Recuerda el traductor chino del Che sus jornadas de trabajo junto a él - Internacionales

Recuerda el traductor chino del Che sus jornadas de trabajo junto a él

En el año del aniversario 80 del natalicio del Guerrillero Heroico, Huang Zhiliang recuerda su primer encuentro y otras jornadas de trabajo

Autor:

Juventud Rebelde

Guevara con el Primer Ministro Zhou Enlai. Al centro, el traductor que le enseñó a jugar ajedrez chino. BEIJING.— No puedo negar que Huang Zhiliang es uno de los amigos chinos con quien más me agrada conversar. Está acostumbrado al bombardeo de preguntas. Acompañarlo en su vuelta al pasado permite vivir pasajes ocurridos hace más de 40 años. Entonces, la generación a la que pertenezco ni soñaba habitar nuestra Isla.

Pequeño, con el cabello totalmente blanco, inquieto y a la vez con una mirada llena de paciencia, Huang coloca su carpeta de apuntes sobre la mesa. Frente a nosotros, en uno de los salones de la Embajada cubana en Beijing, una imagen de Fidel en la concentración popular de la que salió la Primera Declaración de La Habana. Esta se convierte en vehículo perfecto para iniciar el viaje.

Huang Zhiliang fue el intérprete de la primera delegación gubernamental de la nación asiática que visitó Cuba, dos meses antes de que la Mayor de las Antillas se convirtiera en el primer país de América Latina en reconocer a la República Popular China. Fueron recibidos por el entonces presidente del Banco Nacional de Cuba, Ernesto Guevara de la Serna.

«El Che fue el primer líder revolucionario cubano al que yo conocí, en julio de 1960. Nos recibió en la escalerilla del avión y esa fue la primera sorpresa. Sabía de Guevara por revistas y periódicos, pero para mí fue un gran honor conocerlo personalmente», dice Huang.

«Nos recibió en calidad de Presidente del Banco Nacional de Cuba, máximo jefe del terreno económico-comercial, y nos atendió durante una semana. Constaté que gozaba de gran prestigio ante el pueblo cubano. En cada acto o visita, la gente lo aclamaba, lo aplaudía, lo llenaba de cariño. Pero él siempre muy modesto, cuando lo halagaban —y en esos días no faltó ocasión— invariablemente decía que todo el mérito era de Fidel. Parecía que nunca tenía palabras suficientes para exaltar al líder de la Revolución Cubana».

Huang quiere seguir un orden lógico, pero los recuerdos lo asaltan. Estudió español en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Beijing y desde entonces no ha dejado de usar nuestra lengua. Cada frase logra revivir instantes imperecederos para este amigo chino, quien entonces era un veinteañero y hoy es un joven de 76.

«Me impresionó mucho que, cuando se fue a firmar el documento gubernamental entre ambos países, Guevara solo escribió Che. Nos quedamos atónitos, esperábamos ver su nombre y apellidos, como era costumbre. Se sonrió y nos mostró el billete con su firma emitido por el Banco Nacional de Cuba como prueba de que aquellas tres letras eran absolutamente legítimas.

«Creo que le gustaba su apodo y por eso en cualquier documento oficial escribía “Che”. En esa ocasión nos contó que había sido un honor para él que el pueblo cubano y Fidel le otorgaran la condición de ciudadano cubano. Nos dijo que aunque la Constitución le otorgaba derechos, él no aspiraba a ningún privilegio».

Traductor de la leyenda

Huang Zhiliang confiesa que le interesa mucho que las jóvenes generaciones no olviden la historia, porque eso sería muy peligroso.

«En Cuba se ha hecho muy bien. Se ha educado a los jóvenes y ellos defienden la Revolución. Debemos aprender mucho de Cuba en ese sentido», apunta.

Inicio otra ráfaga de preguntas a las que responde con cadencia de maestro.

—¿Cuáles eran las diferencias entre el Che de las actividades oficiales y el de las informales?

—Fue toda una semana de compartir en diversos espacios y yo fui el traductor de todas las reuniones. Siempre fue muy cercano y nos mostró su simpatía y amistad.

—¿Era muy complicado llevar al chino lo que decía el Guerrillero?

—Tengo que confesar que traducir sus artículos es mucho más difícil, porque a mi juicio son muy profundos, llenos de conceptos. La traducción entonces no fue compleja, porque él sabía que yo solo era un extranjero que había aprendido español y no usaba palabras difíciles. Realmente fue muy cuidadoso y respetuoso. Siempre me sentí muy cómodo trabajando con el Che.

«En una de las reuniones cometí un error. Se hablaba de la colaboración militar de China y Cuba. La parte china habló del envío de bazucas, pero yo traduje mal. Dije: “Podemos ayudar con basura”.

«El Che comenzó a reírse y enseguida apuntó: “La basura al basurero... querrás decir bazucas”, continuó la carcajada. Yo respiré aliviado».

—¿Cómo era el tono de voz del Che?

—A pesar de los años en Cuba, tenía un marcado acento argentino, porque ustedes hablan muy rápido y diferente del resto de los países latinoamericanos. Recuerdo que su voz era un poquito más ronca que la de Fidel. Hablaba muy suave.

Una noche entrañable

«Al tercer día de la estancia en Cuba Guevara invitó al jefe de la delegación a una cena familiar en su casa. En esa ocasión fuimos solo el Viceministro y yo, como intérprete.

«Ya sentados en el comedor, dispuesto en una esquina del mismo salón, apareció una señora y entonces el Che declaró que esa cena tenía dos motivos: primero agasajar a los amigos chinos, segundo, despedir a su madre, quien regresaba a Argentina. Sus palabras nos conmovieron, porque es el tipo de acto que solo compartes con los más íntimos. Yo me sentí privilegiado. Fue todo muy familiar».

Recuerda exactamente cada plato degustado. También que nuestro Che, junto a su esposa Aleida, se levantaban constantemente de la mesa para servir y atender los pequeños detalles.

Durante esa noche, según cuenta quien luego fuera embajador de China en varios países latinoamericanos, se habló mucho de la infancia y la juventud del Che. Ernesto Guevara se mostró muy cariñoso con su madre, a quien le sirvió y cortó la carne en varias ocasiones. Esos gestos le llamaron mucho la atención.

«Adoraba a su madre. Nos contó que a causa del asma no pudo ir a la escuela, así que fue ella quien lo educó. Guevara afirmó durante la velada: “Todo lo bueno que yo tengo me lo dio mi mamá, excepto una cosa: el asma”, luego soltó una carcajada y un guiño a su madre.

«Más adelante dijo en broma: “Según la norma moral soy un hijo malo, porque abandoné a mi familia”. El jefe de la delegación china apostilló: “Usted es un hijo revolucionario y su madre es una heroína”.

«Luego llegó su hija Aleidita, quien nos acompañó un rato. El Che la cargaba y la mimaba. Ella nos llamó tíos, con una familiaridad que nos impresionó. Solo cuando dejó a la pequeña en la cama, el Presidente del Banco Nacional de Cuba se sentó tranquilamente a conversar», comenta Huang y luego comparte esa mezcla de asombro y ternura que lo embargó entonces y con la que ahora arropa estos recuerdos...

«Fue muy sorprendente, porque él era un guerrillero revolucionario, había luchado mucho, había enfrentado la posibilidad de la muerte, propia y ajena. Debía ser un hombre de corazón duro, según mi concepción. Nunca pensé que el temido Comandante Guevara fuera tan cariñoso, un hombre muy sentimental: humano».

El héroe romántico

Huang observa la expo fotográfica dedicada al Che, en la Embajada de Cuba en China. Foto: Nyliam Vázquez

Cuenta, además, que el día en que se firmó el convenio trascurrió muy distendido. Según dijo se hicieron bromas y mientras conversaban el Che con total desenfado dibujaba un gallo en papel.

«Ese último día nos recibió Fidel. Entonces estaba muy resfriado y casi no nos puede recibir. Finalmente, como a las 8:00 p.m. un auto nos recogió y nos llevó hasta Cojímar. Luego supe que la casa en la que vi por primera vez al líder de la Revolución Cubana había pertenecido al escritor Ernest Hemingway. Esa también fue ocasión de conocer a Celia Sánchez. Ella nos recibió en la puerta, uniformada, como un soldado. Conversamos con Fidel largo rato...».

«Tras el regreso de la comitiva china me quedé en la Isla como parte de la delegación comercial permanente que daría cumplimiento a los acuerdos recién firmados. Luego, el Presidente del Banco Nacional encabezó la primera delegación del Gobierno Revolucionario cubano que visitó China.

«A su regreso nos mencionó lo mucho que le habían impresionado los niños chinos por sus caritas redondas y cachetes rojos, señal de buena alimentación. Le parecieron muy simpáticos. También nos dijo que al llegar a Shanghai, tras su paso por Beijing, cayó enfermo, pero no por el cambio de clima o el cansancio, sino por nostalgia. El paisaje costero que divisaba desde la ventana del hotel le recordó Buenos Aires. Por eso digo que era un hombre muy sentimental, muy humano y no un guerrillero de corazón duro.

«Esto me lo contó un amigo mío, quien fue su traductor durante esa estancia aquí», me alerta Huang:

«Durante el viaje a Shanghai, que entonces demoraba más de 20 horas, Che pidió al intérprete, Liu Xiliang, que le enseñara a jugar el ajedrez chino, muy diferente al occidental, por cierto. Después de aprender los rudimentos, jugó con mi compañero. Primero perdió, pero al día siguiente ya podía ganarle. Era muy inteligente».

Che: un hombre inmortal

«En otra ocasión fui traductor de una delegación militar que visitó Cuba, encabezada por el jefe de la aviación china. En aquel entonces ya el Che era Ministro de Industrias y no tenía por qué recibir a una comitiva con estas características, sin embargo lo hizo con agrado.

«En otra ocasión Guevara nos invitó al Ministerio de Industrias. Durante la cena entró un oficial y le dijo algo casi al oído. Noté que el rostro se transformó y que casi corrió a la ventana. Nos llamó para que nos asomáramos. Una enorme columna de fuego y humo se alzaba en un punto de la ciudad: habían atentado contra la tienda El Encanto.

«Debemos aplastar a los contrarrevolucionarios. Ellos no nos dejan vivir y nosotros no podemos dejarlos vivir, dijo el Che. En ese momento comprendí muchas cosas, especialmente la posición cubana frente a quienes pretendían destruirles. Le admiré más».

Hemos pasado juntos un largo rato sin parar el diálogo. Suena el teléfono... Su esposa lo llama, tal vez para almorzar. Huang Zhiliang se disculpa. Antes de ubicar bajo el brazo su carpeta, concluye:

«Si pudiera hablarle hoy al Che le mostraría mi admiración y apoyo, porque los ideales son los mismos aunque la lucha armada no sea la vía más adecuada en este momento.

«Che es un hombre inmortal, abnegado, desinteresado e internacionalista: perfecto. Creo que merece la admiración de todo el mundo y debe seguir siendo ejemplo».

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