Félix Núñez González: Retirarse a tiempo no es cobardía

El «caballo de batalla» de aquellos equipos tuneros que antes prácticamente no le ganaban a nadie, recuerda su paso por la pelota cubana

Autor:

Juventud Rebelde

Con paciencia «asiática», Félix Núñez González se encaramaba una y otra vez en la lomita. Entonces Las Tunas casi no le ganaba a nadie, pero cuando él lanzaba cambiaba la película.

Así este hombre se abrió paso hasta el mismísimo equipo Cuba, aunque en aquellos tiempos sí había pitcheo de verdad. Sufrió el «fatalismo geográfico», como tantos otros peloteros, pero hoy todo el mundo reconoce su calidad.

Habla despacio, sin divagar. Por suerte para el periodista, Félix dejó las «curvas» en el terreno de pelota.

—Usted siempre lanzó con Las Tunas, cuando no tenía la tanda de bateadores que conocemos hoy. ¿Cómo se pueden ganar más de cien juegos con un equipo perdedor?

—El equipo se lucía cuando yo lanzaba. A veces hacían muchos errores, pero nunca les caí encima a mis compañeros. Sabía que ellos después me iban a responder. Siempre me sentí bien con Las Tunas, aunque tuve la posibilidad de irme para otras provincias.

—¿Por qué no se fue?

—Llegué a las series nacionales con la nueva división político-administrativa. O sea, cuando ya Las Tunas fue provincia. En ese primer año (1976) quedé en la reserva, pero en la serie siguiente hice el equipo y obtuve mi primera victoria. Recuerdo el marcador: 16 carreras por una. Aquello fue algo muy grande para mí. Nunca quise dejar el equipo donde me formé.

«Me propusieron irme para Villa Clara, Pinar del Río y Camagüey. Hasta un periodista habló conmigo y me dijo: “Félix, parece que a ti no te consideran en la preselección nacional porque estás con el equipo más débil”. Yo le contesté que de Las Tunas no me iba ni para hacer el equipo Cuba.

«Ya en la temporada de 1979-1980 fui a la Serie Selectiva con Orientales y quedamos campeones. Incluso recibimos una invitación para jugar en Nicaragua».

—¿Le gustaban las Selectivas?

—Cantidad. Estuve ocho años con el equipo Orientales y viví una gran experiencia. Ganar un campeonato como aquel fue algo grandioso. Veníamos de provincias distintas, pero luchábamos por una camiseta: la de Oriente. En ese tiempo había una rivalidad tremenda. Cuando nosotros íbamos al Latino teníamos mucho público que seguía a las «avispas negras». El estadio se ponía caliente.

—Me hablaba de los errores. ¿Usted se desconcentraba por una mala jugada?

—Trataba de no hacerlo. La concentración es muy importante. Yo solo no podía ganar un partido y mis compañeros no querían cometer errores. Eso está dentro del béisbol. Al contrario, lo que hacía era darles ánimo para que ellos se esforzaran más.

—¿Cuándo Félix sintió que era un pitcher establecido en la pelota cubana?

—Fue muy difícil abrirme paso, porque había tremendo pitcheo, sobre todo en Pinar del Río. Hice el equipo Cuba por primera vez en 1983, para los Juegos Panamericanos de Caracas. Ahí sentí que estaba consagrado».

—¿Cómo entrenaba Félix Núñez?

—Mi preparación esencial era la resistencia. Yo creo que lo fundamental para un lanzador es tener buenas piernas, porque la fuerza del brazo nace ahí. El pitcher es quien más trabaja en un juego de pelota, y si no tiene fortaleza en las piernas, no puede tener un buen resultado.

—¿Qué es lo fundamental para ser un lanzador dominante?

—Ni te creas que es tirar más de 90 millas. Lo fundamental de un pitcher es tener buen control, buscar dónde le duele al bateador. Yo lo tuve. Mi arma fundamental era la curva. A mí ningún bateador en conteo de tres y dos me esperaba recta.

—¿Usted decidía lo que iba a lanzar?

—Claro. A mí nunca nadie me dijo lo que tenía que hacer en el box. El lanzador debe pensar por sí mismo. Cuando te dan los palos porque te equivocas ya uno escarmienta. El lanzador y el receptor están más cerca del bateador y ellos son los que saben.

—Cuénteme cómo fue ese juego de 20 innings que usted lanzó.

—Fue en 1984 (el 21 de marzo), en el estadio 5 de Septiembre, en Cienfuegos. No se me olvida. Los pitchers siempre tienen su historia y esa es la mía. Ese juego quedó empatado 2-2. Mario Véliz lanzó todo el tiempo por Las Villas y yo por Orientales. En aquel tiempo le decían a Las Villas la trituradora, pues casi todos los peloteros del equipo Cuba estaban ahí: Muñoz, Víctor Mesa, Gourriel…

«Me acuerdo de que en el inning 16 trajeron a un emergente y me dio triple. Ya con esa carrera nos dejaban al campo, pero dominé a los tres que vinieron después. Dos por ponche y al otro en fly al center field. Es verdad que eso fue una cosa grande para mí. La gente decía que se me iba a partir el brazo de tanto tirar curvas».

—¿Cuántos lanzamientos usted habrá hecho ese día?

—Imagínate. El juego empezó a las ocho de la noche y terminó a la una de la mañana. Nadie andaba contando. Yo solo decía que podía seguir. Hoy no pudiera haberlo hecho con la regulación de los lanzamientos.

—¿Se ponía bravo cuando lo quitaban?

—Más o menos, pero antes había mejores relevistas que ahora, con todo lo que digan. Lo principal del relevista es tener control de lo que va a tirar y ahora todos vienen dando bolas. Recuerdo al villaclareño Isidro Pérez. Ese hombre venía y siempre lanzaba al medio. Por eso fue tan bueno.

—Dicen que Félix Núñez tenía dificultades en los primeros innings. ¿Es cierto?

—Así mismo. Por muchas razones. El pitcher es como los boxeadores: tú los ves brincando al principio y es que tienen nervios. Pero después que se tiran dos golpes se les quita. Lo principal para salir bien de los primeros innings es estudiar a los bateadores y enterarse de la zona de strike del árbitro. También es importante el último inning, porque al final quieres impresionar y a veces cometes muchos errores.

—¿Pudiera seleccionar sus mejores momentos en el béisbol?

—No sé, pero al menos recuerdo dos buenos momentos. Uno fue cuando llegué a mil ponches. Estábamos en Las Tunas, jugando contra Granma, y los aficionados habían oído por la radio que me faltaban ocho ponches para llegar a mil. En ese juego ponché precisamente a ocho bateadores y el último fue a Pedro Mora. Pero después rectificaron y resulta que me faltaba uno.

«Luego vino la Selectiva. Mineros y Serranos fueron a inaugurar la serie en Guantánamo y en el primer inning ponché a Kindelán. Ese sí fue el número mil. Es un recuerdo que no se puede olvidar.

«Otro momento lindo fue en el año 1986, cuando fuimos a los Juegos Centroamericanos en Santiago de los Caballeros. Hacía falta ganar un juego para ser campeones y solamente quedaban dos pitchers que no habíamos lanzado: Tati Valdés y yo.

«Entonces el director era Pedro Chávez y me puso a lanzar contra Antillas Holandesas, pero desde el principio tenía calentando a Tati Valdés. Eso psicológicamente me afectó. Saqué los dos primeros outs y el tercer bate me dio un jonrón. Por suerte ponché al siguiente bateador, que estaba como líder en average, y al final gané 6-1. Apenas permití cuatro hits.

«Le agradezco al psicólogo del equipo, que se puso al lado mío todo el tiempo. Fuimos campeones y viví uno de los momentos más felices de mi vida. Alguna gente decía que yo no convencía, pero demostré que servía para momentos difíciles».

—¿Hubo alguna injusticia con usted?

—Como siempre, a la hora de integrar el equipo Cuba hubo momentos difíciles. Recuerdo el entrenamiento para Indianápolis en San José de las Lajas. En los topes, siempre me ponían por la mañana, cuando los bateadores estaban «fresquitos». Nunca lancé en el segundo turno, a partir de las 11 del día, cuando todos estaban locos porque se acabara el juego. A lo mejor me equivoco, pero sentí que lo hacían para eliminarme. A Duvergel le pasó lo mismo.

—¿Usted se retiró por decisión propia?

—Sí. Creo que el deportista debe saber hasta qué punto puede rendir. Yo tomé esa decisión en 1992, cuando vi que venían muchachos nuevos y no tenía ese dominio en la curva que era mi arma principal. Una retirada a tiempo no es cobardía. Estaba lanzando en el estadio Sandino, de Villa Clara, y Víctor Mesa me dio hit. Entonces el director entró a quitarme y yo le pedí la bola al árbitro. Me preguntó: ¿qué tú vas a hacer? y le dije: «Tranquilo, esta es la última bola que tiré en mi carrera deportiva».

—¿Qué ha pasado desde entonces?

—Estuve trabajando con los juveniles en Las Tunas. En 1997 fui a jugar béisbol en Colombia, con el equipo de Cartagena de Indias. Ganamos el campeonato y me invitaron para la serie siguiente. Al regreso, me sumaron al entrenamiento de Las Tunas y en 1999 fui parte de la dirección del equipo. Actualmente trabajo en la Academia provincial con los lanzadores jóvenes.

—¿Qué ocurre con el pitcheo en Las Tunas?

—No soy licenciado, pero el que jugó pelota sabe un poquito de esto. En estos momentos se habla mucho de la slider, pero ese lanzamiento es para los lanzadores de velocidad, como Vinent. Sin embargo, en Las Tunas tenemos pocos pitchers de velocidad. Se ha perdido la curva hacia abajo. Todo el mundo tira lo mismo y los bateadores se dan banquete.

«Mi hijo está en la Serie Nacional. Siempre le digo que los lanzadores de baja estatura no pueden tirar por encima del brazo. Pero él tiene que respetar también a sus entrenadores. En la pelota todo el mundo tiene un librito distinto».

—¿Algo debe cambiar hoy en el béisbol cubano?

—Ahora hay más dolencias en el brazo que antes. Muchos lanzadores llegan al equipo Cuba y al año siguiente ya vienen con molestias en el brazo. Algo estamos haciendo mal.

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