego vendría el pase a la ESPA nacional, donde estuvo tres años compitiendo por el equipo juvenil.

A los 18 años entró por fin al equipo nacional y desde esa fecha hasta ahora tiene como entrenador a Pedro Enrique Gómez.

«Él es un hombre sabio, muy consagrado a su trabajo. Ha sido como un padre y un amigo para cada una de nosotras. Nos aconseja no solo en lo deportivo, también en lo personal», confiesa.

—En el mundial de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 1997, discutiste el oro con tu compañera de equipo Miraida García...

—Ni me lo recuerdes. Yo tenía 21 años y solo había ido a algunas competencias internacionales de clase A, por la gira que hacíamos en Europa. O sea, no tenía gran experiencia deportiva. Hice equipo, porque en aquel tiempo para asistir a un campeonato mundial tenías que hacer equipo.

«En ese evento comencé muy bien, gané toda la ronda eliminatoria. Miraida, en cambio, tiró su grupo eliminatorio muy mal y pasó “por los pelos”. En un momento de la competencia nos saludamos. Me preguntó con quién me tocaba tirar y le dije: con quien me pongan. Yo siempre digo así.

«Recuerdo que todo me salía de maravilla y tenía un entusiasmo tremendo. A la final de cuatro —donde las medallas están seguras— llegamos tres cubanas: Miraida, Taimí Chappé, quien competía por España, y yo. La otra era una húngara. Me tocó contra Taimí y le gané. A Miraida le tocó con la húngara.

«Viene el asalto y la veo ganar. Nos tocó discutir el oro. Yo sentía que esa competencia era mía. Hasta el oro no paro, me decía. El duelo estaba 13 a 9 a mi favor. No sé si me creí con la medalla encima, el caso fue que el marcador se cerró 14 a 13, todavía con ventaja para mí. Pero ella lo empató. Y luego me dio el toque. Me quedé muda, aunque al final terminé contenta, pues era la primera vez que en un campeonato mundial Cuba cogía dos medallas: oro y plata. Eso fue gracias a Pedro Enrique.

—¿Qué sucedió después?

—Al año siguiente cogimos plata por equipos en el campeonato mundial de Suiza. Luego seguimos ganando Grand Prix y Súper Copas... hasta que clasifiqué para las Olimpiadas de Sidney. Esa es otra historia.

«Después de ganar mundiales me dije: ahora viene el sueño olímpico. Me erizo cuando recuerdo aquello. Estar en las Olimpiadas del Milenio fue algo muy grande.

«Tenía 24 años cuando llegué a Sydney con el número ocho del escalafón mundial. Imagínate que las páginas del ranking llegan hasta el 400 y pico en cada arma. Conocía a todas las tiradoras del circuito, porque las giras anuales nos lo permitían. Sabía cómo tirarle a cada una. Llegué a la final olímpica y decía: esto es increíble... «Estaba que cortaba. Por el camino me tocó batirme con mi compañera de equipo, Tamara Esterí. La eliminé y pasé a los cuartos de final. Allí me enfrenté con una suiza y ella me ganó después que yo estaba delante. Yo veía mi medalla asegurada. A esa mujer ganarme le dio una alegría tan grande que dio el toque de la victoria y se tiró al piso como diciendo: no puede ser... Cuando vi que ella se fue delante comencé a llorar y no paraba de hacerlo. Mi entrenador me dio ánimo, pues terminé en sexto lugar, y me explicó que mi error fue cambiar la táctica de pelea.

«Ese año 2000 terminé con el número cinco del ranking mundial. Después comenzó la mala racha de la esgrima cubana. Dejamos de asistir a los circuitos en Europa, a las competencias internacionales y prácticamente nos quedó el Villa de La Habana. Todo eso me hizo caer al número 487 en la espada. En esta etapa ha habido mucha inestabilidad.

«En el período de preparación para las Olimpiadas de Beijing solo asistí a Grecia, que era la última oportunidad y donde tenía menos posibilidades de clasificar porque estaban todas las estrellas. En el Preolímpico, celebrado en México, para ganar el boleto a Beijing tenía que quedar entre los dos primeros lugares. En la discusión de la plata el asalto estuvo empatado, fuimos a tiempo extra y finalmente perdí. Terminé en bronce».

—¿Te has sentido desanimada?

—Sí. Hace cinco años que no se celebra un campeonato nacional, o bien porque el armamento no llega en tiempo, o porque es muy caro. Hace años que no competimos con regularidad.

«Sin embargo, cuando estás en la pista, sales a darlo todo. Por eso la plata me supo a oro. Con ese resultado subí al puesto 87 del ranking».

—¿Qué te impulsa a mantenerte compitiendo?

—Sé que tengo condiciones. Con 33 años acabo de alcanzar una medalla de plata. Me siento con fuerza, aunque ya quiero hacer mi familia. Estoy en edad de tener un hijo y sé que después de los 35 aumentan los riesgos en el embarazo. Soy la capitana del equipo y le doy ánimo a las muchachitas para que entrenen y se esfuercen, aunque no haya competencias y el armamento no sea bueno. Quiero que vean en mí un ejemplo.

—¿Cómo haces para sobreponerte a las dificultades?

—Como todo el mundo, sigo adelante. Aunque me retire, quiero que la gente vuelva a hablar de la esgrima como lo hacía antes.

Atravieso los salones oscuros del Centro de Alto Rendimiento Cerro Pelado, donde transcurrió este diálogo entre touché. Pienso en las dificultades que debe sortear la joven, quien cada mañana inicia su duelo movida por un acto de fe.

«La vida es una espada con filo, pero debemos cogerle la vuelta», me digo cuando miro el reloj y reparo en que ya es la hora de recoger en el círculo a mi pequeño Daniel.

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