La leyenda de Carmelo no tiene tramos

Con 90 años, el domador de las carreteras cubanas, quien se autodenomina un «bicicletero popular», recorrió en 19 días más de mil kilómetros hasta la ciudad de Baracoa. Con esta hombrada se despide del pedaleo de grandes distancias

Autor:

Richard López Castellanos

Noventa años no son para mostrarse desafiante. Así dicta la regla, pero Carmelo Cabrero Fresnillo es una excepción. El llamado ciclista solitario cubano casi pierde al aliento al recorrer en 19 días más de mil kilómetros por las carreteras de su país, y anunció en Baracoa que sus próximas metas no incluirán el paso de La Farola.

Feliz otra vez en la Primera Villa, Carmelo se disculpó con los periodistas por arribar más tarde de lo previsto.

—¿Cómo realizó la penúltima etapa del recorrido La Habana-Baracoa-Maisí?

—La travesía entre Playa de Cajobabo y Baracoa fue bajo condiciones muy difíciles, con un sol fortísimo y el aire siempre en contra.

—Lo vimos llegar acompañado de otro ciclista…

—Sí, se trata del baracoense Arnaldo Lobaina Arias, un joven que conozco hace años y fue a encontrarse conmigo en Cajobabo —lugar cercano a donde desembarcó José Martí por Playitas de Cajobabo, por donde se inicia el trayecto de ascenso a La Farola— porque temía que yo tuviera un accidente en el trayecto.

—¿Hubo algún contratiempo?

—Por suerte no, y me alegro de que Arnaldito, con su cámara, captara varias imágenes del recorrido, prueba fehaciente de que cumplí con todo lo que dije.

—¿Qué había dicho?

—Que no me bajaría de la bicicleta en ninguna loma de La Farola. Y así fue. Llegué a la cúspide de cada una deshecho, paré unas cuantas veces para descansar o contemplar el paisaje, y continué.

—¿Siempre es tan obstinado?

—Con esto de los recorridos sí. Mira, el trayecto de las Vueltas a Cuba siempre va de oriente a occidente, con aire a favor de los pedalistas. Yo hace poco me pregunté: ¿podré a los 90 años imponer el récord que significa pedalear de occidente a oriente, en contra de la lógica? Pues lo hice, ¡y con qué viento!

—¿Solo tuvo el aire en contra?

—Enfrenté tres grandes obstáculos: el viento de frente, las montañas de La Farola —para mí desastrosas—, y la resistencia que hace al aire mi querida bandera cubana, fijada a un palo en la parte trasera de la bicicleta y que hace trabajar más fuerte.

«Además, traía un maletín con ropa y alimentos para el camino que pesaba más de 20 libras. Pero al final todo el pueblo conoció que un humilde ciudadano de este país dio un ejemplo al mundo a sus 90 años».

—Usted dice que no es ciclista…

—No, por ningún concepto. ¿Dónde está mi traje de ciclista? Yo soy un bicicletero popular, simplemente.

—Una vez confesó que sus andanzas de bicicletero comenzaron para rehabilitarse. ¿Podría abundar sobre eso?

—En efecto, comencé a rehabilitarme en bicicleta, después de un grave problema de salud. Yo era jefe de un equipo de trabajo que inspeccionaba centrales azucareros y otros lugares donde hubiera calderas. En Palma Soriano, la irresponsabilidad de dos hombres que bebían ron provocó la explosión de una caldera por desatención a la válvula de seguridad del mecanismo. No hubo muertos, pero aquello levantó el techo y fue el acabose.

«Partí para Santiago de Cuba con un gran disgusto y en el camino sufrí un infarto. Me llevaron en avión para La Habana y en el hospital me restablecieron».

—¿Qué sucedió después?

—Ah, pues hice cierta amistad con el director del periódico Revolución mientras compartimos el mismo cubículo del hospital. Como a los seis meses le dije que quería ir en bicicleta desde La Habana hasta Nuevitas, mi pueblo natal. Se alarmó; me dijo que yo había pasado las de Caín, que estaba loco y quería suicidarme. Le reafirmé que haría el recorrido, y su reacción fue decirme: Pues pa’llá va un reportero ahora mismo. Te va a tirar una foto y tú verás.

«Publicaron mi foto en primera plana del periódico Revolución con un pie que hacía referencia a mi problema de salud, y otros datos. “Dudamos que llegue, pero si llega lo informamos”, concluía el pie de foto. Así comenzó el cuento del ciclista solitario cubano».

—Entonces lo del periódico fue providencial…

—Bueno, el pueblo de La Habana se revolvió. Fui a Nuevitas, hice el viaje de regreso a la capital y mantuve la idea de restablecer mi salud mediante el ciclismo. Tengo baches en la mente, pero eso fue hace muchos años.

—¿En qué bicicleta viaja?

—En la que pueda, porque yo mismo la pago. La de este recorrido hasta Baracoa y Maisí es japonesa, muy fuerte, con gomas usadas antes de iniciar el viaje.

—¿Sigue alguna dieta?

—En general lo mío es no fumar. Y como bien cuando puedo, pero nunca en abundancia. Detesto las salsas y la carne de cerdo grasosa. Lo que más agradezco es tener ensaladas, vegetales y frutas sobre la mesa. Durante los recorridos consumo mucha fruta y refresco. No pruebo el ron, aunque puede que una cerveza no venga mal, pero en la comida.

—¿Cuesta mantener la disciplina?

—Mira, sin disciplina no hay persistencia. He aprendido que la voluntad de vencer un objetivo es más poderosa que la fuerza para hacerlo.

—Usted dijo que este viaje al extremo oriental de Cuba es una despedida.

—Créeme que sí, que para recorridos largos voy a colgar el sable, porque agotan mucho. He subido y bajado La Farola bastante en 34 años.

—¿Hacia dónde pedaleará con 90 años?

—Ya pedaleé hasta aquí. En lo adelante partiré de mi casa en La Habana hasta lugares cercanos, como Pinar del Río.

—¿Se acorta la leyenda del ciclista solitario?

—La leyenda de Carmelo no tiene tramos. Si llegas a mi barrio y preguntas dónde vivo, hasta un perro responde. Eso cubre cualquier distancia.

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