Europa tiene un problemita... energético

Asegurarse fuentes de energía estables y que no dañen el medio ambiente, es la aspiración de la Unión Europea, tan dependiente de los suministros foráneos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Para la UE, Rusia puede usar la energía como arma La revista británica The Economist, de la primera mitad de diciembre de 2006, mostraba en su portada un fotomontaje del presidente ruso, Vladimir Putin vestido como un gángster de los años 30, en actitud amenazante. En sus manos, no una ametralladora, sino... una pistola de gasolinera.

Un texto lo acompaña: «No te metas en líos con Rusia». ¿Y por qué ello sería tan peligroso? La singular arma de Putin lo deja entrever sin muchas complicaciones: «Yo tengo la energía, yo mando...».

Todavía no había ocurrido el incidente del corte de petróleo ruso a Belarús, que de paso afectó a Alemania, Polonia, la República Checa y Eslovaquia, destinatarios de buena parte del crudo que viaja por esas tuberías. Pero las llaves sí se habían cerrado en enero de 2006, cuando Ucrania se negó a pagar precios más altos por el gas que le suministraba Moscú, y en los países del oeste se hizo sentir el diferendo.

Tales sucesos inquietan bastante a la Unión Europea, la mayor potencia económica mundial, que irónicamente no posee fuentes energéticas propias que respalden tal crecimiento.

Hasta hoy, las venas que enlazan los yacimientos rusos con las refinerías europeas a través de Belarús, transportan anualmente 100 millones de toneladas de petróleo. Persiste entonces la intranquilidad. El comisionado de Energía de la UE, Andris Piebalgs, dijo que las fricciones de Moscú con Kiev y Minsk «no serán buenas para la reputación de Rusia como un proveedor confiable», y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, señaló: «Es inaceptable que países suministradores o de tránsito interrumpan el flujo de energía hacia los países consumidores, sin previa consulta. Esto crea un real problema de credibilidad».

En tal sentido, la UE se ve urgida a la búsqueda de fuentes estables, y la palabra ahorro, tan extraña en sociedades de irrefrenable consumismo, hace entrada en escena como un actor novel.

Además, como ya la naturaleza y las cifras recuerdan que el planeta está harto de gases que pueden deteriorar seriamente el clima, con peores consecuencias que las hasta ahora vistas, la energía que se pretende obtener tiene apellidos como «renovable» y «no contaminante». Buenos propósitos, sin duda, que figuran en la Revisión Estratégica del Sector de la Energía, presentada por la Comisión Europea el pasado 10 de enero, y que será debatida en marzo por los gobiernos del bloque en una cumbre sobre temas energéticos y ecológicos.

La cuestión, explica Barroso, es lograr que los 27 miembros «hablen con una sola voz». Aunque, en realidad, algunos dan conciertos por separado...

MEJOR POR EL MAR...

A Polonia no le gusta, ni tampoco a otras repúblicas del Báltico. Pero el proyecto va. Se trata de un gasoducto que enlazará a Rusia con Alemania a través del mar, sin tocar tierra en los países intermedios, en previsión de roces molestos, pero también asegurándole a Berlín un suministro más seguro que al resto de los Estados de la UE.

Según la cadena informativa Deutsche Welle, el proyecto significará inversiones de 2 500 millones de euros, se extenderá por 1 200 kilómetros a través del mar, y su construcción se iniciará a principios de 2008 y concluirá en 2010. La obra, a cargo de la empresa germano-rusa North European Gas Pipeline Company (NEGP), podrá transportar hasta 55 000 millones de metros cúbicos de gas, con lo que se cubriría un 10 por ciento de la demanda europea.

Sin ánimos de aguar la fiesta, es acertado subrayar que el gasoducto solo garantizará una porción —muy pequeña, por cierto— de los abastecimientos energéticos, y que estamos hablando de un tipo de recursos que un día se agotarán. ¿A dónde mira la UE entonces?

Primeramente, la Comisión señaló hechos. Para el 2030, la dependencia europea de esas importaciones se incrementará del 50 por ciento actual al 65 por ciento. Hizo notar además que los precios del petróleo se han multiplicado por seis en los últimos siete años, y que las recientes tensiones entre Rusia y sus vecinos más cercanos han hecho que los ciudadanos europeos comprendan lo que significaría lograr la independencia energética.

«Necesitamos —precisó Barroso— políticas que mantengan la competitividad europea, protejan nuestro medio ambiente y hagan más seguras las fuentes de energía».

En tal sentido, las medidas propuestas persiguen a la vez reducir los gases de efecto invernadero en un 20 por ciento para el 2020, tomando como referencia los niveles de 1990. «Esto enviará una clara señal de cuán seriamente nos tomamos el futuro de nuestro planeta», apuntó.

La Comisión fija como meta ahorrar un 20 por ciento del consumo de energía en 2020, lo que se traduciría en 100 000 millones de euros que se quedarían guardados en las arcas, y en unas 780 toneladas anuales de dióxido de carbono que no saldrían de las chimeneas a envenenar la atmósfera.

Para ello, se aumentaría el empleo de vehículos de alto rendimiento, se mejoraría la eficiencia energética de los inmuebles, y se buscaría mayor eficacia en la producción de calor y electricidad, en su transmisión y distribución.

En cuanto al carbón —que junto con el gas produce el 50 por ciento de la electricidad en la UE—, mantendría su papel, pero condicionado al desarrollo de tecnologías de captura y almacenamiento de dióxido de carbono. La oficina del comisionado de Energía apuntó que se trata de una fuente «con la que se puede contar durante muchos años, siempre y cuando no contamine. La captura y el almacenamiento de dióxido de carbono es la gran esperanza para el carbón».

Entra aquí entonces el otro punto de la agenda: incrementar la investigación, enfilada a reducir el costo de la energía limpia y producir tecnologías que disminuyan las emisiones de carbono. A este propósito, la UE aumentará en un 50 por ciento su gasto anual durante los próximos siete años.

Y ¿qué hay de la electricidad nuclear?

«HACED LO QUE OS PAREZCA»

De la energía atómica proviene el 30 por ciento de la electricidad que se produce en la UE. Allí, tras el cierre definitivo de ocho reactores nucleares el pasado 31 de diciembre, aún quedan 145 de esas instalaciones.

En opinión de organizaciones ecologistas, la obtención de electricidad por esta vía plantea serios peligros para el medio natural, porque la radioactividad de los desechos es altamente nociva y perdura durante miles de años.

El ejemplo del cementerio de residuos nucleares de El Cabril, en el sur español, ilustra sobre riesgos. Expertos aseguran que el sitio, único de su tipo en el país, se ubica en una zona sísmica; que las rocas que rodean el depósito no son eficaces para recoger la radioactividad, y que se halla asimismo en la cabecera de una cuenca hidrográfica, por lo que, de haber un escape, varias fuentes de agua quedarían contaminadas y arrastrarían su carga hasta la mismísima ciudad de Sevilla.

Sin embargo, otras opiniones —entre ellas la de la Comisión Europea— valoran más las ventajas de este tipo de generación, en el sentido de que no emite gases de efecto invernadero, y por tanto, no atiza el calentamiento global.

Así que el documento de Bruselas decide no complicar las cosas, y deja en manos de cada Estado decidir si emplea o no la energía nuclear.

Tenemos entonces que un país como Alemania apostó, desde los días de gobierno del socialdemócrata Gerhard Schroeder (1998-2005), por abandonar progresivamente la energía atómica. Su sucesora, Ángela Merkel, de diferente signo político, ha decidido mantener esta línea.

Finlandia, por su parte, continúa erigiendo un reactor nuclear, el de Olkiluoto-3. Según fuentes de Greenpeace, está muy retrasado por «un conjunto de problemas técnicos y constructivos, que están elevando considerablemente las previsiones iniciales de su costo económico».

Unos los cierran, otros los edifican. Aquí si no hay «una sola voz».

Entretanto, lejos de Europa, en la frontera entre República Dominicana y Haití, cuentan que es fácil distinguir los límites entre ambas naciones. Al este, árboles frondosos; al oeste, la tierra desnuda se agrieta, estéril.

Sin otras fuentes de energía, los haitianos pobres —la gran mayoría— talan y talan para subsistir. A menos plantas, menos pulmones verdes para captar el dióxido de carbono.

Algo más al sur en el mapa, en la Amazonia brasileña, se pierde cada año la superficie boscosa equivalente a miles de estadios de fútbol. Transnacionales del Primer Mundo, entre ellas algunas europeas, necesitan materias primas para convertirlas, allá en las climatizadas tiendas del norte, en suntuosos muebles y fajos de billetes.

Pero en la UE, es de ver «cuán seriamente nos tomamos el futuro de nuestro planeta», según Barroso. Solo que en el mundo no hay únicamente 27 estados. Si en ellos se hacen loables esfuerzos para obtener energías limpias y estables, el atraso económico y tecnológico y el pillaje de los recursos naturales de los países pobres, seguirá incidiendo en que la naturaleza se resienta y perjudique a todos sin distinción, lo mismo en Puerto Príncipe que en Rotterdam.

Y pregunto: ¿Acaso entre los planes de Bruselas estará también cambiar los esquemas de injusticia que provocan la agresividad contra el medio ambiente en las naciones del sur, y aportarles a estas las tecnologías adecuadas para el ahorro de energía?

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