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El mundo tiene hambre

El alza del precio del petróleo, la insensatez de los agrocombustibles y otros factores, encarecen los alimentos. Otros 100 millones de personas se sumirán en la extrema pobreza

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Es hora del almuerzo en uno de los asentamientos más pobres de Haití y Charlene Dumas está comiendo lodo.

Como los alimentos andan con precios muy elevados en todo el mundo, los más pobres no pueden darse el lujo de comer siquiera un plato de arroz al día. Por eso no les queda otra alternativa que adoptar medidas desesperadas para satisfacer su hambre.

Charlene, una madre soltera de 16 años con un hijo de un mes de nacido, ha comenzado a utilizar el remedio tradicional haitiano para saciar su hambre: cocer galletas hechas con tierra seca y amarillenta para llevarse a la boca.

El lodo ha sido muy apreciado desde hace mucho por las mujeres embarazadas y los niños de este país como fuente de calcio y antiácidos. Sin embargo, en lugares como la villa de Cite Soleil, ubicada junto al mar, las galletas confeccionadas con tierra, sal y aceite vegetal se han convertido en una fuente regular de sustento. Esta no es una historia irreal. El testimonio lo recrea la agencia AP.

Hambruna total

Las sequías, la destrucción de los ecosistemas, los desplazamientos por guerras o persecuciones, huracanes, diluvios e incendios, y sobre todo la mala distribución de los recursos, unido a la globalización neoliberal y las políticas genocidas y que impone el sistema capitalista, han sido hasta ahora las causas de uno de los flagelos más importantes del fin del milenio: el hambre.

A todos estos factores que niegan el derecho a la alimentación a seres humanos como Charlene y su hijo, se unen hoy los altos precios de los principales productos de la canasta familiar en el mercado mundial, inalcanzables para muchos.

Lo cierto es que ya 2008 pasará a la historia. Este alza de los costos y la escasez de algunos productos agrícolas se han convertido en un problema extremadamente grave para los 854 millones de hambrientos del planeta.

Esta tesis se desprende de las últimas evaluaciones hechas por economistas y especialistas sobre la materia, sumadas a un diagnóstico poco halagüeño del Fondo de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que lanzó un llamamiento contra la hambruna en el mundo.

El director de esa organización, Jacques Diouf, advirtió que este flagelo «amenaza la seguridad alimentaria de millones de personas, en particular a los países más pobres».

La FAO estima además que los Países de Bajos Ingresos con Déficit de Alimentación (PBIDA) pagaron por alimentos importados, en lo que va de 2008, un 25 por ciento más que el año anterior, cifra superior a los 107 000 millones de dólares. Entre esos productos básicos afectados está el trigo, cuya cosecha del año 2007 es considerada la peor desde 1998.

El petróleo, los biocombustibles...

Cuando en 2007 Estados Unidos lanzó su macabra propuesta de hacer frente al agotamiento de las reservas de petróleo y al creciente aumento de los precios del crudo con la producción de combustibles extraídos de alimentos, el mundo reaccionó expectante. Unos le aplaudieron, otros alertaron y aborrecieron la propuesta.

Fue el Comandante en Jefe Fidel Castro, quien, en sus reflexiones, primero alertó al mundo sobre el fenómeno que se avecinaba y las peligrosas consecuencias que traería esa «idea siniestra de convertir los alimentos en combustible».

Las denuncias comenzaron a llover, pero nada detuvo a Washington y hoy se sufren las consecuencias.

La combinación de esta insensatez con el ascenso galopante de costo del petróleo, la degradación del medio ambiente, unido a la especulación en el mercado de futuros frente al debilitamiento del dólar, han impulsado la cotización de los alimentos y son factores que golpean duramente la economía mundial trayendo más hambre y desestabilización.

Lógicamente, al incrementarse los precios del petróleo, aumentan los costos de producción y transportación de esos provechos agrícolas y muchos de los insumos que se utilizan en labores del campo tienen un importante componente petrolero, algo que también influye.

O sea, que en la medida en que el petróleo se incorpora a los distintos eslabones de la cadena productiva, se convierte en uno de los factores claves de la situación actual. Sumado esto a la expansión del mercado de biocombustibles, el cual se basa en la cosecha de algunos rubros como maíz o caña de azúcar para producir energía en vez de alimentos.

El daño en cifras

Hay tres rubros que reflejan claramente el encarecimiento: los cereales, con un alza de 41 por ciento; aceites vegetales, 60 por ciento; y productos lácteos —uno de los más perjudicados—- un 83 por ciento. La leche entera en polvo se cotizó, esta semana, en el mercado mundial a 4 750 dólares la tonelada.

El arroz es el alimento de mayor volatilidad. El precio del grano en Tailandia, el mayor exportador mundial, se ha duplicado en cuatro meses, luego de que India restringiera y después prohibiera la exportación de arroz, para asegurar la provisión interna a sus millones de habitantes.

La tendencia no ha retrocedido, y más bien parece acelerarse. Entre marzo de 2007 y el mismo mes del año pasado, el valor de venta del trigo se disparó 130 por ciento.

Y no es solo la falta de alimentos provenientes de la tierra como el arroz, la soja, el trigo, que si bien constituyen elementos primordiales en la dieta de millones de seres humanos, no son los únicos que se consumen. Por ejemplo, Estados Unidos utilizará este 2008 un tercio de su producción de maíz —alimento básico en muchas cultura—- para elaborar altos niveles de alcohol. Automáticamente subirá también el costo de todos aquellos animales que el hombre consume y cuya dieta incluye ese grano.

Organismos mundiales a escena

Organismos internacionales tan desacreditados como el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), ambos promotores de toda la política neoliberal globalizada a partir de los años 90, salieron a la palestra pública a dar su señal de alarma. Si la situación no fuera tan lamentable, sus advertencias de ahora provocarían la risa, ya que ellos mismos fueron auspiciadores de todo este andamiaje liderado por Estados Unidos.

Cabe preguntarse por qué este cambio tan repentino de opinión. ¿Será que se percataron ahora de que la producción de biocombustibles constituye un crimen contra la humanidad? ¿O más bien le temen a lo que se está gestando cuando los pobres del sur comienzan a gritarle al mundo que se cansaron de llenar las barrigas de los del norte? Las dos respuestas son válidas.

El BM sacó sus cuentas y alertó que la subida de casi 100 por ciento en los precios de los alimentos en los últimos tres años podría sumir a 100 millones de personas de bajos ingresos aún más en la miseria y aumentar la tasas globales de pobreza entre tres y cinco puntos porcentuales.

También el Grupo de las Ocho naciones más industrializadas (G-8), reunidos en Tokio por estos días, agregaron repentinamente a su agenda oficial el tema del aumento de los precios de los alimentos y pidieron a la comunidad internacional abordar el problema en breve.

A su vez, la ONU ha dado la cara ante la situación imperante. Esta semana, su secretario general, Ban Ki Moon, advirtió que la creciente crisis ha alcanzado dimensiones alarmantes e indicó que la comunidad internacional debe tomar medidas de inmediato para evitar una crisis política y de seguridad mundial aún mayor.

En el mundo entero se producen cada vez más revueltas por lo insostenible de la situación: desde Haití a Camerún, de Egipto a Indonesia. Lugares donde esta elevación súbita y significativa del costo de la alimentación se ha traducido en serias afectaciones sobre todo para los sectores más desfavorecidos. Ni siquiera los ciudadanos estadounidenses se salvan del problema.

Pero, ciertamente los desposeídos de los países más pobres sienten con mayor crudeza los impactos de esta crisis, si tenemos en cuenta que ellos tienen que dedicar a los alimentos el 60 por ciento del presupuesto familiar, mientras que el mundo desarrollado utiliza solo entre un diez y un 20 a la adquisición de comestibles. La situación puede tornarse inaguantable para 3 000 millones de personas.

Consecuencias inevitables

Para los expertos, no queda claro aún si el aumento de los precios constituye solamente una situación temporal en el mercado mundial. Aún así, es necesario encontrar una solución que podría iniciarse con el aumento de las inversiones en la producción mundial de alimentos básicos y no de alimentos para automóviles. Esto significa invertir más en la investigación agronómica, área que en los últimos 20 años, solo ha sufrido recortes. Estimular económicamente a los productores, algo que el mercado libre muchas veces no hace, en contraposición a lo que se creía hasta hace poco. O reiniciar una justa distribución de la tierra. Cualquier cambio debería ser radical.

El sistema de distribución imperante es insostenible. La inequidad en la distribución de lo que se produce ha conllevado a millones de personas a padecer de hambre crónica. Solo el consenso y la búsqueda reguladora de alternativas, podrán solucionar el problema alimentario. Por ahora, el futuro es poco prometedor.

Ya Fidel lo alertó años atrás: la especie humana está en peligro de extinción. Muy pocos le creyeron en aquella época. Hoy, una vez más, el mundo le da la razón.

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