El bombardeo no ha cesado en Vieques

La contaminación que dejaron las prácticas de la Marina transformó al otrora polígono de tiro en zona de muerte

Autor:

Marina Menéndez Quintero

La bisabuela de Milivy muestra la foto de la niña, víctima de la contaminación y la mentira.

Escuchar las historias de cómo era Vieques a principios del pasado siglo hace evocar las escenas bucólicas de las telenovelas y finales felices que ya no serán. Los habitantes de la pequeña isla puertorriqueña tenían sus huertos floridos, de ellos surtían sus mesas, y en las noches tomaban el aire del mar sentados en los portales mientras escuchaban el canto persistente del coquí. Los más viejos siempre lo dicen: «Éramos pobres, pero felices».

Ahora no son más ricos pero, adicionalmente, tienen motivos fuertes para la infelicidad. Se les ha hecho difícil contemplar el vuelo de un ave y resulta muy peligroso degustar un solo fruto cosechado en sus tierras.

La presencia de la Marina estadounidense por más de 60 años allí no solo hizo de la llamada Isla Nena un polígono militar para indiscriminadas y continuadas prácticas bélicas, que dejaron más de un muerto en terribles accidentes.

Hace más de diez años, los habitantes de Vieques exigen a Estados Unidos que limpie lo que contaminaron las prácticas de los marines. Las administraciones norteamericanas, sin embargo, hacen oídos sordos y dejan que la muerte se entronice.

Foto: Indymedia

En todo caso, el modo inadecuado e ineficaz en que el ejército de Estados Unidos aparenta ahora «limpiar» lo que convirtió en terreno minado, hace que las explosiones sigan aún después de la retirada de sus tropas en el año 2003, como resultado de la presión de toda la nación puertorriqueña.

Los artefactos que no explotaron en su momento y quedaron inermes en la arena o escondidos en la maleza son hechos estallar nuevamente al aire libre, de modo que sus partículas y gases malignos siguen emponzoñando el ambiente.

Pero, aun en los días en que ninguna bomba es detonada, las cápsulas venenosas prosiguen su reguero de muerte. No solo las lleva el viento; están en el agua y en la tierra.

Existen áreas declaradas «salvajes» adonde definitivamente no entrará el escaso personal enviado a limpiar la isla. «Son demasiadas las bombas; es muy peligroso entrar ahí», aseguran los viequenses.

Otras están permanentemente cerradas o, si se trata de un área turística, son abiertas aproximadamente 12 horas cada día.

«Ellos te dicen que tienen 50 viequenses contratados que están “allá arriba” descontaminando», explica Tere Villegas, activista, escritora y miembro de la agrupación Vieques Va. «Pero no es cierto, no nos fiamos».

ESTUDIOS FALSOS

La vida se hizo tan insegura que hace ya algunos años, Radamés Tirado, oriundo del lugar, estimó con dolorosa ironía: «La población viequense es una especie en extinción».

La advertencia no puede entenderse como premonitoria porque ya entonces el cáncer y la presencia de metales pesados nocivos en el organismo de los ciudadanos de Vieques, acusaban en la Isla un desproporcionado índice de mortalidad. Pero Tirado tenía razón. Silenciosamente, la contaminación ha seguido haciendo cada vez más estragos en la vida humana y en el hábitat.

Los enfermos aumentan aunque los estudios oficiales nieguen y desconozcan la alta incidencia del cáncer o la contaminación en las defunciones. Cada semana, tres o cuatro vecinos fallecen por esas razones, y a veces en ese lapso entierran ¡hasta a 12!

El puntillazo que estremeció corazones y conciencias en Vieques y en la Isla grande —Puerto Rico— fue la muerte, en 2002, de la pequeña Milivy Adams, quien durante cuatro años luchó contra la muerte que le auguraba el cáncer. Su partida conmovió a la población.

Pero tal vez lo más impactante para los del movimiento por el Rescate de Vieques fuera comprobar que, al ir por el certificado de defunción de la niña, las autoridades habían establecido «paro cardíaco».

Ello explica por qué las investigaciones oficiales no arrojan lo mismo que estudios realizados de manera independiente por uno u otro investigador.

Informes de la Marina han asegurado que no hay peligro. Sin embargo, otros análisis atestiguan que, en comparación con la Isla grande (Puerto Rico) en Vieques es más alta la incidencia no solo de cáncer (28 por ciento más) sino de asma y otras dolencias de origen respiratorio, así como de hepatitis y enfermedades del corazón.

Estudios a pequeña escala realizados en el año 2000 mostraban ya una presencia inusitada de plomo, mercurio y cadmio en la sangre de algunos voluntarios que se ofrecieron para los exámenes, y donde se hallaban sujetos de distintas edades y ocupaciones.

Según se ha establecido, los ejercicios militares y su saga han afectado a Vieques con la presencia indiscriminada de arsénico, cadmio, plomo, uranio empobrecido, fósforo blanco, agente naranja, radiación, mercurio, aluminio, cromo, napalm, dioxina...

Al dolor por los padecimientos se suman las dificultades para concurrir a un médico.

Aunque la presencia de los metales pesados en el organismo es igualmente dañino, Tere confiesa que «el cáncer es lo que nos tiene trastornadas. No tenemos tratamientos en la isla».

Un solo hospital habilitado únicamente para atender las urgencias, obliga a los viequenses a viajar por mar en busca de atención médica. Para ello deben tomar la única lancha que sale a las 6 y 30 de la Terminal, y disputar el espacio con los trabajadores y estudiantes que también salen a esa hora.

Al llegar al municipio de Fajardo deben abordar otro transporte que los lleve a la capital, y luego otro que los traslade al área del centro médico, donde no les esperan. El paciente se enfrenta a su tratamiento y luego debe emprender el largo camino de regreso que, a veces, les obliga a pernoctar en Fajardo si llegan de noche y ya ha cerrado la terminal marítima.

«Ante tanta adversidad —confiesa Tere Villegas—, los viequenses están decidiendo no tratarse. Y el cáncer nos está matando. Estamos luchando con las autoridades para que nos lleven quimioterapia y radiaciones a la islita».

«NADIE NOS HACE CASO»

Mientras me cuenta los azares durante un encuentro en La Habana, Tere Villegas toma un pedazo de papel, un bolígrafo, y trata de explicarme cómo ocurrieron las cosas.

Dibuja la islita, y separa el centro de los extremos este y oeste. En ambas puntas la Marina se instaló —cuenta— y, mediante el obligado desalojo, expulsó a las familias que vivían allí hacia el centro de la isla.

«Eso ha hecho que toda la contaminación sea llevada hacia allá, a nuestras casas, por los agentes de la atmósfera. Todos los “productos” de las prácticas de tiro, los disparos tierra-aire y tierra-mar, vienen a las hortalizas de nosotros, a las plantaciones de frutas, a nuestras mangoas, a los cuerpos de agua...»

Myrna Pagán, madre de tres hijos, abuela de seis nietos y dirigente de Salud del Comité Pro Rescate y Desarrollo de Vieques (CPRDV), es hoy una más entre las víctimas. Fue intervenida quirúrgicamente el año pasado y sometida a tratamientos de radiación para el cáncer de útero.

Según se ha comprobado por medio de exámenes del cabello, todos los miembros de su familia tienen metales pesados en el organismo. «Creo que el 50 por ciento de los viequenses sobrevivirá con cáncer... porque el otro 50 por ciento morirá», ha dicho.

Otros líderes del movimiento por el rescate de Vieques o sus familiares tienen similares padecimientos. Eso les permite dar fe de sus denuncias a pesar de la falta de estudios médicos oficiales emprendidos por el gobierno federal estadounidense, o por las autoridades de Puerto Rico. Ellos constituyen apenas un botón de muestra de una realidad que se multiplica en el pueblo, y sustenta su exigencia de que Estados Unidos descontamine.

Según ha informado el CPRDV, tres miembros activos y dos ex integrantes de la Junta Directiva del grupo, son víctimas del cáncer. «Nuestro comité es testimonio del impacto que ha tenido la actividad militar en el pueblo», afirman.

Aleida Encarnación, una de las líderes de Vieques Va, explica el papel que las mujeres de la islita han desarrollado, primero, por la salida de los marines y, ahora, para exigir la descontaminación.

«Nosotras, que somos las que velamos por la integridad de la familia, nos hemos decidido a seguir defendiendo la salud de nuestros hijos. La lucha en Vieques no se acabó con la salida de los marines, el primero de mayo de 2003».

Historia de la ocupación

Vieques está situada al este de Puerto Rico y se fundó como población en 1811. Prosperó durante décadas con el establecimiento de seis centrales azucareros. En 1939, Estados Unidos expropió el 72 por ciento del territorio para establecer una base militar. Durante más de 60 años, la Marina utilizó la parte oriental (este) de la isla para prácticas militares, reservando el área occidental (oeste) como depósito de sus materiales. La población fue forzada a vivir en una franja de tierra en la parte central de la isla. La pesca fue restringida por las actividades militares. Para 1947, la mitad de los viequenses, empobrecidos, se vieron forzados a emigrar a Santa Cruz, a la Isla Grande (Puerto Rico) o a los Estados Unidos. (Tomado de Exposición a contaminantes y enfermedad en Vieques, de Carmen Ortiz Roque)

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