Paradojas del empleo

Jóvenes de América Latina y Europa cuentan los sinsabores que atraviesan cuando comienzan su vida laboral

Autor:

Julieta García Ríos

El martes 24 de enero de 2006 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reportó a través de su agencia de noticias que el número de personas desempleadas en el mundo aumentó en el año 2005, sobre todo en un grupo cada vez más numeroso: los jóvenes.

La OIT, en su informe evidenció que el fuerte crecimiento económico no logró compensar el aumento en la cantidad de personas que buscan trabajo.

Entre los factores que afectan con particular dureza a los trabajadores pobres del mundo está la debilidad de la mayor parte de las economías para convertir su Producto Interno Bruto (PIB) en creación de puestos de trabajo o en aumento de salarios, junto a las secuelas de una serie de catástrofes naturales y el aumento del precio del petróleo.

Mientras, el mayor incremento en el desempleo se registró en América Latina y el Caribe, donde el número de desocupados aumentó en 1 300 000 aproximadamente y la tasa de desempleo aumentó de 0,3 puntos porcentuales en el 2004 a 7,7 para el año 2005.

El Oriente Medio y África del Norte siguen siendo las regiones con la tasa de desocupados más alta del mundo: 13,2 por ciento el año pasado; mientras que en los países desarrollados y la Unión Europea el indicador de desempleo que se reporta es de 6,7 por ciento.

Ante tal situación —incremento del desempleo y la inestabilidad laboral— se ha visto renacer a la clase obrera mundial.

Francia constituyó el primer indicador, con los estallidos en las calles de los suburbios parisinos, donde cientos de miles de jóvenes se volcaron a las manifestaciones. Luego, a inicios de marzo, otros tantos miles de trabajadores alemanes recurrieron al arma de la huelga, y en Gran Bretaña, el 28 de marzo, una manifestación de

1 500 000 trabajadores rechazó un plan del gobierno para reducir los beneficios de jubilación.

La huelga británica pasó casi inadvertida para los medios de comunicación mundiales. Pero en la cercana Francia, unos tres millones de estudiantes y trabajadores cerraron casi la mitad del país y marcharon en cada ciudad importante para defender el derecho a un empleo para los jóvenes trabajadores.

Del otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, millones de inmigrantes inundaron las calles de decenas de ciudades para reclamar sus derechos.

TIENEN LA PALABRA

Con el propósito de acercarnos a algunas aristas de esta situación, JR conversó con jóvenes de América Latina y Europa. A algunos los conocimos durante el Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba, celebrado el pasado 2 de mayo en La Habana, y a otros en la Brigada Europea José Martí, quienes actualmente visitan la provincia de Sancti Spíritus, luego de haber concluido dos semanas de trabajo voluntario en labores agrícolas en el municipio habanero de Caimito.

«Lo del empleo es algo serio», sentencia la francesa Hélene Despierres, de 21 años de edad, estudiante de Derecho Internacional, quien en su corta vida ya ha trabajado como obrera, en labores de restauración, y hasta de niñera.

«En Francia a los jóvenes se les hace muy difícil encontrar empleo, porque nos exigen calificaciones y experiencia laboral, algo que es absurdo. Creo que uno de los mayores inconvenientes es la falta de empleo. Y por eso hemos salido a las calles a manifestar nuestra inconformidad».

«Con 29 años, mi mayor trabajo ha sido buscarlo», dice el mexicano Álvaro Pedroso Ochoa, quien después de graduarse en Relaciones Internacionales se fue a Santiago de Chile, donde realizó una Maestría en Estudios Políticos; de vuelta a México le fue más complicado encontrar trabajo.

«En mi país la problemática laboral está pegando muy duro. La gente que estudia y está más preparada no es contratada por sobrecapacitaciones».

El anterior, explica, es un término muy raro que el gobierno ha inventado. «Con este pone requisitos para todos los tipos de puestos y servidores públicos. Uno debe tener los estándares para encontrar trabajo, y si los sobrepasa no eres contratado».

—¿Cómo has sobrevivido estos años?

—Varios miembros de mi familia autofinanciaron mis estudios. Y en el sector no contratado desempeño mi oficio de carpintero, que ha sido mi fuente de ingreso.

MESERO, BODEGUERO, PEONETA...

En los primeros años de sus estudios superiores en Ciencias Sociales, el chileno Víctor Acuña Jiménez fue mesero, bodeguero, peoneta —ayudante de los repartidores—, y junto al chofer de un vehículo descargaba los productos que comercializaba la compañía. Afortunadamente, cuando cursaba el segundo y tercer año empezó hacer «ayudantía universitaria» y aunque «mal pagada», tuvo una entrada económica.

Lo terrible, dice, es que como el costo de los estudios superiores es muy alto, muchos de los estudiantes universitarios prestan sus servicios a las grandes casas repartidoras de comida rápida. Trabajos flexibles donde los jóvenes laboran ocho horas, que acomodan en turnos que puedan asumir.

«Posteriormente, cuando sales de la universidad, es muy probable que termines haciendo lo mismo. Conozco muchos casos de licenciados que no han podido ejercer su profesión y están trabajando en estas cadenas o de secretarios, bibliotecarios... No han podido ejercer su oficio, porque lo que regula es el mercado y no el trabajo. Funciona sobre la base de la oferta y la demanda», apunta el joven.

Él está conciente que el mercado profesional joven, sobre todo de las Ciencias Sociales, tiene un desempleo funcional, porque se ocupan en proyectos de tiempo limitado. Lo que significa que no tienen posibilidad de jubilación, trabajan por boletas o talonarios y son considerados temporeros profesionales.

«La estructura estatal tiene un campo muy reducido, y acceder al mismo es casi imposible», concluye.

Elizabeth Corona Palmera es también mexicana. A sus 25 años estudia Lingüística, y como muchos otros jóvenes del planeta ya ha iniciado su vida laboral.

—¿Qué debes enfrentar cuando buscas empleo?

—Lo primero es la discriminación. Tienes que vestir con el patrón que ellos consideran presentable, elegante. Con la ropa que traigo —tradicional indígena—, no puedo ir a buscar trabajo, porque me lo niegan. Si yo quiero buscar un empleo formal, de solo mirarme a los pies con estas guarachas (sandalias), es imposible que me lo den.

Considera la joven que parte de esta situación está dada por la falsa concepción de que todo lo que se vende es para consumir. Elizabeth alerta sobre lo contradictorio de la situación. «A nosotros los jóvenes nos exigen experiencia laboral, mientras que otras personas son consideradas viejas para ser empleadas. A veces con 35 años no quieren contratarlos».

EMPLEO Y CONTRATO CADA MES

«En España el empleo fijo ya no existe. Los jóvenes se las agencian para trabajar desde dos horas hasta el fin de una obra que puede tardar meses», asegura Susana Combarros Estebanez, de 35 años de edad.

«Para encontrar empleo no queda más remedio que recurrir a las Empresas de Trabajo Temporal, solo que no tenemos ningún derecho a seguro social, vacaciones, ni jubilación», explica.

Desde hace ocho años Susana trabaja como camarera en barcos. Y siempre, antes de zarpar, firma un contrato por 18 días, el tiempo que estarán en alta mar, y al regreso pasará 12 días libres, sin remuneración.

Kyriaki Georgarakou es griega, tiene 25 años y solo le falta un curso para titularse como médica, lo que no significa que comenzará a ejercer su profesión. Tendrá que esperar seis o siete años para tomar una especialidad, que dura como mínimo cuatro. Solo cuando la concluya podrá ser contratada en un hospital o clínica.

—¿Mientras tanto qué harás?

—Trabajar para ganarme la vida. Como camarera, siempre se encuentra trabajo. Ya lo he hecho para pagarme los estudios.

—Pero no tienen ninguna relación laboral...

—Por supuesto. Para no desvincularse de la Medicina. Muchos tratan de ayudar en los hospitales a algún doctor conocido, pero a cambio no reciben salario.

COSAS DE LA VIDA

«¿Y esto es todo lo que tengo que saber?» Se preguntó la española María Carrasco Pueyo cuando en julio de 2002 se graduó de Derecho. Durante la carrera nunca realizó prácticas en bufetes, despachos, ni juzgados. Tampoco participó en juicios. «Apenas te enseñan a hacer una demanda. Todas la prácticas transcurren en la facultad», dice.

María, quien ahora tiene 26 años de edad, se considera privilegiada con relación a otros jóvenes, porque con solo dos años y medio de licenciada labora en temas de Derechos Humanos, materia que le apasiona, y tiene un contrato de trabajo largo y relativamente bien remunerado: «Lo común es que tardes más tiempo en encontrar empleo, y cuando lo encuentras, no tiene nada que ver con tus gustos.

«En España ya no basta que seas universitaria; muchas plazas exigen que hayas hecho determinada maestría, que por demás cuesta demasiado dinero, como mínimo 14 000 euros.

«Mis padres me ayudaron a costear la carrera, pero también trabajé por las noches y los fines de semana para contribuir al pago».

Comenta María que eso no es todo. Una vez concluidos los estudios, los recién graduados de Derecho u otras carreras deben realizar la pasantía, y durante uno o dos años trabajarán sin remuneración para adquirir experiencia. Y luego a cazar un empleo.

«Parece paradójico, pero es difícil encontrar dónde hacer la pasantía. Se supone que en ese sitio te formen como profesional, te doten de los conocimientos prácticos; sin embargo, lo común es que el joven sea utilizado para facilitarle el trabajo a otra persona, realizar fotocopias, tramitar documentos, como si fueses su secretaria».

—¿Cuál es el sentir?

—De impotencia, de frustración. Y una termina por cuestionarse: ¿Para qué he estudiado tanto?

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